Proyecto cupido.

Capítulo 6: La sopa.

El miércoles amaneció con una noticia terrible: Doña Chela, la cocinera de Los Girasoles desde hacía veintidós años, tenía fiebre, tos y una nariz del color de un tomate maduro.

—No puedo cocinar así —dijo con la voz de una trompeta rota, envuelta en una manta y rodeada de pañuelos—. Contagiaría a todo el mundo, y los viejos son frágiles.

—Usted tiene setenta y un años —le recordó la directora Remedios.

—Pero soy joven de espíritu.

—Doña Chela, váyase a casa.

—¿Y quién va a hacer el almuerzo?

Remedios Villanueva giró lentamente la cabeza hacia el fondo de la cocina, donde dos voluntarios, un joven con la camiseta del revés y una joven con restos de pintura amarilla en el pelo, pelaban zanahorias a dos metros de distancia, en un silencio hostil.

La directora cerró los ojos. Respiró hondo. Se frotó las sienes.

—No —murmuró.

—Directora…

—No, no y no.

—Es la única solución —intervino Margaret, que acababa de asomar por la puerta con una sonrisa angelical—. Treinta residentes, una hora para el almuerzo y dos jóvenes llenos de energía.

—Tiene razón —añadió Jackson, apareciendo a su lado como una sombra elegante—. El esfuerzo colectivo es la base de toda comunidad.

—Esos dos —dijo Remedios, señalando con un dedo tembloroso—, acaban de destrozar un portón, una estatua y un cartel en tres días.

—Pero se han esforzado —replicó Margaret.

—¡Se han esforzado en destruir!

—Una energía que, bien canalizada, podría ser muy productiva.

La directora miró a los ancianos, miró a los jóvenes, miró el reloj de la pared. Eran las diez y cuarto. El almuerzo era a las doce y media. No había alternativa, y lo sabía.

—Vais a hacer sopa —sentenció—. Una sopa sencilla. Verduras, caldo, sal. Nada más. Sin inventos, sin creatividad, sin accidentes.

—Perfecto —dijo Elara.

—Estupendo —dijo Fernando.

—Y yo me quedo en la puerta, vigilando —añadió Remedios.

—Remedios, querida —dijo Margaret, tomándola del brazo con una dulzura sospechosa—. Creo que Don Anselmo acaba de pedir ayuda en el salón.

—¿Qué le pasa?

—Se le ha atascado el andador en la alfombra.

—Otra vez.

—Es un problema grave. Tal vez necesite un diagnóstico profesional.

La directora suspiró, miró a los dos jóvenes con una advertencia que podía haber cortado el acero y salió a paso rápido hacia el salón. Margaret y Jackson intercambiaron una sonrisa de victoria y, antes de seguirla, cerraron la puerta de la cocina con suavidad.

Elara y Fernando se quedaron solos, rodeados de ollas, cuchillos y sacos de verdura.

—Esto va a salir mal —dijo ella.

—Muy mal —confirmó él.

—Pero al menos lo sabemos desde el principio.

—Es un buen comienzo.

—Tú picas la cebolla. Yo preparo el caldo.

—¿Por qué yo la cebolla?

—Porque llorar te sentará bien.

—Qué amable.

—Es mi naturaleza.

Fernando agarró un cuchillo con la confianza de quien nunca ha cortado nada más complicado que una pizza. Elara, que lo observaba de reojo, estuvo a punto de decirle algo, pero se mordió la lengua.

Los primeros veinte minutos transcurrieron con una calma casi milagrosa. Fernando picó la cebolla con la cara contraída y los ojos llorosos. Elara troceó zanahorias, apio y puerros con una eficacia pasmosa. El agua hirvió, el vapor llenó el aire de aromas humildes y, por un instante, la cocina de Los Girasoles pareció un lugar donde las cosas podían salir bien.

Entonces entró Quijote.

Lo hizo sin anunciarse, empujando la puerta con el hocico, con una lentitud majestuosa. Se sentó en medio de la cocina, los miró uno a uno, y empezó a olfatear con un interés profesional.

—Fuera —dijo Elara.

El pug la ignoró.

—Perro, aquí no puedes estar. Hay normas de higiene.

Quijote se acercó a Fernando, le olisqueó las zapatillas y soltó un estornudo tan potente que le sacudió las orejas.

—No me estornudes encima —protestó Fernando.

El pug lo miró, como quien dice «ya veremos», y se fue directo hacia la despensa, donde empezó a arañar con una pata una puerta que no estaba del todo cerrada.

—¿Qué hace? —preguntó Fernando.

—No lo sé. Ni quiero saberlo.

Se oyó un golpe, un tintineo, y la puerta se abrió. Quijote salió trotando con un frasco de cristal en la boca, lo dejó a los pies de Elara con ceremonia y se sentó, esperando un aplauso.

Elara lo miró con desconfianza.

—¿Qué es esto?

Era un frasco grande, con tapa de rosca y un contenido blanco y granulado. No tenía etiqueta. Nadie, en ese instante, tuvo la presencia de ánimo de preguntarse por qué un pug, con una frecuencia tan precisa y un instinto tan sospechoso, había elegido justamente ese frasco.

—Es sal —dijo Fernando, con la seguridad de quien jamás había distinguido el azúcar de la sal en toda su vida.

—¿Estás seguro?

—Es blanca.

—El azúcar también es blanca.

—Pero en la despensa la sal está a la izquierda, y esto lo ha sacado de la izquierda.

—¿Cómo sabes lo que hay a la izquierda?

—Porque anoche me tocó ordenar la despensa.

—Fernando, anoche te encerraron en la despensa.

—Fue un reconocimiento del terreno.

—Prueba un poco —dijo Elara, tendiéndole una cucharilla.

—Confía en mí.

—No confío en ti ni para atarme los zapatos.

—Es sal —repitió él, con firmeza y una pizca de orgullo herido—. Soy ingeniero.

—Eres un ex ingeniero —precisó ella—. Te despidieron.

—Eso fue un malentendido.

—Tres.

—Fueron tres malentendidos.

Elara estaba a punto de insistir cuando sonó el temporizador del horno, y ella se giró para sacar una bandeja de pan. Fue un segundo, tal vez dos. Pero fueron los dos segundos más caros de la historia gastronómica de Los Girasoles.

Fernando, resuelto, abrió el frasco y vació en la olla una cantidad generosa de ese polvo blanco y dulce. Removió con una cuchara de madera, dio un golpecito de aprobación al borde de la olla y apagó el fuego.



#2280 en Novela romántica
#653 en Otros
#293 en Humor

En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.