Proyecto cupido.

Capítulo 13: Clases de baile.

Los viernes por la tarde, Los Girasoles se convertía en una academia de baile.

La idea había sido de Eulalia, que en 1962 ganó un concurso de rumba en Cartagena y desde entonces consideraba que el mundo estaba lleno de gente con las caderas oxidadas. Cada viernes a las cuatro, el salón se despejaba, alguien arrastraba hasta el rincón un tocadiscos con la aguja torcida, y una profesora contratada por la directora llegaba con un maletín de partituras y la paciencia justa para sobrevivir hasta las seis.

Esa tarde, la profesora tenía gripe.

-No puede ser -dijo Remedios, con el teléfono en la mano y los ojos cerrados-. Otra baja.

-Es el otoño -dijo Don Anselmo, con solemnidad-. Lo he leído en una revista.

-Es la cuarta esta semana. Doña Chela, la profesora de baile, el electricista y el chico del agua. Este sitio está gafado.

-Lo que está es sin profesora -observó Eulalia, con un tono demasiado inocente-. Qué pena. Con lo bien que iba a ir el baile de despedida.

-¿Qué baile de despedida?

-El del domingo. Para la inspección.

-No hay ningún baile el domingo.

-Lo habrá -dijo Margaret, desde su sillón de mimbre, con una sonrisa serena-. Eulalia y yo hemos pensado que sería una forma muy bonita de demostrarle al inspector la vitalidad de nuestra residencia.

-¿Vitalidad?

-Y un toque de alegría.

-Y un buen espectáculo -añadió Jackson.

-Y ya que no hay profesora -prosiguió Margaret, sin dar tiempo a protestar-, qué mejor que la gente joven para enseñarnos. Elara y Fernando bailan muy bien.

-¿Bailan? -repitió la directora.

-Estoy segura.

-¿Los has visto bailar alguna vez?

-Una intuición.

Remedios la miró en silencio. Después giró lentamente la cabeza hacia el fondo del salón, donde los dos jóvenes colgaban una guirnalda de papel sin hablarse, concentrados en no cruzar ni la mirada.

-Ni hablar -murmuró-. Esos dos no pueden ni cruzar un pasillo sin destruir algo.

-Precisamente por eso -replicó Margaret-. Nadie conoce mejor los obstáculos que quienes los provocan.

-Eso no tiene sentido.

-Tiene todo el sentido del mundo.

La directora se frotó las sienes. Había aprendido, en las últimas semanas, que cuando Margaret decía «una intuición» lo más sensato era rendirse antes de que empezara la guerra.

-Está bien -suspiró-. Pero con supervisión.

-Por supuesto.

-Y sin cartón, sin bombo, sin perro.

-¿Sin perro? -dijo Jackson-. Pero es el DJ.

-¿El qué?

-Quijote maneja el tocadiscos. Tiene un talento natural.

Todos miraron al pug, sentado junto al aparato con una pata sobre el brazo del tocadiscos y una expresión de absoluta profesionalidad. Llevaba el impermeable amarillo y, por alguna razón que nadie se atrevió a investigar, una pajarita de lunares idéntica a la de Jackson.

-Esto no es normal -dijo Remedios.

-Tampoco lo es la edad media de los alumnos -replicó Margaret-. Y aquí estamos.

Lo que ni Elara ni Fernando sospecharon, hasta que fue demasiado tarde, es que Margaret ya se había torcido el tobillo.

Lo había hecho esa misma mañana, de forma tan convincente que hasta ella estuvo a punto de creérselo. Bajó las escaleras del porche con un grito dramático, rodó medio peldaño, aterrizó sobre una alfombra con la gracia de una bailarina de ópera y se quedó tumbada, con una mano en el pecho y la otra en el tobillo, gimiendo con la voz de una heroína trágica.

-¡Mi pie! ¡Mi pierna! ¡Mi tobillo derecho!

-¡Margaret! -gritó Jackson, corriendo hacia ella con una celeridad que no demostraba desde 1998-. ¡Querida, estás herida!

-Es el final.

-No digas eso.

-Siento que se me corta la circulación.

-¡Es un tobillo!

-Es el comienzo del fin, Jackson.

Ahora, varias horas después, la anciana ocupaba un sillón en primera fila, con el pie derecho elevado sobre un cojín, un vendaje blanco que le había hecho la enfermera sin ningún entusiasmo y una taza de té humeante en la mano. Tenía el rostro de una mártir y la mirada de quien disfruta con la situación.

-No puedo bailar -dijo, con un suspiro lastimero-. Por eso necesito que alguien me sustituya.

-¿Sustituirte? -preguntó Elara, aún con la guirnalda en las manos.

-Hoy tocaba la lección de vals. Había preparado una demostración con Jackson. Pero con este tobillo...

-Yo puedo bailar contigo -dijo Jackson, solícito.

-Querido, tú tienes mala la rodilla.

-Solo un poco.

-Y si Quijote te tira del bastón...

-¿Qué tiene que ver Quijote?

-Nada. Pero es un riesgo.

Elara y Fernando se miraron. Dos segundos. Tres. Los dos tuvieron, a la vez, el mismo presentimiento de un desastre inminente.

-No -dijo ella.

-Ni de broma -dijo él.

-Es una sustitución simple -insistió Margaret, con un tono cada vez más dulce-. Solo tienen que bailar un vals delante de todos. Quince minutos. Para que los demás aprendan.

-Yo no sé bailar vals -dijo Elara.

-Yo tampoco -dijo Fernando.

-Es muy sencillo. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.

-¿Y si nos equivocamos?

-No se equivocarán.

-¿Y si pisamos al otro?

-Entonces, querida, se disculpan.

-¿Y si lo hacemos mal?

-Entonces los demás se animarán al ver que cualquiera puede hacerlo.

-Es una estrategia muy extraña de motivación -murmuró Fernando.

-Es una pedagogía innovadora -replicó Margaret.

-Es un trampolín hacia el desastre -dijo Elara.

-Pero un desastre con música.

Eulalia, desde el fondo del salón, empezó a aplaudir con cara de entusiasmo.

-¡Que bailen! ¡Que bailen!

-¡Que bailen! -repitió Don Anselmo, golpeando el suelo con el andador.

-¡Que bailen! -se unió Doña Pura, quien, tras una semana de silencio ofendido por el incidente del bingo, había decidido volver a hablar con la humanidad-. ¡Que bailen o me quito el camisón!

-¡Pura! -gritó Remedios.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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