Prohibido los niños.

Capítulo extra: Prohibido III.

Fabián Ríos.

Un año después.

Los médicos tenemos una expresión para cuando un paciente cree que ya pasó lo peor: «Es la calma antes del cuadro clínico».

Yo la pronuncié un jueves de noviembre, a las tres y diez de la madrugada, de pie en la cocina de nuestra casa de Brooklyn, con un bebé en cada brazo, una mancha de papilla de zanahoria en el hombro (Mateo estaría orgulloso) y la sensación de que, por fin, después de un año, había dominado el caos.

—Lo tengo controlado —le dije a Mostaza.

El gato, sobre la nevera, me miró con la expresión de un juez que ya ha visto el expediente completo.

Y tenía motivos para mi optimismo. Valentina y Sebastián cumplían un año. Gateaban a velocidades alarmantes. Valentina había pronunciado su primera palabra, «no», con una autoridad que dejó a don Anselmo llorando de orgullo. Sebastián, por su parte, decía «pa» y «Paco» y poco más, y pasaba los días siguiendo al loro por el salón con una devoción de discípulo.

Yo había aprendido a cambiar un pañal sin talco, sin harina y sin desmayarme. Sabía distinguir cuatro tipos de llanto. Había compuesto, a las cinco de la mañana, una versión de *Para Elisa* con el compás catorce deliberadamente fallado, que dormía a los dos en cuatro minutos exactos.

Estaba, por primera vez en mi vida, tranquilo.

Fue un error. Se lo dije a Mostaza después.

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El cumpleaños fue un sábado, en el jardín de la casa de ladrillo rojo, con ochenta invitados y un pastel de tres pisos de merengue.

—Esta vez no hay sorpresa —advirtió Valeria, con la diadema de «Organizadora Suprema» y una tablet.

—¿Seguro?

—Seguro. Solo ciento sesenta mil espectadores en directo.

—¡Valeria!

—Contenido educativo.

Vinieron todos. Doña Rosario, con una veladora (prohibida en el jardín por una norma municipal que ignoró con elegancia). Doña Eulalia y Verónica, que ya cocinaban juntas con una compenetración inquietante. Don Anselmo, que había construido un tobogán de pino «por si acaso». Natalia y Eleanor, con un panda de peluche de metro y medio, el tercero de la serie. Esperanza y Ramiro, recién casados, con la noticia de que ella exponía por fin en una galería de Oaxaca. Mateo y Sofía, con cuatro niños (el cuarto, una niña, había nacido en primavera), un bastón que ya no necesitaba pero que conservaba «por tradición» y la cara de un hombre que se ha rendido por completo y es feliz. Gonzalo, con un poema sobre dos niños que gatean. Lupita, con el rosario y una nueva placa que decía «Jefa de Enfermería. Hospital San Gabriel». Doña Pilar, con Paco en el hombro, enseñándole el repertorio completo de Chopin.

Y don Heriberto, que había traído un regalo con un lazo enorme.

—¿Qué es? —pregunté, con aprensión.

—Una jaula.

—Don Heriberto, ya tenemos una.

—Esta es más grande.

—¿Para qué?

—Para el siguiente loro.

—No habrá siguiente loro.

—Eso dicen todos —murmuró, guiñándome un ojo.

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Clara estuvo rara toda la tarde.

Lo noté a las cuatro, cuando rechazó el pozole con una expresión de asco. Lo noté a las cinco, cuando se tapó la nariz al abrirse la olla del mole. Y lo noté, con todas las alarmas del cuerpo, a las seis, cuando se acercó a mí con la cara verde, una mano en el vientre y una galleta de jengibre en la otra.

—Fabián.

—Dime.

—Tenemos que hablar.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Es grave?

—Depende.

—¿De qué?

—De cómo lo tomes.

Me quedé inmóvil. En mi cabeza, una alarma antigua, de las que llevaba un año sin oír, empezó a sonar muy bajito.

—Clara.

—Dime.

—¿Estás… huyendo?

—No.

—¿Mostaza?

—No. Es otra cosa.

Me tomó de la mano y me llevó a la cocina, lejos del bullicio, de las trompetas y de ochenta personas gritando «¡que cumplan muchos más!». Cerró la puerta. Se apoyó en la encimera. Respiró hondo.

Sacó del bolsillo del vestido un objeto de plástico del tamaño de un bolígrafo.

Lo puso sobre la mesa.

Dos rayitas.

Silencio.

El peor silencio de mi vida desde aquel día de la ecografía, y con mucha competencia.

—No —dije.

—Sí.

—Es un termómetro.

—No.

—Es un instrumento de pintura.

—Fabián.

—Es un palito de helado.

—Es una prueba de embarazo.

—No.

—Positiva.

—No, no, no.

—Estoy de siete semanas.

El mundo se inclinó un poco hacia la izquierda. Me agarré a la encimera. Oí, a lo lejos, un zumbido que podía ser la nevera, o mi sistema nervioso, o la risa de alguien que vivía en un sillón sin mapa.

—Es imposible —dije, con un hilo de voz.

—Aparentemente no.

—Tomamos precauciones.

—Fabián, hace dos meses nos quedamos dormidos en el sofá, con los dos niños llorando, y no hubo precauciones de ninguna clase. Hubo una especie de milagro de agotamiento.

—Fue un descuido.

—Fue un martes.

—Los martes no cuentan.

—Pues este sí.

Me dejé caer en una silla. Las piernas ya no me respondían. Miré las dos rayitas. Las miré otra vez. Eran muy claras. Muy puntuales. Muy ofensivas.

—Clara.

—Dime.

—Voy a necesitar un momento.

—Tómate el que necesites.

—Gracias.

Me levanté. Caminé hasta la ventana. La abrí. Respiré el aire frío del jardín. Fuera, entre globos y guirnaldas, ochenta personas cantaban «Las mañanitas» a dos niños que no entendían nada y que, de pronto, me parecieron extraordinariamente felices.

Entonces levanté la vista al cielo.

Y lo dije.

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—¡ME ODIAS!

Mi voz resonó por toda la casa. En el jardín, las trompetas se detuvieron.

—¡ME ODIAS! —repetí, con los brazos abiertos, mirando las nubes de Brooklyn con la dignidad de un actor de tragedia griega—. ¡LO SÉ! ¡LO SIENTO! ¡LLEVAS UN AÑO ESPERANDO ESTE MOMENTO!

—Fabián —dijo Clara.

—¡YO SOLO QUERÍA UNA VIDA TRANQUILA!




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