Proyecto cupido.

Capítulo 10: Casa de cristal.

A la mañana siguiente, Elara llegó a Los Girasoles con una bolsa de papel bajo el brazo y una decisión firme: devolver la chaqueta con la mayor frialdad profesional.

La había lavado. La había secado. La había planchado, aunque no sabría explicar por qué. Y la había doblado con tanto cuidado que parecía un regalo de cumpleaños, algo que ella se negó rotundamente a analizar durante el trayecto en autobús.

—Es solo una chaqueta —murmuró al cruzar el portón—. Es una prenda. De tela. Sin significado.

Quijote, que esperaba en el porche con su impermeable amarillo todavía puesto (nadie había logrado quitárselo desde la lluvia), la miró con una ceja arrugada y soltó un resoplido que sonó sospechosamente a «claro, claro».

—No me mires así.

El pug ladeó la cabeza.

—Es una chaqueta, Quijote.

Otro resoplido, más largo.

Fernando llegó a las nueve y cuarto, lo cual en su calendario personal contaba como puntualidad británica. Cruzó el jardín con una carpeta bajo el brazo, el pelo todavía húmedo y una camisa planchada por primera vez desde que había terminado la universidad. Elara lo vio venir desde el banco y, sin pensarlo, se puso de pie.

—Buenos días.

—Buenos días —dijo él, deteniéndose a un metro de distancia—. Estás… despierta.

—Qué observador.

—Quiero decir que… —Se pasó una mano por la nuca—. Que no tienes mala cara.

—Gracias, supongo.

—De nada.

Hubo un silencio extraño, de los que pesan. Elara extendió la bolsa de papel.

—Tu chaqueta.

Fernando la tomó. Miró la bolsa, miró a Elara, y al abrirla se quedó un segundo inmóvil, con las cejas muy altas.

—Está planchada.

—Es lo mínimo.

—Huele a… —Se acercó la tela a la nariz—. A limpio. A lavanda.

—Es el suavizante que usan aquí.

—Nunca ha olido tan bien.

—Es que tú nunca lavas nada.

—Eso es un prejuicio.

—Es una estadística.

Fernando sonrió. Una sonrisa de verdad, torcida, que le llegó hasta los ojos. Elara sintió que algo se le aflojaba en el pecho y, para no dejarlo ver, se agachó a rascarle las orejas a Quijote.

—Gracias —dijo él, en voz baja.

—No hay de qué.

—No me refiero solo a la chaqueta.

—¿A qué más?

—A ayer. A lo del cartel. A no gritarme tanto.

—Te grité bastante.

—Menos de lo esperado.

—Estoy en proceso de mejora.

—Yo también.

Se quedaron mirándose, con la mañana soleada alrededor y los pájaros cantando en los árboles, en uno de esos momentos limpios que no pertenecen a nadie. Era, probablemente, el instante más pacífico que habían compartido desde que se conocieron.

Y entonces Fernando abrió la carpeta.

—He estado pensando —dijo, con el entusiasmo peligroso de quien ha dormido poco y desayunado café—. Sobre la inspección del domingo.

—¿Y?

—Y creo que podemos mejorar el funcionamiento general de Los Girasoles.

Elara frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con «funcionamiento»?

—Mira.

Sacó una hoja enorme, cubierta de flechas, círculos, cuadros y símbolos que habrían avergonzado a un arquitecto naval. En el centro, con letras mayúsculas, decía: «OPTIMIZACIÓN DE FLUJOS DE CIRCULACIÓN Y RUTAS DE ACCESO A SERVICIOS ESENCIALES».

—Es un diagrama de procesos —explicó él, con orgullo—. Lo hice anoche. Con regla.

—¿Con regla?

—Soy ingeniero. Me siento mal si no uso una.

—Eres un exingeniero.

—Soy un ingeniero con un breve receso laboral. —Señaló con el dedo una de las flechas—. Mira. El principal problema es que el salón de juegos está a catorce metros del comedor, y el comedor a nueve del baño, y el baño a veintidós de la enfermería. Una persona con andador pierde, de media, cuatro minutos diarios en desplazamientos innecesarios.

—¿Cuatro minutos?

—Cuatro minutos y doce segundos. Multiplicado por treinta residentes, eso son dos horas y siete minutos de ineficiencia diaria.

—Fernando…

—Y si reorganizamos el mobiliario, moviendo los sofás al fondo, las mesas al centro y creando un pasillo principal de ochenta centímetros, el rendimiento aumenta un dieciocho por ciento.

—¿Rendimiento?

—Sí. Rendimiento operativo.

—Son personas.

—Lo sé. Son personas con un flujo de movilidad subóptimo.

—Fernando.

—Mira el gráfico circular. El rojo es el tiempo muerto actual. El verde, el proyectado.

—Fernando, por favor.

—Y esta es la parte importante —dijo él, sin oírla, con los ojos brillantes—. Podemos hacerlo hoy mismo. Ya hablé con Don Anselmo, y dijo que le parecía bien.

Elara cerró los ojos con lentitud.

—¿Don Anselmo dijo que sí?

—Dijo «ajá» y «muy bien, hijo».

—Don Anselmo dice «ajá» y «muy bien, hijo» a todo. Una vez le dijiste que tenía una fuga de gas en el baño y respondió «muy bien, hijo».

—No lo recuerdo.

—Tampoco hubo fuga.

—Entonces estamos de acuerdo.

—¡No estamos de acuerdo en nada!

Lo que ocurrió a continuación, según la versión oficial que más tarde redactaría la directora Remedios, fue «un acto de vandalismo ergonómico planificado y ejecutado con la complicidad de dos voluntarios sin supervisión adulta».

Según Fernando, fue «una mejora estructural».

Según Elara, fue «el segundo peor error de mi vida, después de aceptar este voluntariado».

A las diez de la mañana, mientras los residentes desayunaban en el comedor, Fernando, armado con su diagrama, un metro de costurera y la ayuda entusiasta de un solo anciano (Don Anselmo, que lo seguía sin entender nada), movió los sofás del salón. Los llevó a un extremo. Arrastró las mesas al centro. Cambió de sitio los cuadros, las plantas y el televisor, y dejó un pasillo central tan despejado y tan geométrico que parecía la sala de espera de un banco suizo.

Cuando los ancianos entraron, el desconcierto fue absoluto.

—¿Dónde está mi sillón? —preguntó Doña Pura.

—Aquí, señora. —Fernando señaló un punto a tres metros de donde estaba antes—. En la zona de descanso 2-B.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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