Fabián Ríos.
Yo tenía una teoría muy sólida sobre la vida: todo problema humano podía resolverse con tres cosas, un buen diagnóstico, un antiinflamatorio y la puerta de salida siempre despejada.
Me equivoqué en las tres.
El diagnóstico lo dio una neonatóloga de pelo corto, un martes de noviembre, a las siete y diez de la mañana, mirando un monitor con cara de póquer:
—Doctor Ríos. Creo que hoy conoce a sus hijos.
El antiinflamatorio no existe para esto.
Y la puerta de salida, esa que durante treinta y cuatro años mantuve despejada con la devoción de un guardián de templo, estaba en ese momento bloqueada por un carpintero de metro noventa y cinco, un loro con lazo rojo y una abuela con una veladora encendida (en un hospital, prohibido, pero tenía cara de no haber leído la norma).
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Pasaron doce semanas. Les resumo, porque la lógica del desastre exige una cronología:
Clara llegó a las veintiocho semanas sin parir, y la neonatóloga le dio una palmada de victoria. Llegó a las treinta y a las treinta y dos, y el hospital entero había empezado a apostar. Había una pizarra en la sala de enfermeras con los días y una tabla de quinielas organizada por Valeria, que había volado desde México «en misión logística» y se había instalado en la cafetería con un portátil y una diadema.
La exposición se inauguró, como prometió Eleanor, en la fecha original, en el vestíbulo del hospital. Clara, en bata de hospital y con un chal de lana, presidió la inauguración por videollamada desde la cama, con Mostaza (traído de México por doña Pilar, que viajó en primera clase «por el gato») en el regazo. Los cuadros colgaron de las paredes entre carritos y sillas de ruedas. Entre ellos, en el lugar de honor, brillaba *Hombre en fuga, con calcetín*, con un pie azul cobalto de un dedo gordo con juanete heredado.
Un crítico del *New York Times* escribió: «Una obra sobre la huida y sus contrarios». Doña Rosario enmarcó la reseña con una veladora. Don Anselmo dijo que él lo había dicho primero.
Gonzalo vino a la inauguración con un pañuelo de seda y la nariz sin operar. Recitó un poema. Era sobre una mujer que pinta, y no mencionaba su nariz ni una vez. Nadie lloró. Todos lloramos.
Mateo y Sofía llegaron en Navidad adelantada, con tres niños, una barriga de cuatro meses y una pierna sin yeso. Mateo se desmayó al ver el vestíbulo. Ya nadie le hizo fotos. Era tradición.
Y Lupita, la enfermera Lupita, a quien casi habíamos abandonado en México, se presentó una mañana en el hospital con un uniforme, una maleta y una carta de la dirección del San Gabriel que decía: «Permiso de seis meses para acompañar al doctor Ríos en su paternidad».
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Una comisión de servicios.
—¿De quién?
—Del director.
—¿Y por qué?
—Porque le enviamos una foto suya con el oso y un tamal. Y dijo que no podía vivir sin saber el final.
—¿Quién es «le»?
—Todos.
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La mañana del martes, a las siete y diez, Clara abrió los ojos.
—Fabián.
—Dime.
—Mostaza.
Me incorporé de un salto. Había aprendido a distinguir sus «mostazas». Había la de «estoy huyendo» y la de «tengo miedo» y la de «mira qué cosa más graciosa». Esta era otra.
—¿Estás huyendo?
—No. Es que se me ha roto la bolsa.
—¿Otra vez?
—Esta vez de verdad.
—Treinta y cinco semanas y dos días.
—Lo sé.
—Es perfecto.
—Lo sé.
—Es el momento exacto.
—Fabián.
—Dime.
—Cállate y llama a alguien.
Llamé. Lo que ocurrió después se parece mucho a lo que ocurre en un avispero cuando alguien da un golpe al panal, pero con tamales.
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Les voy a contar el recorrido de Clara desde su habitación hasta el paritorio. Eran ochenta metros. Tardó veinte minutos. No por la camilla, sino por el pasillo.
Primero salió doña Rosario, con una vela, y anunció:
—¡HA LLEGADO LA HORA!
—Señora, aquí no se pueden encender velas —dijo una enfermera.
—Es solo un instante.
—Por favor.
—¡Es un parto!
—Precisamente.
—¡Entonces es sagrado!
Detrás de ella salió doña Eulalia, con una olla de caldo. Detrás, Verónica, con una carpeta con la lista de cunas por orden alfabético. Detrás, Natalia y Eleanor, cogidas de la mano. Detrás, Esperanza y Ramiro, ahora oficialmente prometidos, con un cuaderno de dibujos y una llave inglesa. Detrás, don Heriberto, que había llegado «por si acaso» con Paco. Detrás, Benigno el taxista, con las llaves en la mano «por si hace falta un coche». Detrás, Gonzalo, con un cuaderno y un bolígrafo, tomando notas con la cara de quien presencia un acontecimiento histórico. Detrás, Valeria, con el móvil en alto, narrando:
—…y atención, amigos, ¡la camilla sale de la habitación! ¡Ciento noventa y siete mil espectadores en directo! ¡Récord histórico del grupo!
—¿Cuántos? —pregunté.
—Casi doscientos mil.
—¿Hay tanta gente en el grupo?
—Se corrió la voz. Una señora de Nebraska se ha unido hoy. Dice que lleva un pastel.
—¡VALERIA!
—Es contenido educativo.
Clara, tumbada en la camilla, con el pelo pegado a la frente y una mueca de contracción, giró la cabeza hacia mí.
—Fabián.
—Dime.
—Si me hace una sola foto…
—Valeria, apaga eso.
—Es una joya.
—Valeria.
—Es arte.
—Valeria —dijo Clara, con una voz que habría hecho retroceder a un ejército—. Si no apagas ese móvil, el primer nombre que le pongo a tu sobrina es el tuyo. Con el segundo, «Entrometida».
Valeria bajó el móvil.
—Está bien.
—Y borra lo que has grabado.
—Lo guardo en una carpeta privada.
—¡Valeria!
—Para la boda.
—¡NO HAY BOD…!
La contracción se la comió. Le agarré la mano. La apretó con una fuerza que me crujió dos metacarpianos.
—Eso es una fractura —dije, sorprendido.
—Es una venganza —respondió ella, entre dientes.