Proyecto cupido.

Capítulo 1: El voluntariado.

Narrador omnisciente.

Elara Montenegro tenía tres certezas en la vida: que el café era un derecho humano, que los lunes eran un error de diseño y que jamás, bajo ninguna circunstancia, volvería a dejar sus horas de servicio social para el último mes del semestre.

La tercera certeza acababa de nacer esa mañana, frente a la secretaría de la universidad, cuando la señora del mostrador le deslizó una hoja con un sello rojo.

-Te faltan sesenta horas. Las plazas buenas se acabaron hace semanas, mi amor. Solo queda esta.

Elara leyó el papel. Después lo leyó de nuevo, por si las letras se hubiesen reorganizado en algo menos terrible.

-¿Ancianato Los Girasoles? ¿No hay un refugio de animales? ¿Un comedor comunitario? ¿Una biblioteca que necesite alguien que ponga etiquetas?

-Se llenaron. Todos los que no esperaron hasta el final se llenaron.

Lo dijo sin mirarla, con la misma suavidad con que se anuncia un diagnóstico.

Así fue como, un martes a las ocho de la mañana, Elara se encontró frente a un portón de hierro pintado de amarillo, con un letrero que decía «Los Girasoles: donde la edad es solo un número» y, debajo, escrito a mano con otra letra, «y a veces el número es bastante alto».

Respiró hondo. Se prometió ser amable, paciente y profesional durante sesenta horas. Empujó el portón, que chirrió como si llevase años esperando una excusa para quejarse.

El jardín era un desastre encantador. Macetas de colores mezcladas sin ningún criterio, una fuente de piedra con un querubín al que le faltaba un brazo y sillas de plástico desperdigadas como si alguien las hubiera lanzado desde una avioneta. Un anciano de bigote blanco avanzaba por el sendero empujando un andador a una velocidad que ningún andador debería alcanzar.

-¡Cuidado, niña! -gritó.

Elara saltó hacia atrás. El andador pasó rozándola, en una ráfaga de aire con olor a colonia de lavanda.

-¡Don Anselmo! -chilló una voz desde la puerta-. ¡Le he dicho mil veces que eso no es una pista de carreras!

-¡Es mi cardio, Remedios! -respondió él, doblando la esquina sin frenar.

La mujer que había gritado salió al porche con los brazos en jarra. Era bajita, fuerte, con el pelo recogido en un moño tan apretado que parecía sostener también su paciencia. Llevaba un llavero con unas cuarenta llaves y un gafete que decía «Directora Remedios Villanueva».

-Tú debes de ser la voluntaria. Pasa, y no te asustes: la mayoría muerde solo si no ha desayunado.

Elara no estaba segura de que fuera una broma.

La directora la guio por un pasillo de baldosas gastadas, enumerando las reglas a velocidad de subastadora.

-Las pastillas las reparto yo, tú no toques nada. La cocina está prohibida los jueves, no preguntes. Si Doña Pura te dice que te va a dejar su herencia, no la creas, porque se la ha prometido a media ciudad. Y si alguien te pide que lo ayudes a escaparse, la respuesta es no. Siempre es no.

-¿Alguien intenta escaparse?

-Cada semana. Es un deporte nacional.

Llegaron a un salón con ventanales y sofás de flores que habían conocido mejores décadas. Unos ancianos jugaban dominó con intensidad de campeonato mundial, otros veían una telenovela con los ojos pegados a la pantalla y una señora tejía algo que parecía una bufanda para una jirafa.

-Atención todos. Esta es Elara, la nueva voluntaria. Sean amables.

El salón entero se giró hacia ella. Elara sintió lo mismo que cuando el profesor de estadística pasa lista y el único nombre que falta es el tuyo.

Hubo un silencio. Y entonces, desde el rincón más soleado, una voz clara y elegante se alzó sobre las demás.

-Pero qué criatura tan encantadora.

En un sillón de mimbre, junto a la ventana, una anciana de cabello plateado perfectamente peinado la observaba con una sonrisa serena. Llevaba un collar de perlas y unas gafas de montura fina que le daban aire de duquesa jubilada. A su lado, un anciano alto y delgado, con pajarita de lunares y un bastón de empuñadura dorada, la miraba con las cejas ligeramente arqueadas.

-Margaret. Jackson. Compórtense -suspiró la directora.

-Siempre nos comportamos, Remedios -respondió la mujer-. Es solo que nuestro comportamiento tiene una interpretación muy amplia.

-Eso es verdad -confirmó el hombre con solemnidad.

Algo en esa pareja resultaba extrañamente inquietante. Quizás era la forma en que sonreían al mismo tiempo, como si hubieran ensayado el gesto durante años. O ese brillo en los ojos que Elara solo había visto en niños a punto de hacer una travesura.

Entonces algo le mordisqueó el cordón del zapato.

Elara bajó la vista. Un pug redondo como una croqueta, con la cara arrugada en una expresión de eterna indignación, tiraba del cordón con la determinación de un pequeño tirano.

-¡Quijote! -exclamó Jackson-. Compórtate, caballero.

-Ha elegido -dijo Margaret, con deleite-. Normalmente tarda semanas en aprobar a un voluntario. A la última muchacha le robó un zapato y nunca se lo devolvió.

-¿Quijote? -repitió Elara, mientras el perro soltaba un resoplido de locomotora vieja.

-Fui profesor de literatura cuarenta años -explicó Jackson, con orgullo-. Era eso o «Cervantes». Margaret dijo que Cervantes era demasiado largo para gritarlo desde la ventana.

-Y yo fui abogada -añadió ella-. Por eso hacemos tan buen equipo. Él habla bonito y yo gano las discusiones.

-Ella gana todas las discusiones -corrigió Jackson, resignado y feliz.

Elara rio sin poder evitarlo. Se agachó, y Quijote, tras evaluarla con un ojo entornado, se subió a su regazo y se acomodó como si siempre hubiera sido su dueño.

-Ven, querida, siéntate con nosotros -dijo Margaret, palmeando la silla frente a ella-. Cuéntanos todo. ¿Cómo te llamas? ¿Qué estudias? ¿Tienes familia? ¿Mascotas? ¿Novio?

Elara se atragantó con su propia saliva.

-Eh... no. No tengo.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 07.10.2026

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