Proyecto cupido.

Capítulo 15: La mudanza falsa.

La noticia se dio un martes, durante el desayuno, con la solemnidad de un comunicado de guerra.

Margaret se puso de pie junto a la mesa principal, golpeó dos veces su taza con la cucharilla y esperó a que el comedor entero guardara silencio. Llevaba un vestido negro, un pañuelo de seda en el cuello y unas gafas oscuras que le daban un aire de viuda de película italiana. A su lado, Jackson sostenía un pañuelo blanco con el que se enjugaba unas lágrimas que todavía no habían llegado.

-Queridos amigos -dijo ella, con la voz quebrada-. Tenemos algo muy doloroso que anunciarles.

-¿Se ha muerto alguien? -preguntó Doña Pura.

-Todavía no.

-Qué alivio.

-Nos vamos -continuó Margaret, con un sollozo cuidadosamente ensayado-. El sábado, después de la inspección, Jackson y yo regresaremos a la Mansión Whitmore.

Un jadeo colectivo recorrió la sala. Don Anselmo dejó caer la tostada. Eulalia, que había entendido «mansión» y «vamos», rompió a llorar sin esperar más detalles. Elara, que acababa de entrar con la bandeja de los zumos, se quedó paralizada en la puerta.

-¿Cómo que se van? -preguntó.

-Es una decisión difícil, querida.

-Pero si se escaparon de allí.

-Hemos recibido una carta de la familia -explicó Jackson, extrayendo del bolsillo un sobre arrugado-. Dicen que han cambiado. Que ya no hay col rizada, ni gimnasio, ni batidos de espinacas.

-¿Y usted se lo cree?

-Es mi hijo -respondió él, con una dignidad tan trágica que a Quijote, sentado a sus pies, se le erizó el pelo del cuello-. Un padre debe creer en su hijo.

-Un padre debe sobrevivir a su hijo -murmuró Doña Pura.

-Pura -la regañó Margaret.

-Perdón. Me ha salido solo.

-Les agradecemos mucho todo lo que han hecho por nosotros -prosiguió Margaret, secándose el ojo con un gesto de gran actriz-. Hemos sido muy felices en Los Girasoles. Pero el deber familiar es el deber familiar.

Un silencio lúgubre cubrió el comedor como una manta mojada. Don Anselmo se levantó con el andador, carraspeó y, con una mano sobre el pecho, preguntó:

-¿Y su habitación?

-¿Perdón?

-Que si, una vez que se marchen, ¿quedará libre?

-¡Anselmo! -exclamó Rosita.

-Es una pregunta legítima. La suya tiene mejores vistas.

-¡Es de mala educación!

-Es de gestión inmobiliaria.

-Yo también la quiero -dijo Doña Pura, levantando la mano.

-Yo la pedí primero -replicó Eulalia, aunque nadie había entendido cuándo.

-Se hará un sorteo -intervino Remedios, que acababa de aparecer en la puerta con el rostro descompuesto-. Pero no hoy. Hoy se llora y se come.

-Se llora y se come -repitieron los ancianos, con un suspiro unánime.

Elara dejó la bandeja sobre una mesa. Notó que le temblaban las manos, y no supo por qué.

Fernando se enteró a las nueve y media.

Se lo dijo Quijote. O al menos eso le pareció, porque lo encontró en el pasillo con una maletita de cuero entre las patas, del tamaño de una caja de zapatos, con un lazo rojo atado al asa y una etiqueta que decía: «Propiedad de Q. Whitmore. Destino: Mansión».

-¿Qué es esto? -preguntó, agachándose-. ¿Te vas de viaje?

El pug lo miró con ojos de resignación infinita. Soltó un suspiro tan largo y tan triste que a Fernando se le encogió el estómago.

-¿Adónde?

Quijote empujó la maletita con el hocico. Fernando la abrió y encontró en el interior una pelota de goma roja, un hueso de juguete y una nota con la letra de su abuela: «Para el viaje de vuelta. No olvides nada».

Se levantó despacio. Sintió que la sangre le abandonaba la cara.

-No -murmuró.

Salió corriendo hacia el comedor, derribó a un auxiliar con un carrito de medicinas, esquivó por milímetros un andador, y se detuvo en el umbral con la respiración entrecortada. En la mesa principal, sus abuelos tomaban té con una serenidad conmovedora. A su alrededor, los residentes sollozaban sobre sus tostadas.

-¡Abuela! -gritó.

-Buenos días, querido -dijo Margaret, con una sonrisa desolada-. Siéntate, que vas a necesitar fuerzas.

-¿Es verdad lo de la mansión?

-Es verdad.

-¿Vais a volver?

-El sábado.

-¿Después de todo lo que os hicieron?

-Han cambiado, hijo.

-¡No han cambiado! ¡Mi padre no ha cambiado en treinta años!

-Tu padre nos ha escrito una carta preciosa.

-¡Mi padre nunca ha escrito una carta preciosa!

-Esta sí.

-¿Puedo verla?

-Está en el taxi.

-¿Qué taxi?

-El que nos recogerá el sábado.

-¿Ya lo habéis contratado?

-Con una semana de antelación -dijo Jackson, con orgullo-. Un hombre muy simpático. Con gorra. Dice que no ha visto nada.

Fernando se aferró al respaldo de una silla.

-Esto es un error.

-Es una decisión.

-Es un desastre.

-Es la vida, cariño.

-Pero... pero...

Fernando abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Le temblaba el labio inferior. Elara, a tres metros, lo observaba en silencio desde la puerta de la cocina, con una taza de café entre las manos.

-Os pido por favor que lo penséis -dijo él, con la voz más aguda de lo normal-. Un día más. Una semana. Un mes.

-No podemos, hijo.

-Os traigo galletas.

-Tenemos cuarenta y tres cajas.

-Os pinto el cartel.

-Ya lo han pintado.

-Os hago... os hago un diagrama.

Margaret arqueó una ceja.

-¿Un diagrama?

-Con pros y contras. Un análisis comparativo. Lo tengo en casa. Puedo hacerlo esta noche.

-Fernando...

-Con gráficos.

-Querido...

-En color.

Jackson, con los ojos húmedos, le puso una mano en el hombro.

-Hijo, es muy tierno que te preocupes.

-No es ternura. Es pánico.

-Lo sabemos.

-¡Entonces no os vayáis!

Pero sus abuelos solo le sonrieron con una tristeza serena, como quien ha tomado una decisión inapelable. Fernando miró a su alrededor buscando un aliado, una voz, un apoyo, y tropezó con la mirada de Elara. Ella le sostuvo la vista un segundo, con el ceño apenas fruncido, como si intentara descifrar algo.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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