Regla #1 "Rematar".
Samara.
Lo último que vi fue a Lucio caer entre gritos, algunos pensaron que fingía y otros sacaron sus celulares. Gerald, mi padre, fue una de las personas en acercarse preocupados, estaba a pocos pasos y aunque no lo sabíamos aún, fue en ese instante cuando su vida, y la del mundo dio un grito irreversible. Lucio se incorporó, pero no era él. Sus ojos se inyectaron en sangre, su mandíbula crujió con un movimiento imposible. Soltó un alarido y luego, atacó.
Solté un grito, pero incluso se mezclo y tal vez se perdió entre tantos gritos de las demás gente que se encontraba ahí. El cuerpo de mi hermano ya no parecía él, se había abalanzado a nuestro padre con una fuerza que no le conocía, como si algo lo hubiera encendido por dentro. La sangre salpicó en el suelo pulido de la universidad y la voz de mi madre grito su nombre.
—¡Gerald!
Pero no hubo tiempo para que nadie ayude. Mi padre cayó al suelo, su garganta desgarrada como si un animal salvaje lo hubiera atacado. Fue tan rápido, tan brutal que por un momento, no supe cómo reaccionar o si esto era un sueño. Sólo quería correr, pero mis piernas no respondían. Lucio —o lo que quedaba de él— se volvió a dónde estábamos nosotros, a los demás estudiantes que apenas entendíamos lo que sucedía. Algunos grababan, otros tomaban fotos. ¡Malditos idiotas! Otros intentaron acercarse para calmar la situación. Uno de ellos, Matías; fue el siguiente. Le mordieron el rostro, empujándolo al suelo como si fuera de papel y ahí supe que esto no era una broma o enfermedad común.
Todo se desató en segundos. Una chica vomitó, alguien comenzó a rezar y yo, por fin, logré moverme. Empuje a dos compañeros y por inercia tomé a Jacob en mis brazos e incluso jale a mi madre su brazo para poder huir corriendo de ahí. Algo en el aire había cambiado, no supe cuántos logramos salir de ese lugar, ni sabía cómo no me caí tropezando. Sólo recuerdo cruzar la reja mientras otros tropezaban o gritaban nombres que nadie contestaba.
Ahí afuera, en la explanada, algunos corrían sin dirección y otros miraban los edificios como si no pudieran entender o aceptar lo que ocurría. Otro grito se escuchó y fue de una persona que había caído al suelo convulsionando y se levantó como Lucio. Ahí comprendí algo que todavía no sé cómo explicarlo: «Esto ya está dentro de las personas que comieron eso». Lo que Lucio había hecho era sólo el comienzo.
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[Fragmento de cinta de seguridad —Instalación Médica— Fecha desconocida]
La grabación comienza con una pantalla granulada en blanco y negro en aquel vídeo se podía también notar un largo pasillo vacío iluminado por luces que comenzaban a parpadear. Dos figuras con batas médicas caminan algo apresuradas, sus voces apenas audibles entre el zumbido eléctrico.
—¿Estás seguro de que lo sellaron? ¡No podemos dejar que salga! —. Una de las voces se notaba entrecortada por correr y más por el pánico que se podía escuchar.
—¡Lo hicimos! Pero algo está mal. Los niveles están subiendo otra vez...
Una sombra distorsionada cruza la pantalla detrás de ellos. La imagen se congela por un segundo y aparece una frase entre las interferencias.
«No puedes escapar».
Un grito se escucha e incluso la cámara cae al suelo. La pantalla se llena de estática antes de que aparezca una imagen fugaz de un rostro pálido con los ojos completamente negros.
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No recuerdo cómo logramos llegar a casa después de lo sucedido, sólo sé que ya estábamos ahí en aquellos sofás viejos sentados en un silencio incómodo. El televisor estaba encendido en el canal de noticias: edificios evacuados, hospitales desbordados, militares en las calles. Lo bueno de vivir en este tipo de casas es que tenía rejas en ventanas y puertas; nuestro hogar tenía portón, eso lo hacía mejor. Saque mi celular para ver que decían en las redes sociales, incluso no tenía mensajes de mis amigas, no las había notado en la universidad, cada quien se fue por su lado. Jacob se levanta en silencio y se fue a encerrar a su habitación, mi madre se fue a la cocina a despejarse, mientras veía aquellos vídeos que aparecían, en mi mente volvía una y otra vez aquella escena de Lucio y mi padre, incluso tenía sangre en las botas.
Los días siguientes fueron un martirio, los supermercados, tiendas o centros comerciales se vaciaron, las noticias dejaron de tener sentido. Hablaron sobre un virus, luego de un brote, que era culpa de tal gobierno, culparon a otros países, ya no había casi nadie, finalizaron con un silencio total; ya nadie más hablaba. Mi madre se convirtió en algo que nunca había visto: una mujer fría, decidida, capaz de matar para protegernos.
Aprendió a usar el cuchillo de cocina como si ya tuviera práctica, mientras que yo había diseñado un arma con aquel bate de béisbol de madera que teníamos con tornillos y clavos incrustados, jamás pensé en usar uno así. Jacob, en cambio, empezó a apagarse. El brote lo rompió por dentro, lo veía llorar en las madrugadas, abrazando el suéter de nuestro padre e incluso se ponía las gorras de Lucio, sin querer que lo viéramos.
1 de febrero del 2033
Tres meses después.
Aunque no sabíamos que día era exactamente, habíamos encontrado una manera de medir el tiempo, gracias al saber cómo guardar bien la comida que nos quedaba y por las veces que veíamos a ellos desde las ventanas.
Los Strompers. Así le habían dicho en una de las noticias cuando entrevistaban a uno de los científicos más reconocidos. Fue la última vez que supimos sobre esas cosas. Nos escondíamos. Corríamos. Sobrevivíamos.
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Editado: 02.02.2026