Fernando llegó a Los Girasoles en un coche que no era el suyo.
El suyo seguía en el taller, con el capó abierto como la boca de un paciente aterrado. El que conducía ahora era un Fiat de color mostaza, prestado por su primo Gaspar con la advertencia: «Cuídalo como a tu vida, que me costó dos años de ahorros». Fernando prometió hacerlo, con la misma seriedad con la que había prometido muchas otras cosas en su vida.
Llegó tarde, claro. Elara se lo hizo notar sin mirarlo, desde lo alto de una escalera de mano, con un pincel entre los dientes.
-Las nueve y diez.
-Había tráfico.
-Hay tráfico todos los días. Es una de las pocas cosas fiables de esta ciudad.
-Buenos días a ti también, rayo de sol.
-Buenos días, desastre.
-Me llamo Fernando.
-Eso dicen.
Fernando decidió no responder, porque había aprendido en solo veinticuatro horas que con Elara las discusiones se parecían a los partidos de tenis: cuanto más devolvías, más fuerte te la volvían a lanzar.
Se acercó para ver qué hacía. En medio del jardín, apoyado sobre dos caballetes de madera, había un cartel enorme de casi tres metros de largo. Era una obra de arte colectiva: las letras de «Los Girasoles» estaban pintadas en amarillo brillante, con girasoles en las esquinas dibujados por manos temblorosas, y debajo, en cursiva, la frase «donde la edad es solo un número». Alrededor, media docena de ancianos ayudaban con distintos grados de eficacia. Doña Pura pintaba las flores con la lengua fuera. Don Anselmo, con una brocha atada al andador, hacía los bordes en cada pasada. Y una señora llamada Eulalia, ciega de un ojo y sorda de un oído, le añadía a cada letra un pequeño bigote.
-¿Por qué le pone bigote a la «o»? -susurró Fernando.
-Porque ella dice que le falta personalidad -respondió Elara-. No la contradigas. Ayer le discutí un lunar y todavía no me perdona.
-¡Fernando, querido! -gritó Margaret desde un banco, con su sombrero de paja de dimensiones oceánicas-. ¡Qué puntualidad!
-Llego tarde, abuela.
-Pero llegas. Eso ya es progreso.
-Necesito que aparques el coche bien lejos del portón -dijo Jackson, acercándose con el bastón y un gesto de profunda preocupación-. Remedios nos ha pedido que no dejemos ningún vehículo cerca de la entrada. Después de lo del otro día.
-¿Dónde lo dejo?
-Al fondo del jardín. Detrás de la fuente. Hay un espacio perfecto.
-Pero es césped.
-Césped muy firme -aseguró Margaret, con una convicción espléndida.
Fernando miró el sitio que le señalaban. Estaba al otro lado del jardín, justo pasando el cartel, en una esquina donde se acumulaban hojas secas y macetas rotas. Tenía sus dudas, pero ya había descubierto que oponerse a sus abuelos era tan eficaz como discutir con una lavadora.
-Está bien.
Regresó al coche. Quijote, que lo había estado vigilando desde el porche con una atención sospechosa, trotó detrás de él.
-Ni se te ocurra -le advirtió Fernando, señalándolo con el dedo.
El pug lo miró con una expresión de total inocencia y se sentó, en un gesto tan servicial que resultó inquietante.
Fernando se subió al Fiat, giró la llave y arrancó con un traqueteo digno de una lavadora vieja. Miró por el espejo retrovisor. El jardín quedaba a su espalda. Para llegar al sitio acordado tenía que dar marcha atrás, atravesar el sendero y pasar junto al cartel. Lo hizo despacio, con el cuello torcido, atento a todo.
Casi a todo.
No vio a Jackson, que en ese momento, con una discreción de agente secreto, se inclinaba sobre uno de los caballetes y los empujaba un metro hacia el camino del coche, con el bastón y una sonrisa de colegial.
Tampoco vio a Margaret, que desde su banco levantó un pañuelo blanco, como una directora de orquesta.
Y menos aún vio a Quijote, que en ese instante, con un salto limpio y quirúrgico, aterrizó sobre el asiento del copiloto y ladró con todas sus fuerzas justo en el oído de Fernando.
-¡Aaah! ¡Perro!
Fernando se sobresaltó. Su pie, que descansaba suavemente sobre el freno, resbaló hacia el acelerador. El Fiat dio un salto atrás, rugió como un animal ofendido y se estrelló contra algo que cedió con un crujido madera-contra-metal que resonó por todo Los Girasoles.
Se hizo un silencio sepulcral.
Fernando, pálido, miró por el retrovisor. Lo que vio le arrebató el aliento.
Del cartel de tres metros solo quedaba una pila de tablas rotas, pintura amarilla desparramada y, sobre ella, a modo de coronación, el neumático trasero del Fiat con las huellas perfectamente estampadas en el borde.
-No -susurró.
Quijote, en el asiento de al lado, bajó la cabeza con aire de desolación fingida.
-Tú -le dijo Fernando-. Tú has sido.
El pug lo miró con sus ojos redondos y soltó un suspiro tan lastimero que habría conmovido a un juez.
Alguien gritó. No fue un grito normal. Fue un grito largo, agudo, que subía y subía y parecía contener el dolor acumulado de todas las criaturas que habían visto destruida su obra de arte.
-¡MI CARTEL!
Fernando bajó del coche despacio, con las manos en alto.
-Puedo explicarlo.
Elara bajaba la escalera de mano a una velocidad indecente, con una brocha llena de pintura amarilla en una mano y un rostro que prometía una venganza larga y creativa. Tenía un salpicón dorado en la mejilla, otro en el pelo y una mirada que Fernando solo había visto en las películas, justo antes de que el villano recibiera su merecido.
-Me costó tres días -dijo, avanzando con paso lento-. Tres días, Fernando. Con las manos de Doña Pura, que tiembla. Con los bigotes de Eulalia. ¡Con Don Anselmo atado a una brocha!
-Fue un accidente. El perro me ladró y...
-¡No culpes al perro!
-Pero fue él, lo juro, saltó...
-¡El perro es un santo!
Quijote, sentado en la ventanilla del Fiat, asintió con solemnidad.
-Elara, por favor, razonemos...