Fabián Ríos.
Existe un principio en traumatología que dice: toda fractura mal consolidada acaba doliendo cuando cambia el tiempo. Los huesos no olvidan. Las personas tampoco.
Lo pensé en el recibidor de una casa de Brooklyn, a las diez de la noche, observando a mi exsuegra potencial, Verónica Fuentes, sostener una fotografía de 1989 con una mano que le temblaba un poco, aunque su cara siguiera siendo de hielo.
—Siéntense —dijo Clara, con una voz que reconocí: era la que usaba antes de pintar algo difícil—. Todos. Ahora.
Y se sentaron. Doña Rosario, don Anselmo, Esperanza, Ramiro, Natalia, Benigno (que se había quedado «por si acaso» con una bolsa de tamales en las rodillas). Y por la escalera, muy despacio, agarrada a la barandilla como quien baja hacia un juicio, bajó doña Eulalia.
Se detuvo en el último escalón. Miró a Verónica. Verónica la miró a ella.
Pasaron cinco segundos. Diez.
—Vero —dijo doña Eulalia.
—Eulalia.
—Tienes el pelo blanco.
—Y tú no has cambiado nada.
—Mentirosa.
—Un poco.
Y ocurrió algo que ningún protocolo médico recoge: dos mujeres de sesenta años, con treinta y cinco años de silencio encima, se echaron a reír y a llorar al mismo tiempo, y se abrazaron en mitad de un recibidor, aplastando un abrigo de visón contra un delantal de cocina.
Mateo habría dicho que era «el destino con sentido del humor». Yo, por una vez, dije otra cosa.
—Es una anastomosis.
—¿Qué? —susurró Clara.
—Cuando dos vasos que estaban separados se vuelven a unir.
—Qué poético.
—Es anatomía.
—Es lo mismo.
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La historia nos la contaron entre las dos, en la cocina, con té, tamales y una caja de pañuelos que Natalia repartía en silencio.
En 1989, Eulalia y Verónica eran dos muchachas de Oaxaca que compartían cuarto en una pensión, una máquina de coser y un sueño: Verónica quería ser pintora; Eulalia, cocinera de las buenas. Se prometieron que algún día tendrían hijas y las llamarían a la vez «las primeras de la nueva generación». Verónica le regaló a Eulalia un pincel de pelo de marta, el único objeto caro que había poseído, «para que pintes tus moles». Eulalia lo guardó como una reliquia.
Entonces apareció Anselmo, un carpintero enorme que tallaba cunas por afición y que, según doña Eulalia, «se enamoró de mí por un guiso». Verónica, sin dinero y sin suerte, aceptó la propuesta de un hombre rico de Ciudad de México y se fue. En el último momento, pidió el pincel de vuelta, por un impulso orgulloso. Eulalia se negó, ofendida. Hubo gritos, un portazo y una carta que nadie contestó.
—Yo creí que lo habías perdido a propósito —dijo Verónica.
—Yo creí que querías humillarme.
—Éramos unas tontas.
—Éramos jóvenes.
—Es lo mismo.
—Eso dice mi yerno —señaló doña Eulalia, y me miró.
—Es un dicho familiar —admití.
Clara, con las manos sobre el vientre y los ojos muy abiertos, interrumpió.
—Mamá. El pincel de la noche del bar. Mi pincel favorito, el que llevaba siempre en el moño… ¿era ese?
Doña Eulalia asintió.
—Te lo regalé cuando cumpliste dieciocho años. Nunca te dije de dónde venía.
—¿Y cómo llegó a manos de Renata, que me lo clavó en el pelo?
—Se lo robó de tu mesa —dijo Verónica, con un asomo de sonrisa—. Pero antes se lo enseñó a mi hija.
Natalia levantó la mano con timidez.
—Fue hace cuatro años, Clara. Renata me lo enseñó en una feria. Yo reconocí el pincel por una marca en el mango, una pequeña «V». Se lo conté a mi madre. Y mi madre…
—…empezó a seguirte la pista —terminó Verónica—. Durante tres años. Sin atreverme a escribir.
—¿Y por qué ahora? —pregunté yo.
—Porque me enteré por el grupo de WhatsApp.
Silencio.
—¿Usted también está en el grupo? —dije.
—Natalia me añadió.
—¡Natalia!
—Yo solo quería que se enterase de la boda.
—¡No hay boda!
—Todavía —dijo doña Rosario, desde el fondo, sin levantar la vista de su té.
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Esa noche dormimos poco. Doña Eulalia y Verónica se quedaron hablando hasta las cuatro en la cocina, entre risas, silencios y tamales, mientras don Anselmo, que había aparecido en el umbral con la sierra pequeña (la de repuesto, que ya sé que no debo preguntar de dónde salió), dudaba de si entrar o no.
—Anselmo —dijo Verónica, al verlo.
—Verónica.
—Cuánto has crecido.
—Tú, menos.
—Sigues siendo un grosero.
—Sigo siendo un carpintero.
—¿Y la cuna?
—¿Cuál?
—La que me prometiste hace treinta y cinco años. Para mi primera nieta.
Don Anselmo se quedó quieto. Después, con una lentitud de roble, se quitó el sombrero, se rascó la nuca y murmuró:
—Está en el sótano. En piezas. Con instrucciones.
—¿Es para mi nieta?
—Es para su hija —dijo, señalando a Natalia, que se había puesto roja—. Algún día.
—¿Algún día?
—Cuando venga. Que vendrá.
—Papá… —empezó Natalia, ahogándose.
—No te lo digo yo —dijo Verónica, con ternura—. Lo dice la madera.
Don Anselmo asintió, solemne.
—La madera nunca miente.
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A la mañana siguiente me despertó una patada en las costillas.
No de Clara. De uno de los dos. Seguramente de Sebastián, que ya empezaba a heredar mi sentido de la oportunidad. Clara dormía a mi lado, con el pelo revuelto sobre la almohada, una mano en la tripa y la boca entreabierta, en una expresión de paz absoluta. La miré un rato largo. Tuve ganas de despertarla y también de no hacerlo. Me conformé con besarle la frente.
Bajé a la cocina descalzo. En la mesa, bajo un trapo de cuadros, había tres tamales calientes y una nota con la letra redonda de doña Rosario: *«Mijo. Estoy rezando en la iglesia de enfrente. Que ya hay una. Con santos. Besos».*
Detrás de mí, una voz soñolienta dijo:
—¿Cuántos santos hay?
Me giré. Clara estaba en la puerta, envuelta en una manta, con el pelo como un nido y los ojos hinchados de sueño.