Fernando no apareció en Los Girasoles durante tres días.
Elara contó cada uno de ellos, aunque jamás lo habría admitido bajo tortura. El primer día se dijo que era mejor así, que por fin habría paz, que ya no tendría que oír hablar de coeficientes de rendimiento ni de zonas de descanso 2-B. El segundo día repintó el cartel sola, con una dedicación sospechosa, y descubrió que sin alguien a quien insultar, el trabajo duraba la mitad y resultaba el doble de aburrido. El tercer día se sorprendió a sí misma mirando el portón cada vez que chirriaba.
—Es el viento —le dijo a Quijote.
El pug, tumbado a sus pies con el impermeable amarillo todavía puesto, soltó un resoplido que significaba, sin ningún género de dudas: «Mientes fatal».
La bolsa con la chaqueta planchada seguía en el banco del jardín. Nadie la había tocado. Elara pasaba junto a ella veinte veces al día, sin mirarla, con la dignidad forzada de quien evita un charco.
Fue la tarde del tercer día cuando Margaret, sentada en su sillón de mimbre con la libreta de cuero en el regazo, dejó caer la frase con la naturalidad de una bomba de relojería.
—Querida, mañana es nuestro aniversario.
—¿De qué?
—De boda. Cincuenta y dos años.
—¡Felicidades! —exclamó Elara, sinceramente conmovida—. ¿Van a celebrarlo?
—Eso quería comentarte. Jackson y yo habíamos reservado una mesa en La Trattoria del Gato Cojo. Es un restaurante precioso. Ahí nos comprometimos, en el cincuenta y uno.
—Qué romántico.
—Pero me temo —dijo Margaret, llevándose una mano a la frente con un gesto de teatro clásico— que a Jackson le ha dado un dolor de cabeza terrible.
—Yo no tengo… —empezó a decir Jackson, desde el sillón de al lado, y se interrumpió con un respingo, como si alguien le hubiera pisado el pie bajo la mesa—. Sí. Un dolor terrible. Horroroso. Una migraña con pulsaciones.
—Lo siento muchísimo.
—Y no queremos desperdiciar la reserva —continuó Margaret—. Es una mesa muy difícil de conseguir. Tardamos dos meses.
—Podrían ir otro día.
—Es nuestro aniversario, querida. Solo hay uno al año.
—Entonces…
—Entonces —dijo Margaret, con una sonrisa dulce—, hemos pensado que tú podrías ir en nuestro lugar.
Elara parpadeó.
—¿Yo?
—Para que la mesa no se pierda. Y para que alguien disfrute de la comida.
—Pero no puedo cenar en su cena de aniversario.
—Claro que puedes. Nos harías un favor inmenso.
—¿Sola?
—No, querida. Con alguien.
Elara se quedó muy quieta.
—¿Con quién?
—Con quien tú prefieras —dijo Jackson, mirando el techo con la expresión de un hombre que repasa mentalmente una confesión.
—¿Valentina?
—Valentina podría. O cualquier otra persona. Una persona que necesite cenar bien.
—O una persona que necesite hablar con alguien —añadió Margaret, con tono casual.
Elara entrecerró los ojos.
—Margaret.
—¿Sí, mi vida?
—No voy a cenar con Fernando.
—¿Quién ha dicho nada de Fernando?
—Usted.
—Yo he dicho «una persona».
—Pero se refería a él.
—Qué mente tan retorcida tienes.
—Me han enseñado bien.
—Pues Fernando no puede ir —dijo Jackson—. Está muy ocupado.
—Ah, ¿sí?
—Con… cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas de abogados —improvisó él, dándose cuenta, demasiado tarde, de que no tenía la menor idea de por dónde seguir.
Margaret lo salvó con una tos elegante.
—No te lo pedimos como favor personal, querida. Es un regalo. Pagamos nosotros, evidentemente. Y a las ocho en punto. Con vestido, si es posible.
—¿Vestido?
—Es un lugar elegante.
—No tengo vestido.
—Tienes un guardarropa muy decente.
—¿Cómo sabe usted lo que hay en mi armario?
Hubo un silencio brevísimo, tan breve que solo Quijote, desde el suelo, tuvo tiempo de levantar una ceja.
—Se lo dijo Valentina —respondió Margaret, sin pestañear.
—¿Conoce a Valentina?
—Es encantadora. Hablamos por teléfono.
—¿Cómo tienen su número?
—Elara —dijo Jackson, con voz tierna—, ¿vas a decir que no a dos ancianos en su aniversario?
Y esa fue la frase con la que, a las ocho menos cuarto de la tarde siguiente, Elara Montenegro se encontró frente a la puerta de La Trattoria del Gato Cojo con un vestido verde botella que no se ponía desde la boda de su prima, unos tacones que le rozaban el talón derecho y un presentimiento tan grande que casi le impedía respirar.
A esa misma hora, a doscientos metros de distancia, Fernando Whitmore estaba en su casa de cristal, intentando anudarse una corbata por cuarta vez.
—Tiene que haber una forma —murmuró, frente al espejo.
El teléfono sonó. En la pantalla, una palabra: «Abuelo».
—Dime.
—¿Estás listo, hijo?
—Para qué, abuelo. No tengo ni idea de qué estoy haciendo.
—Para cenar en La Trattoria del Gato Cojo. A las ocho. Te lo dije ayer.
—Me dijiste que era tu aniversario y que tenías migraña y que no podías ir.
—Exacto. Y que alguien tiene que ocupar la mesa.
—¿Yo?
—Eres mi nieto favorito.
—Soy tu único nieto.
—Y por eso el favorito. ¿Tienes corbata?
—Estoy peleándome con ella.
—Tienes que hacer el nudo Windsor.
—No sé hacer el Windsor.
—Es un nudo simple. Lo importante es la paciencia y un buen espejo.
—Abuelo, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Con quién voy a cenar?
Se oyó un carraspeo.
—Con… con quien llegue primero.
—¿Qué significa eso?
—Que la mesa es para dos.
—¿Y quién es el otro?
—Una persona muy simpática.
—Abuelo.
—Una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Pues esta te gustará.
Colgó, y Fernando se quedó mirando el teléfono con los ojos muy abiertos y una sensación de pánico creciente.
—Es una trampa —murmuró.
Por supuesto que lo era. Lo había sabido desde el segundo exacto en que su abuelo dijo «mesa». Pero también sabía que si no iba, su abuela se lo recordaría el resto de su vida, con una melancolía tan bien interpretada que hasta él acabaría pidiendo perdón. Y, además, hacía tres días que no veía a nadie, no tenía trabajo, no tenía dinero y había comido pizza fría a las siete. Un restaurante italiano, aunque fuera una trampa, no sonaba tan mal.