Clara Del Valle.
Hay un momento, después de diez horas de vuelo con mellizos pateándote la vejiga, en que una mujer deja de ser una artista de renombre y pasa a ser una sola idea: baño.
Esa idea me guiaba por los pasillos del Aeropuerto JFK, a paso de pingüina con prisa, con el cojín lumbar bajo el brazo y la mano en la espalda baja, mientras detrás de mí avanzaba, como una caravana de nómadas con bolsas, mi familia entera.
—¡Clara, espera! —gritó Fabián.
—No puedo.
—¡Tenemos que pasar por inmigración!
—Pues que pasen ellos.
—¡Tú eres la artista invitada!
—Y yo soy una vejiga con patas. Prioridades.
Encontré el baño. Entré. Salí diez minutos después con otra expresión, la de una persona nueva y reconciliada con la existencia. Fabián esperaba afuera, con los pasaportes en una mano, una botella de agua en la otra y la cara de quien ha resistido una guerra de trincheras.
—¿Mejor?
—Resucitada.
—Bien. Porque ahora viene lo difícil.
—¿Inmigración?
—La aduana.
—¿Qué pasa con la aduana?
Señaló con la barbilla. A lo lejos, junto a una cinta transportadora, una maleta gigante de la que salía un hilo de vapor perfumado se había detenido frente a un perro policía de pelo castaño y mirada de teólogo.
El perro olfateó. Se quedó inmóvil. Se sentó.
Y soltó un aullido largo, melancólico, casi musical.
—No —murmuró Fabián.
—Sí.
—Es el tamal.
—Es **los** tamales.
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Les explico lo que ocurre cuando un perro detector de alimentos de la aduana de Estados Unidos se encuentra con doscientos tamales de cerdo, de mole y de rajas con queso, hechos por dos abuelas.
Primero, el perro se sienta, como se le ha enseñado. Segundo, mira a su guía con ojos suplicantes. Tercero, empieza a lloriquear. Y cuarto, tumba de lado, se pone panza arriba y se deja caer en una rendición total.
—Señora —dijo el agente, un hombre de uniforme azul y gorra impecable, con el rostro de un funcionario que ha visto de todo salvo esto—. ¿Qué hay en esa maleta?
—Tamales —dijo doña Rosario.
—Eso no se puede introducir.
—Es comida.
—Es producto agrícola sin declarar.
—Lo he declarado.
—¿Dónde?
—En mi corazón.
El agente cerró los ojos. Se frotó el puente de la nariz.
—Voy a necesitar a mi supervisora.
La supervisora llegó a los cinco minutos. Era una mujer de unos cincuenta años, de pelo plateado recogido en un moño severo, de ojos afilados y una chapa que decía «Sra. Delgado». Mientras caminaba hacia nosotros, con paso resuelto, oí que murmuraba entre dientes algo en español: «Ay, Dios mío, otra vez».
—Buenos días —dijo, con un acento boricua suave—. ¿De dónde vienen?
—De México —dijo mi madre.
—¿Y qué traen?
—Tamales.
—¿Cuántos?
—Doscientos.
—¿Y por qué?
—Porque en Nueva York no hay tortillas.
—Sí hay tortillas, señora.
—No como las de mi comadre.
La señora Delgado respiró hondo. Miró la maleta. Miró a las dos abuelas, con sus abrigos de domingo y sus rosarios. Miró a don Anselmo, sombrero en mano, que le devolvió una mirada de profundo respeto. Miró el vientre de una artista mexicana embarazada de mellizos, que, con cara de inocencia, se llevó una mano al costado y soltó un suspiro de un dramatismo exquisito.
—Señora —dije, con la voz más débil que pude—. Estoy muy mareada. Necesito comer algo. Es un antojo.
—¿De tamales?
—Solo de eso.
—¿Cuántas semanas?
—Veintidós.
—¿Mellizos?
—Sí.
—Dios santo.
—Y es que son mellizos de mala suerte. Una niña y un niño. Se llaman Valentina y Sebastián.
—Qué nombres tan bonitos.
—Gracias.
—Mi hermana se llama Valentina.
—Qué casualidad.
—Es de Ponce.
—Qué ciudad tan hermosa.
—No he ido en veinte años.
—¿Por qué?
—Porque… —Se le quebró un poco la voz—. Porque se me murió la abuela. Y era la que hacía los pasteles.
—¿Pasteles?
—Los de hoja de plátano.
—Son primos de los tamales.
—Lo sé.
Hubo un silencio. La señora Delgado miró otra vez la maleta. Se agachó. Abrió un tamal con un cuidado casi religioso, lo olió, cerró los ojos, y se lo comió con una lentitud de sacramento.
—Esto —dijo, con la voz hecha trizas— es lo mejor que he probado desde 2005.
—Pues cómase otro.
—No debería.
—Es medicinal —dijo doña Rosario.
—Y bendecido —añadió doña Eulalia.
—Y con garantía —remató don Anselmo.
La supervisora miró al agente. El agente miró al perro. El perro miró a la supervisora. Y entre los tres, sin mediar palabra, se estableció un pacto de caballeros.
—Voy a tener que… confiscarlos —dijo la señora Delgado, despacio.
—¿Todos?
—Para análisis.
—¿Cuántos días tardan los análisis?
—Tres.
—¿Y después?
—Después se los devolvemos.
—¿Seguro?
—Hay un protocolo.
—¿Y si no pasan el análisis?
—Los incineramos.
Doña Rosario se quedó mirándola con los ojos llenos de lágrimas.
—Es usted una mujer cruel.
—Es mi trabajo.
—Es una cuestión de principios.
—Es una cuestión de ley.
—Pues usted los va a probar todos, y entonces me dirá si la ley es justa.
Se hizo un silencio denso, un silencio de aduana, de tamal, de frontera. Y la señora Delgado, tras una larga mirada a cada uno de nosotros, suspiró con una resignación casi cómica.
—Pueden pasar —dijo.
—¿Todos?
—Los cuarenta.
—¿Cuarenta? Son doscientos.
—Los cuarenta que me voy a comer yo en la pausa —dijo, secándose una lágrima—. Los otros ciento sesenta, pasen con cuidado, que no quiero ver nada.
—¡Gracias, señora! —gritaron las dos abuelas.
—No me den las gracias. Y por favor, no se lo digan a nadie.
—¡NO LO DIREMOS! —gritó una voz aguda desde una bolsa de tela—. ¡TOMANDO NOTA!