La reunión fundacional se celebró a las once y media de la noche, en el cuarto de la lavandería de Los Girasoles, porque era el único lugar del edificio donde la directora Remedios Villanueva jamás entraba.
«Huele a suavizante y a derrota», decía ella. Margaret, en cambio, decía que olía a conspiración.
El cuarto era pequeño y cálido, con tres lavadoras antiguas que zumbaban como abejas cansadas, una mesa de planchar convertida en mesa de reuniones y un cesto de ropa sucia que hacía las veces de taburete. Sobre la mesa había una tetera, tres tazas descascaradas, un plato de galletas robadas de la cocina, la libreta de cuero abierta en una página nueva y un cartelito que Jackson había escrito a mano con su mejor caligrafía de profesor: «SALA DE OPERACIONES. PROHIBIDO EL PASO A MENORES DE SETENTA».
-Declaro abierta la sesión -dijo Margaret, golpeando la mesa con una cucharilla a modo de mazo.
-Eso no se hace con una cuchara -murmuró Jackson.
-Se hace con lo que haya, querido. Los grandes imperios se fundaron con menos. -Se aclaró la garganta y adoptó la voz solemne que había usado durante cuarenta años ante los tribunales-. Siendo las once y treinta y dos de la noche, comparecen ante esta junta la señora Margaret Whitmore, abogada jubilada y presidenta; el señor Jackson Whitmore, catedrático de literatura y secretario; y el señor Quijote, pug de pura raza y jefe de operaciones de campo.
Quijote, instalado sobre un montón de toallas limpias, levantó la cabeza al oír su cargo y soltó un resoplido muy digno.
-¿Jefe de operaciones? -preguntó Jackson-. Yo pensé que era el mensajero.
-Fue ascendido esta tarde, tras el incidente del cartel -explicó Margaret-. Una actuación impecable. El ladrido en el oído, el salto al asiento, la mirada de inocencia posterior... De manual.
-Fue un poco cruel con el muchacho.
-Fue eficaz, que es distinto.
Jackson tomó una galleta, la partió por la mitad y le dio una mitad a Quijote, que la aceptó como quien recibe una condecoración.
-Bien -dijo Margaret-. Pasemos al primer punto del orden del día: el nombre oficial.
-Proyecto Cupido -dijo Jackson, sin dudarlo.
-Eso es lo que dijimos en el jardín, pero un nombre se decide con votación. Quiero que quede constancia legal.
-¿Legal? Margaret, vamos a emparejar a nuestro nieto, no a fundar una empresa.
-La diferencia es una cuestión de papeleo. -Tomó una pluma de la mesa-. Propongo «Proyecto Cupido». ¿Quién vota a favor?
Levantó la mano. Jackson la levantó también, con un suspiro. Quijote, desde su montaña de toallas, soltó un ladrido seco que Margaret apuntó como voto.
-Aprobado por unanimidad. Siguiente punto: los objetivos.
Abrió la libreta y la giró hacia su marido. En la página, con tinta azul y letra apretada, había una lista numerada.
-Uno -leyó Jackson en voz alta-: «Que Fernando deje de vivir como un náufrago». Dos: «Que Fernando conserve un empleo durante más de seis semanas». Tres: «Que Fernando limpie su casa de cristal al menos una vez por trimestre». -Alzó la vista-. Cuatro: «Que Fernando y Elara se casen».
-Me parece razonable -dijo Margaret.
-Margaret, se han conocido hace tres días.
-Y ya se han perseguido con una brocha. Hay parejas que tardan años en alcanzar ese nivel de intensidad.
-Ella le pintó la cara.
-Es una forma de intimidad.
Jackson se quitó las gafas, se frotó el puente de la nariz y las volvió a poner.
-Querida, tengo mis dudas.
-Lo sé.
-No porque ella no sea maravillosa. Lo es. Es lista, graciosa, trabajadora...
-Y no se deja intimidar por nadie.
-Exacto. Pero ¿y si no se soportan de verdad? ¿Y si lo único que conseguimos es que se odien más?
Margaret dejó la pluma sobre la mesa, cruzó las manos con calma y miró a su marido con una ternura que le suavizó todo el rostro.
-Jackson, ¿te acuerdas de cómo nos conocimos?
-En una conferencia sobre Cervantes. Tú estabas en la fila de atrás, y me corregiste una cita.
-Te corregí tres. En público. Delante de doscientos profesores.
-Y te dije que eras una insolente.
-Y yo te dije que tú eras un pedante.
-Y a los seis meses nos casamos.
-Y llevamos cincuenta y dos años discutiendo -concluyó ella, con orgullo-. Creo que sé reconocer cuando dos personas se están peleando por miedo a quererse.
Jackson no respondió. Se quedó mirando a su esposa con los ojos algo húmedos, como cada vez que ella decía algo que sonaba a sentencia, pero que en realidad era una declaración.
-Está bien -dijo al fin, con voz ronca-. Sigamos.
Margaret sonrió, satisfecha.
-Siguiente punto: los métodos.
-¿Los métodos?
-Una operación así requiere una estrategia por fases. -Pasó la página. Allí había un esquema, con flechas, círculos y varios nombres tachados-. Fase uno: convivencia forzada. Fase dos: situaciones de riesgo moderado. Fase tres: celos controlados. Fase cuatro: crisis inevitable. Fase cinco: reconciliación espectacular.
-¿Celos controlados?
-Un clásico. Lo hice contigo en 1974, ¿te acuerdas? Con el profesor de latín.
-¡Con el profesor de latín! -exclamó Jackson, escandalizado-. ¡Pasé un mes insoportable!
-Y te declaraste al final del mes -le recordó ella, con una sonrisa traviesa-. Funciona.
-Eres una mujer temible.
-Gracias.
Quijote lanzó un bostezo enorme y se estiró sobre las toallas. Margaret lo miró con ternura y le acarició la cabeza.
-Ya vamos con la fase uno, mi cielo. Mañana te necesito despierto y operativo.
El pug bajó la cabeza con aire de profunda responsabilidad.
Al día siguiente, la fase uno comenzó oficialmente a las siete y cuarenta de la mañana, cuando Doña Pura, con una bata rosa y unos rulos del tamaño de latas de refresco, golpeó la puerta de Elara.
-Querida -dijo, con aire misterioso-. Necesito que me ayudes con un asunto urgente.