Prohibido los niños.

Capítulo 26: Veintisiete kilos de tamales y un loro sin pasaporte.

Fabián Ríos.

Existe una regla básica de la medicina de urgencias: cuando alguien dice «esto no puede ir peor», hay que alejarse del paciente. Es una especie de ley de la gravedad. Quien pronuncia la frase atrae el desastre.

Yo la pronuncié a las cuatro y veinte de la madrugada, en la puerta de mi edificio, mirando cómo una furgoneta alquilada vomitaba equipaje sobre la acera.

—Esto no puede ir peor —dije.

Valeria, con el casco de «Organizadora Suprema» sobre una libreta de logística, levantó la vista.

—Hermano, acabas de firmar la sentencia.

—Es una expresión.

—Es una invocación.

—¿Cuántas maletas son?

—Diecisiete.

—Somos nueve.

—Y un loro.

—¿Por qué diecisiete maletas?

—Porque mamá dice que en Nueva York no hay tortillas.

—Sí hay tortillas.

—No de las buenas.

—Valeria, hay tortillerías en Brooklyn.

—Eso dice la propaganda.

Mi madre, doña Rosario, en medio de la acera, con un abrigo de domingo, su collar de santos y un bolso del tamaño de un burro, supervisaba la carga con una mano en la cadera y un rosario en la otra. Doña Eulalia revisaba una lista de tuppers en una libreta de espiral. Y entre los dos grupos, con una maleta de madera hecha a mano y una cuerda enrollada al hombro, don Anselmo comprobaba que todo estuviera «firme».

—¿Qué lleva en esa maleta? —le pregunté.

—Herramientas.

—Don Anselmo, es un avión.

—Sí.

—No puede subir herramientas.

—Son de mano.

—Precisamente por eso.

—Llevo lo imprescindible.

—¿Cuántas sierras?

Me miró con una paciencia infinita.

—Una.

—¿Cuántas más?

—Dos pequeñas.

—Don Anselmo.

—Una es para los bebés.

—¿Para los bebés?

—Para cuando necesiten una estantería.

Cerré los ojos. Conté hasta diez. Perdí el hilo en el siete y reinicié, que ya es tradición.

---

Debo explicar cómo se organiza un viaje a Nueva York con mellizos en el vientre, una galerista exigente y una familia extendida con diecisiete maletas.

Lo primero fue el certificado médico. Las aerolíneas, con razón, quieren una nota firmada por un facultativo que acredite que una embarazada de veintidós semanas puede volar. Yo, que soy médico y futuro padre, me ofrecí. La aerolínea contestó que un médico no puede firmar el certificado de su propia pareja, por conflicto de intereses.

—¿Conflicto de intereses? —dije, al teléfono—. Es el interés más legítimo del mundo.

—Es el protocolo, señor.

—Entonces que lo firme la doctora Montenegro.

—Perfecto.

—¿Y por qué no lo dijeron antes?

—Porque no preguntó.

Colgué con una serenidad que me costó cuatro tilas. La doctora Montenegro, que ya me trataba con la ternura de quien ve a un sobrino pasar un examen, firmó el papel con una sonrisa, me dio una carpeta con las ecografías, un cojín lumbar de regalo y un consejo.

—Doctor Ríos. Respire.

—Respiro.

—Y no la deje levantar peso.

—Lo sé.

—Ni usted desmayarse.

—Eso no depende de mí.

—Sí depende. Es cuestión de voluntad.

—Es cuestión de fotos.

—Entonces que no le hagan fotos.

—No conoce a mi hermana.

---

El aeropuerto a las seis de la mañana es un lugar donde el ser humano se despoja de sus defensas. Todos van en pijama bajo el abrigo, con la cara de quien no ha entendido todavía qué hora es ni qué ciudad. Todos, menos nosotros.

Nosotros éramos una procesión.

Delante, Valeria, con la tablet en alto y una chapa que decía «Equipo Ríos-Del Valle», dirigía el tráfico con un silbato. Detrás, don Anselmo y don Heriberto, que había insistido en acompañarnos «para despedir a Paco», cargaban entre los dos una maleta gigante de la que salía un olor profundo a maíz, chile y cariño. Después, doña Rosario y doña Eulalia, cogidas del brazo, con sendos tuppers de emergencia. Después, Mateo, con su bastón y su mujer Sofía, que llevaba en un brazo a la pequeña y en el otro un test de embarazo (positivo) que seguía enseñando a cualquiera que pasara. Y en la retaguardia, con las manos entrelazadas y mirándose de reojo, Esperanza y Ramiro, que a mitad de camino habían decidido apuntarse a «la primera semana» con un permiso de tres días y una maleta de pinceles.

Clara iba a mi lado, con un vestido amplio de lino verde, un jersey azul sobre los hombros y la mano en el vientre. Estaba pálida, pero sonreía.

—¿Cómo estás?

—Me ha dado un antojo.

—¿De qué?

—De queso.

—No.

—Un quesito.

—Pasteurizado.

—Solo pasteurizado.

—Te traigo uno en el control.

—Qué marido.

La palabra se le escapó con un parpadeo. Yo también parpadeé. Nos reímos los dos con una cara de susto idéntica.

—Era una expresión.

—Claro.

—No significa nada.

—Perfecto.

—Aunque podría.

—Con rigor científico.

—Con mucho rigor.

Y nos fuimos riendo hacia el mostrador, sin darnos cuenta de que, desde el carrito de las maletas, Paco nos observaba con una intensidad periodística y un lazo rojo en la pata.

---

—Pasaportes —dijo la señorita del mostrador, con una sonrisa profesional que duró hasta que vio la cola.

Valeria los entregó uno por uno, con una precisión de croupier. Don Anselmo. Doña Rosario. Doña Eulalia. Esperanza. Ramiro. Mateo y Sofía (que viajaban hasta el control y se quedaban en tierra). Clara. Yo.

—Falta uno —dijo la señorita.

—¿Cuál?

—Hay un loro.

—Ah, sí.

—No puede viajar.

—¿Por qué?

—Porque no lleva documentación sanitaria.

—Tiene un certificado veterinario.

—¿Lo tiene?

Don Heriberto rebuscó en su chaqueta y sacó un papel arrugado, con una huella de pata estampada en tinta azul.

—Aquí.

La señorita lo estudió con un ceño muy fino.

—Esto es un dibujo.

—Es un certificado artístico.

—No es válido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.