Clara Del Valle.
Hay noches que no se miden en horas. Se miden en latidos.
Esa fue la mía. La noche más larga de mi vida duró, según el reloj de la pared del hospital, once horas y cuarenta minutos. Según mi corazón, duró treinta y cinco años, y los pasé recorriendo un pasillo que olía a desinfectante, con una mano en la barriga y otra aferrada a la de un hombre que había dejado de hacer chistes.
—Respira, Clara.
—Estoy respirando.
—Respira conmigo. Uno, dos, tres…
—Fabián, no es el momento de un curso de Maruja.
—Pues entonces respira como quieras. Pero respira.
La ambulancia había llegado en siete minutos. Los sanitarios, un hombre enorme y una mujer menuda, me tumbaron en la camilla con una delicadeza que no esperaba de Nueva York. Detrás de nosotros, en la acera, había quedado toda mi familia: doña Rosario con un rosario en cada mano, mi padre con el sombrero apretado contra el pecho, mi madre y Verónica agarradas del brazo, Natalia llamando a Eleanor, Esperanza llorando, Ramiro sosteniéndola, y Paco, desde un hombro, gritando una sola palabra, la única que no sonaba a chiste:
—¡FUERZA! ¡FUERZA! ¡FUERZA!
—Doctor, ¿viene con nosotros? —preguntó el sanitario.
—Soy el padre.
—Suba.
Fabián subió. Y durante todo el trayecto, mientras la sirena rasgaba la noche de Brooklyn y los semáforos pasaban como estrellas fugaces, no me soltó la mano. Hablaba bajito, sin parar, con una voz que no era la del traumatólogo ni la del bromista, sino una tercera que yo no conocía y que ya amaba.
—Vas a estar bien. Ellos van a estar bien. Estamos llegando. Ya casi. Hay un equipo esperándonos. Natalia lo ha organizado todo. Estás en las mejores manos.
—Mentiroso.
—No miento.
—Dime que no es un pronóstico optimista.
Me miró. Tenía los ojos rojos.
—No lo es. Es una esperanza. Es distinto.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que la esperanza no promete. Solo se queda.
Cerré los ojos. Y sentí, en medio del miedo, cómo algo dentro de mí se aflojaba un poco. Porque en seis meses, esa había sido la única frase suya que no había necesitado traducir.
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El Hospital Presbiteriano de Brooklyn tenía unas puertas automáticas que se abrieron antes de que llegáramos, y un equipo de seis personas con bata azul que apareció a la carrera.
—¿Semanas? —gritó una mujer.
—Veintitrés más dos —dijo Fabián.
—¿Mellizos?
—Sí.
—¿Bicoriales?
—Biamnióticos.
—¿Bolsa rota?
—Sospecha.
—¿Quién es usted?
—El padre. Y traumatólogo.
—Pues hoy es el padre. Esperará fuera.
—No.
—Doctor…
—He dicho que no.
Hubo un silencio de un segundo. La mujer, una neonatóloga de pelo corto y cara de pocas bromas, lo miró con atención. Y asintió.
—Entonces póngase un gorro y no estorbe.
—No estorbaré.
—Y no se desmaye.
—Llevo veinte años sin desmayarme —mintió Fabián, con tanta dignidad que casi le creí.
Me llevaron a una sala blanca, llena de monitores, con una luz tan intensa que parecía hecha para operar a las estrellas. Me pusieron una vía, un cinturón de monitorización, mil cables. En una pantalla aparecieron dos líneas, dos pequeñas montañas ondulantes. Dos latidos.
*Tum-tum-tum-tum-tum.*
*Tum-tum-tum-tum-tum-tum.*
—Ahí están —dijo la neonatóloga—. Los dos. Fuertes.
Oí un sonido a mi lado. Fabián había apoyado la frente en el borde de la camilla y sus hombros temblaban sin ruido.
—Dime que no te has desmayado —susurré.
—Me estoy tomando un momento.
—Tómate el que necesites.
—Gracias.
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Les ahorraré los detalles médicos. Basta decir que me explicaron muchas cosas con palabras largas, que entendí una de cada tres, y que la que más recuerdo fue: «Vamos a intentar frenar el parto».
Me dieron medicamentos para detener las contracciones. Me dieron corticoides para madurar los pulmones. Me dieron sulfato de magnesio, que me dejó ardiendo por dentro como una estufa. Y me pidieron algo que me pareció imposible: que me quedara quieta.
—Quieta, ¿cuánto tiempo? —pregunté.
—Todo lo que podamos.
—¿Cuánto es eso?
—Cada día es una victoria.
—¿Y si no se puede?
—Entonces tendremos un plan.
—¿Qué plan?
La neonatóloga me miró a los ojos, con una sinceridad que le agradecí.
—Los bebés nacidos a las veintitrés semanas tienen posibilidades. No son muchas, pero existen. Y cada día que pasan dentro, aumentan.
—¿Cuántas?
—Clara —dijo Fabián, apretándome la mano—. No hace falta.
—Sí hace. Quiero saberlo.
—Alrededor del cincuenta por ciento —dijo la doctora—. Con cuidados intensivos y mucha suerte.
El cincuenta por ciento.
Pensé en el cinco por ciento del triple cribado. Pensé en el pronóstico, en las probabilidades, en todas las cifras que me habían dado en seis meses. Y comprendí que ninguna cifra, ni la más baja ni la más alta, tiene el menor sentido cuando los números tienen nombre.
Valentina. Sebastián.
—Quiero que se queden —dije.
—Lo sabemos.
—Les he dicho que esperaran.
—Se lo están pensando.
—¿Me oyen?
—Es posible.
Me llevé las dos manos al vientre. Cerré los ojos. Y empecé a hablarles, en voz muy baja, como se habla a un lienzo antes de pintarlo.
—Valentina. Sebastián. Soy mamá. Estáis en un hospital de Brooklyn. Hace frío fuera, y mucho ruido. Aquí dentro se está calentito. Quedaos un poco más. Solo un poco. Que hay una familia entera esperándoos. Y un loro. Y un piano. Y un hombre que no sabe cambiar un pañal, pero que ha dejado de huir.
Sentí la mano de Fabián apretarse más.
—Y vuestro padre —continué— os va a tocar *Para Elisa* con el error del compás catorce. Y no os va a gustar, pero os lo va a tocar igual. Porque es lo que hacemos en esta familia: nos equivocamos con cariño.
Un pequeño empujoncito, suave, en el lado izquierdo.