A la mañana siguiente, Elara despertó con una canción de violín trágico atascada en la cabeza, una copa de vino reserva del noventa y ocho todavía flotando en su memoria y una nota pegada con cinta adhesiva en la puerta de su habitación. La había escrito Valentina, con letra gigante y ocho signos de exclamación:
*«¡¡¡CUÉNTAMELO TODO!!! Y no me digas que fue «solo una cena». Te vi la cara en el espejo cuando te fuiste. P.D.: ese vestido te hace un cuerpazo.»*
—Qué pesada —murmuró Elara, sonriendo contra su voluntad.
Llegó a Los Girasoles con una decisión tomada: ignorar por completo la cena, los prismáticos que seguramente habían usado los abuelos y cualquier mención del gato de porcelana. Una mujer madura, pensó, sabe dejar el pasado en el pasado.
—Buenos días, querida —la saludó Margaret desde el jardín, con una sonrisa que habría derretido el polo norte—. ¿Dormiste bien?
—Muy bien.
—¿Y la cena?
—Normal.
—¿Normal?
—Normal.
—Qué bien. Me alegra que no hubiera incidentes.
—Hubo un incidente con el gato.
—¿Qué gato?
—El de porcelana.
—Ah, ese gato. —Margaret chasqueó la lengua con pesar—. Siempre tuvo mala pata.
—Se la rompieron antes.
—Entonces estaba predestinado.
—Nos cobraron doscientos euros.
—Una cifra razonable para un gato de colección. —Margaret le dio una palmadita en la mano—. No te preocupes, hija. Lo hablaremos con calma.
—¿Con calma?
—Cuando tu bolsillo se recupere.
Elara abrió la boca. Cerró la boca. Se acordó de su decisión de ser una mujer madura, y se fue a buscar un pincel antes de decir algo de lo que se arrepintiera.
Fernando llegó a las diez menos cinco, con ojeras profundas y una camiseta sorprendentemente limpia. Saludó con un cabeceo, Elara respondió con otro, y los dos pasaron la primera hora fingiendo que no se miraban, lo cual, dado que trabajaban a un metro de distancia, requería un esfuerzo físico considerable.
—¿Tienes sed? —preguntó él, de pronto.
—¿Por qué?
—Voy a por agua.
—Ah. No. Gracias.
—Vale.
—Aunque… ya que vas.
—Ajá.
—Un vaso.
—Claro.
Fernando se alejó con paso orgulloso. Elara se quedó mirando el pincel con una sonrisa tonta. A tres metros, entre los arbustos, un pug con impermeable amarillo anotaba mentalmente el progreso.
El incidente comenzó a las once y diecisiete.
Jackson, sentado en su banco favorito, tomaba el sol con un libro de poesía sobre las rodillas y una expresión de profunda paz. Llevaba su pajarita de lunares, su bastón sobre el regazo y, en el bolsillo de la chaqueta, un pequeño estuche de plástico transparente donde guardaba su dentadura postiza durante las siestas.
Fue exactamente en ese instante cuando una sombra blanca y peluda saltó la valla del jardín.
Era un gato enorme, de pelaje largo y cola esponjosa, con una expresión de superioridad aristocrática. Se llamaba Napoleón, pertenecía a la señora Rosario, la vecina del número cuatro, y tenía una mala fama que se extendía por tres calles a la redonda: robaba calcetines, desafiaba a los perros y había derribado, en cinco años, doce macetas, dos antenas de televisión y una bicicleta.
Aterrizó sin hacer ruido junto al banco. Miró a Jackson. Miró el estuche. Y, con la precisión de un ladrón de joyas, estiró una pata, atrapó el bolsillo, lo rasgó con una uña y se llevó el estuche entre los dientes.
—¡Eh! —exclamó Jackson.
El gato saltó de nuevo la valla.
—¡Mi dentadura! ¡Es mi dentadura! ¡Detengan a ese felino!
Elara y Fernando oyeron el grito desde el otro extremo del jardín y, por una vez en su vida, reaccionaron exactamente al mismo tiempo. Soltaron el pincel y el vaso, se miraron un segundo y echaron a correr.
—¿Qué pasa? —gritó ella.
—¡Un gato! ¡Se llevó la dentadura de mi abuelo!
—¿Cómo que se llevó la dentadura?
—¡No lo sé! ¡Ha dicho «felino»!
—¡Pues vamos!
La puerta del jardín, que no se cerraba bien desde la llegada de Fernando, se abrió de una patada. Los dos salieron a la calle y vieron al gato, a cincuenta metros, trotando con la cola alta y el estuche brillando entre sus dientes como un trofeo.
—¡Napoleón! —gritó una voz aguda desde una ventana—. ¡Napoleón, mi vida, no hagas eso!
—¡Señora Rosario! —gritó Elara—. ¡Su gato se ha llevado una dentadura!
—¡Es un artista, ya lo sé!
—¡No es un artista, es un ladrón!
—¡Pues lo adoro igual!
—¡Genial! —dijo Fernando, corriendo—. ¡Muy útil!
Tras ellos, con un impermeable amarillo y las orejas al viento, Quijote salió disparado como una bala. Su ladrido de guerra retumbó por toda la calle.
La persecución del gato Napoleón figura, junto a la Gran Carrera del Cartel, entre las leyendas más honorables de la historia de Los Girasoles. Los vecinos todavía la recuerdan, con distintos grados de exageración.
El gato torció a la derecha, dobló por una esquina y se coló entre dos coches aparcados. Fernando, que iba detrás, intentó seguirlo por el mismo hueco y quedó atascado entre los parachoques con el cuerpo medio fuera.
—¡Ayuda!
—¡Cómo vas a atascarte!
—¡Soy más ancho de lo que pensaba!
—¡Pues respira hondo!
—¡Estoy respirando!
—¡Pues respira menos!
Elara lo agarró por el cinturón y tiró de él con todas sus fuerzas. Fernando salió disparado hacia atrás, con un sonido de descorche, y los dos cayeron sentados sobre la acera.
—Gracias.
—No hay de qué. ¡Corre!
Retomaron la carrera. El gato, ya a una manzana de distancia, saltó sobre un muro, y desde allí, a una azotea, a un toldo y a un árbol, con la agilidad de quien lleva toda la vida preparándose para una fuga.
—Tenemos que coordinarnos —jadeó Fernando.
—¿Cómo?
—Tú por la izquierda, yo por la derecha. Lo cercamos.
—¿Y si se escapa por el medio?
—No lo hará.
—Nos lo dices con mucha confianza.