Proyecto cupido.

Capítulo 8: Noche de bingo.

El bingo de los jueves era sagrado en Los Girasoles.

Era el único evento semanal en el que la directora Remedios permitía el uso de micrófono, el único en que Don Anselmo aceptaba aparcar el andador y el único en que Doña Pura admitía abiertamente que hacía trampas. Había una Copa de la Eterna Juventud, un trofeo de latón con una figura de bailarina medio desconchada, que pasaba cada semana de una mesa a otra con el orgullo de una corona real.

Esa noche, sin embargo, el bingo tenía algo distinto. Lo notó Elara en cuanto entró al comedor, convertido en sala de juegos con guirnaldas de papel, luces de colores y una mesa de premios cubierta por un mantel de lunares.

—Hay equipos —dijo, mirando el cartel clavado en la pared.

—¿Equipos? —preguntó Fernando, que llegaba detrás con una bandeja de vasos de limonada.

—Mixtos. Por parejas.

—¿Y quién los ha hecho?

Los dos alzaron la vista al mismo tiempo hacia el fondo del salón. Allí, sentados junto a la mesa de las fichas, Margaret y Jackson les saludaron con la mano, con tanta inocencia que hasta Quijote, a sus pies, bajó la mirada para no delatarse.

—Ni hablar —dijo Elara.

—Ni de broma —dijo Fernando.

Pero el cartel era claro, escrito con caligrafía de profesor: «Equipo 7: Elara Montenegro y Fernando Whitmore. Nombre del equipo: Los Girasoles Rebeldes».

—¿Rebeldes? —murmuró ella.

—Es un nombre digno.

—Es una amenaza.

—Podría ser peor.

—No veo cómo.

—Podría ser «Los Enamorados».

Elara le lanzó una mirada fulminante, y él levantó las manos con una sonrisa inocente que no logró convencer a nadie.

A las siete en punto, la directora Remedios subió a la tarima con un micrófono que chirriaba como un gato atropellado.

—Bienvenidos, queridos residentes —dijo, con una solemnidad de ceremonia olímpica—. Esta noche competirán diez equipos por la gloria eterna de la Copa de la Eterna Juventud. Recuerden las normas: nada de trampas, nada de gritos, nada de amenazas y nada de sobornos con chocolate.

Doña Pura, desde la primera fila, ocultó con disimulo una bolsita de bombones dentro del bolso.

—Y quiero recordarles que el año pasado tuvimos un incidente con un cartón falsificado.

—Fue un malentendido —murmuró Don Anselmo.

—Era un cartón pintado a mano.

—Con mucho talento artístico.

—Lo van a revisar todo —sentenció Remedios—. Cada cartón. Cada ficha. Cada bolsillo.

Se produjo un murmullo de indignación.

—¿Cada bolsillo? —preguntó Eulalia, ofendida.

—Cada bolsillo, Eulalia. Incluido el del camisón.

—Eso es un atentado contra mi intimidad.

—Es un atentado contra las trampas.

—Pues me retiro.

—No se retira nadie. Vamos a jugar.

Y con un golpe de campana, se dio inicio al bingo.

Los Girasoles Rebeldes se sentaron en la mesa siete, en una esquina del comedor, con un cartón compartido, un montón de fichas de colores y una tensión que se habría podido cortar con un cuchillo.

—Tú marcas los números pares —dijo Elara.

—¿Y los impares?

—Yo.

—¿Por qué yo los pares?

—Porque necesitas una responsabilidad pequeña.

—Qué amable.

—Es mi naturaleza.

—Estás empezando a repetirte.

—Y tú a molestarme.

—Número diecisiete —anunció la voz de Remedios—. Uno y siete.

Fernando marcó la ficha con una sonrisa de triunfo. Elara le dio un manotazo.

—Es impar.

—Ah.

—Tienes un problema grave con las matemáticas.

—Soy ingeniero.

—Eras ingeniero.

—Lo sigo siendo en espíritu.

—Número cuarenta y tres. Cuatro y tres.

—¡Ese es mío! —gritó Elara, marcando con un golpe seco.

—Es impar —dijo Fernando.

—Lo sé. Por eso es mío.

—Pero tú dijiste que…

—Que yo marco los impares. Y los números que yo quiera.

—Eso es una dictadura.

—Es una democracia con liderazgo firme.

En la mesa de al lado, Margaret y Jackson observaban la escena con una expresión de profunda satisfacción. Frente a ellos, en lugar de un cartón de bingo, tenían un cuaderno, un lápiz y una pequeña bolsa de terciopelo que Margaret había sacado del bolso con una disimulada solemnidad.

—¿Está todo preparado? —susurró Jackson.

—Todo.

—¿Los números?

—Controlados.

—¿La directora?

—Distraída. Le dije que Doña Pura tenía un cartón sospechoso.

—¿Y lo tiene?

—Siempre.

—Entonces estamos a salvo.

Margaret abrió la bolsa y, con la delicadeza de un joyero, extrajo una bolita de madera con un número escrito en tinta negra.

—Cuarenta y siete —murmuró.

—¿Y por qué ese?

—Porque está en el cartón de los chicos. Y es el que necesitan para estar a punto de ganar.

—Pero ese número no ha salido.

—Todavía —dijo ella, con una sonrisa traviesa.

Y con un movimiento tan hábil que Jackson tardó en percibirlo, deslizó la bolita al fondo del bombo.

—Querida —dijo él, con admiración—. Eres una criminal.

—Gracias.

Debajo de la mesa, Quijote lamió una de las fichas caídas, con aire de superioridad moral.

El juego avanzó entre gritos, apuestas, discusiones de las abuelas y la voz cada vez más cansada de la directora. Los Girasoles Rebeldes marcaban números con una eficacia sospechosa, a pesar de las constantes peleas.

—¡Ese lo marqué yo!

—¡Ese era mío!

—¡Estás marcando mi casilla!

—¡Es nuestra casilla!

—¡No es lo mismo!

—¡Número treinta y uno! —anunció Remedios.

Los dos se quedaron inmóviles, mirando el cartón.

—Tenemos el treinta y uno —murmuró Fernando.

—Y el veintidós.

—Y el cuarenta y siete, si sale.

—Nos falta uno para línea.

—Nos falta uno para bingo.

—Eso es imposible. No es posible que lleguemos tan rápido.

—Quizá tenemos suerte.

—Quizá nos ayudan.

Los dos miraron a la mesa de los abuelos. Margaret y Jackson, con la compostura de dos monjes en meditación, estudiaban la libreta con una concentración artificial.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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