La lista llegó a las nueve de la mañana, escrita con la caligrafía impecable de Jackson, en dos copias idénticas.
-Una para cada uno -explicó Margaret, entregándolas con solemnidad, como quien reparte mapas de un tesoro-. Mañana hay noche de bingo y no tenemos nada para la merienda. Necesitamos reponer la despensa.
Elara leyó la suya. Fernando leyó la suya. Las dos decían exactamente lo mismo:
*1. Leche (dos litros). 2. Pan de molde. 3. Mermelada de fresa. 4. Galletas de mantequilla Dorada (una caja grande). 5. Papel higiénico.*
-¿Por qué nos mandan a los dos? -preguntó Fernando.
-Porque la compra es pesada -respondió Jackson, con aire distraído.
-Entonces ¿por qué dos listas iguales?
-Para que no se les olvide nada.
-¿Y por qué no vamos juntos?
-Porque son más rápidos por separado -dijo Margaret, con tanta dignidad que habría convencido a un tribunal supremo-. Tú vas al supermercado de la avenida y tú, querida, al de la plaza. Así se reparten las tareas.
Elara y Fernando se miraron con idéntica sospecha.
-¿Y si compramos lo mismo?
-Entonces tendremos el doble -dijo Jackson-. Nunca está de más.
-Dos cajas de galletas -murmuró Elara.
-Y tres kilos de papel higiénico -murmuró Fernando.
-Mejor sobra que falta, jóvenes -sentenció Margaret.
Con un suspiro, tomaron las listas, el dinero que Jackson les ofreció en un sobre y se dirigieron cada uno a su destino. Ninguno de los dos se dio cuenta de que los ancianos, al verlos partir, se miraron con una sonrisa que habría helado la sangre de un general.
-Operación Galleta en marcha -susurró Margaret.
-¿Seguro que están todas?
-Compré cuarenta y tres cajas ayer por la tarde. Las tengo escondidas en el armario del cuarto de la plancha.
-¿Y en el supermercado?
-Una. La última.
-Eres un genio del mal, querida.
-Gracias. He tenido un buen profesor.
Lo que los ancianos no habían previsto era que, en el último momento, la directora Remedios les pediría a los dos jóvenes que se llevaran a Quijote.
-Necesita pasear -dijo, entregando a Elara una correa roja-. Lleva toda la mañana mordiendo las patas de las sillas.
-Pero en los supermercados no admiten perros.
-Pues que se quede en el coche.
-Yo voy en autobús.
-Entonces atado a la puerta.
-Remedios, es un pug. Se asfixia con el calor.
La directora lo pensó un segundo.
-Margaret tiene un chaleco de perro de asistencia. Lo usó una vez para entrar a un teatro.
-¿Es legal?
-No he preguntado.
Así fue como, a las diez y cuarto, Elara llegó a la puerta del supermercado «El Ahorro Feliz» con un pug redondo, vestido con un chaleco azul que decía en letras blancas «PERRO DE SERVICIO EMOCIONAL. NO ACARICIAR», y una expresión de solemnidad tan absoluta que los guardias de seguridad se hicieron a un lado sin atreverse a preguntar.
-Qué bien se porta -murmuró Elara, impresionada.
Quijote levantó la nariz con orgullo, como quien tiene un trabajo serio y lo sabe.
Hicieron juntos las tres primeras secciones sin incidentes. Elara metió en el carrito dos litros de leche, un pan de molde y la mermelada de fresa, mientras el pug trotaba a su lado con una compostura de embajador. Una señora con un gorro de lana se detuvo a admirarlo.
-Qué perro tan elegante.
-Es un profesional -respondió Elara, con la sonrisa orgullosa de quien presume de un hijo.
-Qué tierno. ¿Para qué es de servicio?
-Es... -Elara miró al pug, que le devolvió la mirada con una neutralidad inquietante-. Emocional.
-Qué maravilla. ¿Y qué emociones atiende?
-Todas. Sobre todo la rabia.
La señora asintió, comprensiva, y siguió su camino.
Mientras tanto, en el supermercado de la avenida, Fernando no estaba teniendo tanta suerte.
Llevaba veinte minutos dando vueltas por los pasillos con un carrito de ruedas rebeldes, que se empeñaba en girar a la izquierda cada vez que él lo empujaba hacia delante. Había comprado la leche, el pan y el papel higiénico, esa torre de rollos tan voluminosa que apenas le dejaba ver el camino. Pero la mermelada de fresa no aparecía por ninguna parte, y las galletas... las galletas eran su misión.
-Disculpe -le preguntó a una dependienta de cabello rosa-. ¿Dónde están las galletas Dorada?
-Pasillo siete.
-¿Y la mermelada?
-Pasillo cuatro.
-Gracias.
Caminó hasta el pasillo siete con la dignidad de quien sigue las instrucciones de un oráculo. Allí, en un estante repleto de paquetes, cajas y latas de colores, encontró por fin el cartel: «Galletas de mantequilla Dorada. Oferta del día».
Debajo había un único hueco vacío.
-No -murmuró.
Giró la cabeza a un lado, luego al otro. Los estantes estaban desiertos. Los de las galletas de chocolate, de coco, de avena, de vainilla... todos llenos. Solo faltaba la Dorada.
-Disculpe -le dijo a un chico que reponía mercancía-. ¿Las galletas Dorada?
-Se acabaron esta mañana.
-¿Todas?
-Sí. Vino una señora con tres carros y se las llevó.
-Pero necesito una caja.
-Queda una en la sección de ofertas, al fondo del supermercado.
-¿Una?
-La última.
-Perfecto -dijo Fernando, avanzando con el carrito y un brillo de determinación en los ojos-. Esa es mía.
Cuando Elara llegó al final del pasillo seis, tras haber superado con éxito la zona de los cereales, el rincón de las conservas y el departamento de congelados, se detuvo en seco.
Allí, sobre una balda aislada, rodeada de carteles de «Oferta» y de un pequeño montón de globos amarillos, reposaba una única caja de galletas de mantequilla Dorada. Brillaba bajo la luz de los fluorescentes como un tesoro sagrado, con un envoltorio dorado que parecía dibujado por ángeles.
-Ahí estás -susurró.
Quijote la miró y, por un instante, pareció que el pug también sonreía.