Tutorial de ilustracion: https://youtu.be/rNu1kebO5Sk?is=Nipj9M32sOPkBstB
Destino: la gran potestad unificadora, todos nos creemos encadenados a su tejido por el simple hecho de nacer. Pero tirado bocabajo, al centro del jardín de una iglesia destrozada, un niño escamoso de muñecas perforadas "sabía mejor".
Reflejado en la mirada de un cuervo, después de todo lo que había perdido, todo lo que había provocado, él lo entendía mejor que nadie.
—¿Tomaste tu medicina, corazón? —. Entonó la dulce y acelerada voz de su madre, bajando las escaleras. Una de esas tardes en las que se preparaba para salir a trabajar.
— ¡Seeeh! —. Respondió con fastidio un niño de diez años, que cubría sus lentes cuadrados con su cabello negro en forma de libro, mientras se recostaba en la mesa del comedor, adormilado.
— ¿Y la tarea? — Preguntó ella al terminar de alistarse. Últimamente tenía que cubrir guardias por las tardes para atender a sus pacientes.
— Es en serio. ¡Ya la acabé! Y me aburrí... Como siempre —, protestó Jim, haciendo un puchero—. Esa escuela es tonta. Nadie me quiere porque siempre les gano; hasta los profesores me tienen envidia. Si ya lo sé todo, ¿para qué tengo que ir, mamá?
— Ya te lo dije, Jimmy. Necesito que hagas... —, murmuró Mari mientras recorría nerviosa la sala. Cuando la urgencia la interrumpió. — ¿Dónde está esa chunche? — Para que Jim le acercara su bata recién planchada.
— Sí, sí. Hacer amigos. Necesito hacer amigos —, respondió el niño, más por obligación que por convicción. — Má, ¿te acuerdas del concurso? Cuando gané, el señor Bondel nos dará el dinero. Él va a ayudarnos.
— ¡Qué va a ayudarnos ni qué nada! Ese hombre se cree dueño de todos. Y tú no tienes por qué meterte en mis asuntos. ¡Ya te vi el otro día! —, lo reprendió.
Hasta que un golpe metálico de la puerta interrumpió la discusión.
— Doc... ¡Doctora Mari! — Una enfermera entró apresurada, con uniforme y el tapabocas. — Los polis encontraron a Sarita... ¡Van a hacerle algo!
Jim reconoció el nombre: Sarita. La primera paciente de su mamá. La niña había sobrevivido a un ataque de aquella enfermedad devastadora, que los medios llamaban «El Despertar». Una afección que mataba a casi todos, y que, transformaba a algunos muchachos supervivientes en extraños híbridos animales. Guadalupe era el lugar más afectado del planeta, y por eso Mari había instalado su consultorio allí.
Sarita, una niña con cola de cacomixtle, ella había ayudado a Mari a entender que El Despertar no era una pandemia contagiosa, como anunciaban las noticias. La doctora sabía que el gobierno pretendía aislar a Guadalupe y silenciar a los afectados del barrio. Para ella, atenderlos era indispensable para hallar una cura. El alcalde Gaspar Santana, en cambio, prefería hacerlos desaparecer antes que investigar el fenómeno.
¿Y cómo sabía tanto un mocoso de primaria? Bueno, Jim era muy entrometido y siempre se mantenía cerca de su madre, incluso escondido, cuando los casos que atendía eran muy peligrosos. Cada emergencia aumentaba su ansiedad. Quería que Mari abandonara su trabajo; quería que volviera a casa y le prestara la atención que tanto echaba de menos.
— No salgas, Jimmy. Quédate aquí y espera a Isrra; la cena está en el micro —pidió Mari mientras se ponía la bata y el estetoscopio—. Lupe, hija, dime: ¿adónde fueron? — Salió deprisa, sin darle a Jim el beso en la frente de siempre.
Pasó media hora y Mari no regresaba. Jim intentó distraerse, resignado a otra cena en solitario. Tenía muchas cosas que contarle de su día. Cada ruido lo hacía levantar la mirada, incapaz de dejar de imaginar los peligros que su madre enfrentaba afuera.