Proyecto cupido.

Capítulo 2: Los fugitivos de la mansión.

Narrador omnisciente.

Elara regresó al día siguiente con cuatro certezas nuevas: que Don Anselmo era un peligro público, que Doña Pura mentía con una elegancia admirable, que el café del ancianato sabía a calcetín mojado y que Quijote había decidido adoptarla sin consultárselo.

Lo supo en cuanto cruzó el portón. Desde el porche salió una bola beige de cuatro patas cortas, resoplando como una locomotora asmática, que cruzó el jardín a una velocidad inverosímil para su tamaño y se estrelló contra sus tobillos con un golpe sordo.

-Buenos días a ti también -dijo Elara, agachándose a rascarle las orejas.

El pug cerró los ojos, soltó un suspiro de placer profundo y se dejó caer de lado, panza arriba, con la lengua colgando por un costado.

-No sabía que se podía ser tan dramático con tan poco cuello -murmuró.

-¡Elara, querida! -la saludó Margaret desde un banco del jardín, con un sombrero de paja del tamaño de una sombrilla-. Llegas justo a tiempo. Íbamos a empezar la sesión de confesiones.

-¿Qué sesión de confesiones?

-La que te prometimos ayer -explicó Jackson, que apareció detrás del banco con una bandeja de galletas-. Cuando nos tuvieras confianza.

-Llevo un día aquí.

-Y ya le has caído bien al perro -dijo Margaret, con una seriedad pasmosa-. Eso equivale a diez años de amistad.

Elara se rindió, se sentó entre ellos y aceptó una galleta que sabía deliciosamente a mantequilla y a algo ligeramente prohibido. Quijote se acomodó sobre sus pies, como una bolsa de agua caliente con complejo de rey.

-Bien -dijo Jackson, aclarándose la garganta con solemnidad de orador-. Todo comenzó hace tres meses, en la Mansión Whitmore.

-Una casa enorme -añadió Margaret-. Veintidós habitaciones. Una escalera de mármol. Un jardín con laberinto.

-Y un mayordomo -puntualizó Jackson.

-Que no obedecía a nadie -remató ella.

-¿Era su casa? -preguntó Elara.

-Era nuestra casa -dijo Margaret con un suspiro trágico-. La construimos hace cuarenta años, ladrillo por ladrillo. Y luego, poco a poco, se fue llenando de gente.

-¿De gente?

-De familia -dijo Jackson, con el tono de quien habla de una plaga bíblica-. Hijos, yernos, nueras, sobrinos, primos segundos, un tío abuelo de Escocia que nadie recuerda haber invitado...

-Todos viviendo allí -continuó Margaret-. Todos dando órdenes. Todos «ayudándonos».

-Y todos -subrayó Jackson-, con una idea muy clara de lo que era mejor para nosotros.

-Que casualmente -aclaró ella-, nunca coincidía con lo que nosotros queríamos.

Elara los miró, intrigada.

-¿Como qué?

Los dos ancianos intercambiaron una mirada de profundo dolor.

-Mi biblioteca -empezó Jackson, con la voz quebrada-. Tres mil volúmenes. Ediciones antiguas. Primeras ediciones. La convirtieron en un gimnasio.

-¿Un gimnasio?

-Con una bicicleta estática -murmuró él, como si hablara de un crimen de guerra-. Donde antes estaba el Quijote de 1605.

Quijote levantó la cabeza al oír su nombre y gruñó, ofendido por el recuerdo.

-El de la edición, no tú, mi cielo -lo tranquilizó Jackson.

-Mi jardín -continuó Margaret, con una mano sobre el pecho-. Las rosas. Cuarenta años cultivando rosas. Y mi nuera decidió que lo más «moderno» era un huerto de col rizada.

-Col rizada -repitió Jackson, con el mismo tono con que se pronuncia un insulto.

-Y la cocina -añadió Margaret-. Mi cocinera de toda la vida, Casilda, se jubiló, y la sustituyó una chef «consciente y sostenible» que le servía a mi marido un batido verde cada mañana.

-Con espinacas -dijo Jackson, estremeciéndose-. Y semillas. Yo, que he desayunado huevos con tocino durante setenta años.

-Y cada vez que nos quejábamos -dijo ella-, nos decían lo mismo: «Es por su bien».

-«Es por su bien» -repitió Jackson, con una voz aguda de falsete-. Mi hijo me dijo que me estaban salvando la vida. Yo le dije que estaba perfectamente vivo y que lo único que me mataba era el batido.

Elara se tapó la boca para no reír, sin éxito.

-Entonces -prosiguió Margaret, con dignidad-, tomamos una decisión.

-Una decisión valiente -dijo Jackson.

-Una decisión estratégica -corrigió ella-. Una noche, mientras todos dormían, hicimos las maletas.

-Pasamos descalzos por el pasillo -susurró él, con ojos brillantes de emoción-. Bajamos la escalera de mármol de puntillas.

-Con Quijote en el bolso -añadió Margaret.

-Que, para colmo, escogió ese momento para estornudar.

El pug, como si supiera que hablaban de él, soltó un resoplido de orgullo.

-Se encendieron las luces -continuó Jackson, bajando la voz-. Mi nuera apareció en lo alto de la escalera en bata y con una mascarilla de pepino. Mi hijo, detrás, con un bate de béisbol.

-¿Un bate? -se asombró Elara.

-Pensaban que éramos ladrones.

-Cuando vieron que éramos nosotros -prosiguió Margaret-, se quedaron paralizados. Y ahí aprovechamos.

-Corrimos -dijo Jackson, con una sonrisa épica-. Yo con mi bastón, ella con su bolso, Quijote ladrando como un loco. Tomamos un taxi en la esquina.

-Y le dijimos al conductor: «¡Al lugar más lejano y más sensato de esta ciudad!» -remató Margaret.

-Y el conductor nos trajo aquí.

Se quedaron los tres en silencio, y entonces Elara rompió a reír con tanta fuerza que Quijote saltó de sus pies, alarmado.

-¡Lo siento! -exclamó, secándose las lágrimas-. Es que no puedo imaginarme... dos personas de ochenta años, huyendo de una mansión en plena noche.

-Setenta y ocho -corrigió Margaret, ofendida.

-Y tres cuartos -añadió Jackson.

-Es la historia más increíble que he oído en mi vida.

-Pues aún no has oído lo mejor -dijo Margaret con una sonrisa enigmática.

-¿Hay más?

-Mucho más -dijo Jackson-. Pero eso, querida, lo sabrás a su debido tiempo.

Elara negó con la cabeza, todavía riendo.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 07.10.2026

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