Proyecto cupido.

Capítulo 9: La lluvia.

El pronóstico del tiempo había dicho «soleado con algunas nubes aisladas». Don Anselmo, que desconfiaba de la ciencia desde que un meteorólogo le arruinó un picnic en 1983, había dicho «lloverá a las cuatro». Eran las cuatro menos diez cuando Elara, de rodillas en el jardín con un pincel en la mano, levantó la vista y vio una nube negra del tamaño de un camión de mudanzas posarse sobre el tejado de Los Girasoles.

-No -murmuró.

-¿Qué pasa? -preguntó Fernando, que pintaba un girasol a su lado con la lengua entre los dientes.

-Mira arriba.

Él miró. En ese preciso instante, un trueno sacudió el cielo con la elegancia de una tuba desafinada.

-Ah.

-El cartel.

-Es la tercera vez que repintamos esa cosa.

-Y el domingo llega la inspección.

-Y la pintura aún está fresca.

-Y esto es agua.

-Y el agua es agua.

-¡Fernando!

-¡Ya sé, ya sé! ¡Hay que cubrirlo!

Los dos se levantaron de un salto y echaron a correr hacia la casa. El cartel, apoyado en los caballetes del centro del jardín, brillaba con sus letras amarillas recién pintadas y sus girasoles temblorosos, ajeno al desastre que se avecinaba.

-Necesitamos un plástico -jadeó Elara.

-O una lona.

-O un techo.

-Un techo no.

Irrumpieron en el cuarto de las herramientas, un cubículo oscuro lleno de escobas, cubos y una bicicleta sin ruedas que nadie recordaba por qué estaba allí. Revolvieron entre las cajas, abrieron los armarios, levantaron las mantas.

-No hay nada.

-Aquí había una lona. Yo la vi el martes.

-Pues ya no está.

-¿Quién se lleva una lona?

-Alguien que quiere que nos mojemos.

Se miraron con la misma sospecha. Una gota gorda, redonda, golpeó el cristal de la ventana, seguida de otra, y de otra, hasta que el repiqueteo se convirtió en un aplauso salvaje.

-Ya está -dijo Elara-. Ya llueve.

-Corre. Un paraguas.

-Solo hay uno.

-¿Cómo que solo hay uno?

-En la entrada. Un paraguas gigante, negro, con mango de madera. Es el de Jackson.

-¿Y los demás?

-Han desaparecido. Todos.

Fernando soltó un gemido.

-Esto es obra de ellos.

-Evidentemente.

-Pero no tenemos tiempo para discutirlo.

-Ni para vengarnos.

-Todavía.

Salieron del cuarto en estampida. En el vestíbulo, apoyado contra la pared con una dignidad insultante, esperaba el paraguas negro, enorme, de la altura de un hombre. Fernando lo agarró, lo abrió con un chasquido seco y los dos corrieron hacia el jardín.

Mientras tanto, en el salón, tras los ventanales cubiertos de gotas, se había formado un improvisado palco de honor. Margaret y Jackson ocupaban dos sillones de primera fila. Junto a ellos, Doña Pura, Don Anselmo y Eulalia habían arrastrado sus sillas con entusiasmo de espectadores de teatro. Alguien había traído una bandeja de galletas Dorada, otro una jarra de limonada, y Quijote, subido a un cojín, vigilaba la escena con los ojos entrecerrados y un pequeño impermeable amarillo que Margaret le había abrochado sin el menor remordimiento.

-Doy cinco galletas a que se caen en el barro -dijo Don Anselmo.

-Yo, siete a que se pelean por el paraguas -replicó Doña Pura.

-Yo apuesto a que se acercan tanto que se les cruzan las miradas -dijo Eulalia, con un solo ojo bien abierto.

-Eso no se puede apostar -protestó Jackson.

-¿Por qué no?

-Porque sería demasiado fácil.

-Pues entonces diez galletas a que se agarran de la mano.

-Aceptado -dijo Margaret, y lo anotó en la libreta de cuero.

-Yo pongo veinte a que se besan.

Todos se giraron hacia ella.

-Margaret.

-¿Qué? Soy optimista.

-Es la fase uno -le recordó Jackson, en voz baja-. Los besos son para la fase cinco.

-Lo sé. Pero me gustaría ganar una apuesta.

-Aceptada -dijo Don Anselmo-. Veinte galletas contra el beso.

-Nadie va a besar a nadie -dijo Eulalia.

-Eso dices tú, que no ves -replicó Doña Pura.

-Veo más de lo que crees.

-¡Callen! -ordenó Margaret, levantando una mano-. Ya salen.

Todos se pegaron al cristal.

En el jardín, la lluvia había convertido el césped en una masa de barro resbaladizo. Elara y Fernando atravesaron el sendero bajo el paraguas, con pasos rápidos y desiguales, mientras el viento intentaba arrebatárselo de las manos.

-¡Sujeta bien!

-¡Lo estoy sujetando!

-¡Pues sujétalo más!

-¡Es un paraguas para una persona!

-¡Pues acércate!

-¡Si me acerco más, vamos a ser siameses!

-¡Es eso o mojarte!

Elara apretó los dientes y se pegó a su costado. Sus hombros chocaron. Sus brazos se rozaron. Fernando, que sostenía el mango, tuvo que doblar el codo para evitar golpearle la cara, y el resultado fue que quedaron los dos casi abrazados, con las cabezas juntas bajo la sombra negra del paraguas.

-Me pisas -murmuró ella.

-Tú me pisas más.

-Es que no cabemos.

-Cabemos. Solo hay que coordinar los pasos.

-¿Coordinar?

-Uno, dos, uno, dos.

-Esto es ridículo.

-Es táctica.

-Es una danza de apareamiento.

-No digas eso.

-¿Por qué no?

-Porque me pones nervioso.

-¿Te pongo nervioso?

-Con el barro, quiero decir.

-Ah.

-Con el barro y el viento.

-Claro.

Avanzaron en un silencio incómodo, cojeando al unísono, hasta que llegaron junto al cartel. La lluvia golpeaba el tablero con un ritmo sordo, y las letras amarillas, todavía frescas, empezaban a chorrear por los bordes.

-¡Está goteando!

-¡Cúbrelo, cúbrelo!

-¡No podemos cubrirlo con el paraguas! ¡Es demasiado pequeño!

-¡Pues lo cargamos!

-¡Pesa como un elefante!

-¡Lo hicimos nosotros, podemos llevarlo!

-¡Lo hicimos entre diez ancianos!

-¡Entonces ayúdame!

Fernando agarró el cartel por un extremo. Elara, por el otro. Con el paraguas colgando de la muñeca de él, que tapaba medio tablero y ninguno de los dos, empezaron a arrastrar la obra hacia la puerta del cobertizo, treinta metros más allá, en una procesión lenta y torpe.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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