Fernando Whitmore había vivido muchas humillaciones en veintiocho años, pero ninguna tan completa como esta: de pie en un jardín desconocido, con un zapato menos, una estatua decapitada a sus pies y la sensación inconfundible de que un pug le había declarado la guerra.
-Está bien -se dijo, respirando hondo-. Estás bien. Nadie te ha visto.
-Yo sí -dijo una voz a su espalda.
Fernando se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio. Frente a él, con los brazos cruzados y una expresión que podría haber derretido el hielo, había una joven de cabello oscuro recogido en una coleta torcida, vaqueros manchados de pintura y una camiseta que decía «Yo también odio los lunes».
Llevaba en las manos un bote de pintura amarilla, y lo sostenía como si fuera un arma.
-No es lo que parece -dijo él enseguida.
-Parece que acabas de decapitar al querubín -respondió ella.
-Fue un accidente.
-Con ese perro de por medio, todo lo es.
Ambos miraron hacia la casa. En el porche, Quijote lo observaba con el zapato marrón entre las patas, la cabeza ladeada y una expresión de absoluta inocencia.
-Ese perro me robó el zapato -dijo Fernando.
-Ese perro tiene criterio. -La joven dejó el bote en el suelo y se acercó a la fuente con la lentitud de quien examina un crimen-. Esto llevaba aquí cuarenta años. Los residentes lo adoraban. Don Anselmo le contaba sus secretos.
-¿A una estatua?
-Es mejor oyente que tú, seguro.
Fernando abrió la boca para responder, pero la cerró. No tenía ninguna defensa, y lo que era peor, la chica tenía razón.
-Me llamo Fernando -dijo al final, extendiendo una mano-. Soy el nieto de...
-Ah. -La joven miró la mano como si estuviera pegajosa-. El desastre ambulante.
-¿Perdón?
-Nada. Elara. Soy la voluntaria. -Le estrechó la mano apenas un segundo y la soltó-. Tus abuelos hablan mucho de ti.
-¿Qué dicen?
-Que eres adorable. Muy en el fondo.
Fernando entrecerró los ojos. Ese cumplido, en boca de su abuelo, siempre significaba problemas.
-Vengo a ver a mi abuela. Me llamó anoche. Dijo que era una emergencia.
-Pues parece que la emergencia acaba de llegar -murmuró Elara, mirando el desastre.
Antes de que pudiera replicar, una voz seca y autoritaria resonó desde el porche.
-¿Quién es el responsable de esto?
La directora Remedios Villanueva bajó las escaleras con el llavero en una mano y el rostro de un volcán a punto de entrar en erupción.
-Fue él -dijo Elara, señalándolo sin vacilar.
-¡Oye!
-Y el perro, claro -añadió ella, con generosidad.
-¡Señor Whitmore! -bramó la directora-. Es la tercera vez que se estrella contra algo desde que sus abuelos llegaron. ¿Se da cuenta de que ese portón costó más que su coche?
-Mi coche no vale mucho -murmuró Fernando.
-Eso ya lo veo, y por eso me preocupa.
Una risa contenida estalló a su lado. Fernando miró de reojo a Elara, que se tapaba la boca con la mano y fingía estar muy interesada en la estatua.
-Lo pagaré todo -dijo él, con la poca dignidad que le quedaba-. La estatua, el portón, lo que haga falta.
-¿Con qué dinero? -preguntó la directora-. Su abuela me dijo que lo despidieron otra vez.
-Eso es... un rumor.
-Lo dijo usted ayer por teléfono, en el pasillo. A gritos.
Fernando sintió que le subía el calor a las orejas.
-Fue una conversación privada.
-Con un teléfono a todo volumen -dijo Elara, sin mirarlo-. Se oyó hasta en la cocina.
Fernando se volvió hacia ella, con una mezcla de furia y vergüenza.
-¿Tú siempre disfrutas así de la desgracia ajena?
-Solo cuando es merecida.
Una carcajada limpia, sonora, les llegó desde la puerta del salón. Margaret y Jackson, agarrados del brazo como dos adolescentes en su primera cita, avanzaban por el sendero con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Fernando, mi vida! -exclamó Margaret, abriendo los brazos-. ¡Qué sorpresa tan agradable!
-Abuela, me llamaste tú.
-Pero no esperaba que llegaras tan pronto. -Lo abrazó con una fuerza insospechada para su edad, y lo olió discretamente-. Hueles a gasolina.
-El coche se averió.
-Se averió contra mi portón -puntualizó la directora.
-Cosas que pasan -dijo Jackson, quitándole importancia con un gesto-. Lo importante es que estás sano y salvo. ¿Has desayunado?
-No tuve tiempo.
-Siempre dices lo mismo -suspiró Margaret-. Vamos adentro. Elara, querida, ¿nos acompañas?
-Tengo que seguir con el letrero -dijo ella, ya retrocediendo.
-Nos acompañas -repitió Margaret, con una dulzura que no admitía réplica.
Elara miró a Fernando. Fernando miró a Elara. Ambos pensaron exactamente lo mismo: «Esto es una trampa».
El salón de Los Girasoles tenía una mesa redonda de madera que Margaret había requisado desde el primer día como «cuartel general». Allí se sentaron los cuatro. Quijote se acomodó bajo la silla de Elara, con el zapato de Fernando entre las patas, y empezó a roerlo con una dedicación casi artística.
-Vamos al grano -dijo Margaret, sirviendo té con una elegancia de embajadora-. Fernando, querido, tu abuelo y yo estamos muy preocupados por ti.
-¿Por mí?
-Tu vida es un desastre.
-Abuela...
-Perdiste el trabajo en el banco -empezó a enumerar Jackson, contando con los dedos.
-Fue un malentendido.
-Perdiste el de la agencia de publicidad.
-Me confundieron con otro.
-Y el de la empresa de seguros.
-Eso... fue un poco culpa mía -admitió él, hundiéndose en la silla.
Elara alzó una ceja, con una sonrisa de gato.
-¿Qué pasó en la empresa de seguros?
-No quiero hablar de ello.
-Escribió «gracias por su visita» al final de un contrato -explicó Margaret, con una satisfacción terrible.
-¡Abuela!
-Y firmó con una carita sonriente -añadió Jackson.
Elara se cubrió la cara con las manos, con los hombros temblando. Fernando la miró con rencor.