Proyecto cupido.

Capítulo 16: El apagón.

El ascensor de Los Girasoles tenía capacidad para cuatro personas, un andador y una dosis considerable de fe.

Lo habían instalado en 1974, y desde entonces funcionaba con la voluntad de un mulo cansado: subía cuando quería, bajaba cuando le daba la gana y, si se le pedía el tercer piso, a veces dejaba a los pasajeros en el segundo y medio con una sacudida que Don Anselmo describía como «una mala digestión mecánica». Tenía paredes de madera, un espejo con una grieta en forma de rayo y un botón de emergencia que nadie recordaba haber pulsado nunca, porque todos sospechaban que no hacía nada.

Fernando no lo usaba jamás.

-Prefiero las escaleras -decía, cada vez que alguien le ofrecía subir con él.

-Pero son tres pisos.

-Es ejercicio.

-Son cuarenta y ocho peldaños.

-Es cardio.

-Pero con la bandeja de medicinas...

-Es equilibrio.

Elara lo había notado, pero lo había archivado entre las rarezas de Fernando, junto a lo de contar baldosas y lo de hacer diagramas para todo.

Por eso, cuando Margaret apareció el miércoles a las once de la mañana con una caja de cartón repleta de sábanas y le pidió a los dos jóvenes que la llevaran juntos al tercer piso, a Fernando se le descompuso el gesto.

-Abuela, voy por las escaleras.

-Querido, son sábanas de lino. Pesan.

-Elara las lleva en el ascensor y yo subo detrás.

-No puedo dejar que se pierdan. Van muy justas de espacio.

-¿Qué quiere decir «justas»?

-Que hay que tenerlas controladas. -Margaret le puso la caja en los brazos con una sonrisa que no admitía réplica-. Anda, sube. Que te veo muy pálido.

-No estoy pálido.

-Estás verde.

-Es la luz.

-Es el pánico -murmuró Elara, a su lado, sin mala intención.

-¿Perdón?

-Nada. Vamos.

Entraron los dos en el cubículo de madera. La puerta se cerró con un quejido. Quijote, que había aparecido de la nada con el lazo rojo todavía en el cuello, se coló entre sus piernas en el último segundo, se sentó en un rincón y soltó un resoplido de satisfacción.

-¿Qué hace él aquí? -preguntó Fernando.

-Se ha apuntado.

-No lo habíamos invitado.

-Nunca lo hacemos.

El ascensor se sacudió, gimió y empezó a subir con la lentitud de una tortuga reumática. En el espejo agrietado, el reflejo de Fernando mostraba una frente sudorosa, unos nudillos blancos sobre la caja y unos labios que se movían sin sonido.

-¿Estás rezando? -preguntó Elara.

-Estoy contando.

-¿Qué cuentas?

-Los segundos hasta el tercer piso.

-¿Cuántos son?

-Veintitrés.

-Es poco.

-Es una eternidad.

-Ya veo.

Llevaban catorce segundos de trayecto cuando la luz parpadeó.

-No -susurró Fernando.

-Es un fallo normal.

-No es normal.

-Siempre lo hace.

La luz parpadeó de nuevo. Una vez. Dos. Tres. Y a la cuarta, con un chasquido tan elegante que parecía ensayado, se apagó del todo.

El ascensor se detuvo con una sacudida brutal. Se oyó un golpe metálico, un zumbido moribundo y, a continuación, un silencio que pesaba toneladas.

Oscuridad completa.

Lo primero que escuchó Elara fue la respiración de Fernando, rápida y entrecortada, como la de un hombre al que persigue un oso.

Lo segundo fue su propio corazón, que latía con tanta fuerza que le pareció que podía oírse desde el sótano.

-Bien -dijo, con una voz que casi sonó tranquila-. Ya está. Se ha ido la luz.

-Estamos atrapados.

-Estamos esperando.

-Estamos atrapados en una caja de madera.

-Una caja de madera con vistas al descansillo del segundo y medio.

-Elara.

-¿Qué?

-No puedo respirar.

-Estás respirando. Lo estoy oyendo.

-No lo hago bien.

-Lo haces demasiado rápido. Respira más despacio.

-No puedo.

-Hazlo.

-No me sale.

-Fernando, inhala por la nariz. Cuenta hasta cuatro.

-Uno.

-Dos.

-Tres...

-¡Cuatro! No te saltes el cuatro.

-¡Es que me estoy muriendo!

-No te estás muriendo. Es un ascensor. A lo sumo, es una anécdota.

-¡Es mi peor pesadilla!

-¿Los ascensores?

-Los espacios cerrados. -Soltó una risita histérica-. No se lo he dicho a nadie. Mi padre me encerró una vez en el trastero, de niño, por romper un jarrón. Cuatro horas. Creía que me iban a dejar ahí para siempre.

-Dios mío.

-Desde entonces, nada de ascensores. Nada de armarios. Nada de aviones con asientos de ventanilla.

-¿Y tu casa de cristal?

-Es tan transparente que no hay sensación de encierro. Por eso me gusta.

-Qué lógica más retorcida.

-Y a mí me funcionó.

Hubo un silencio. Elara, que había estado agarrada a la barra de madera de la pared con una mano, notó que le sudaba la palma. Intentó respirar con calma. Intentó pensar en cosas bonitas: un campo de margaritas, un helado de limón, un perro sin impermeable. Pero la oscuridad era tan densa, tan absoluta, tan viva, que cada pensamiento se disolvía al intentar formarse.

-Elara -dijo Fernando, con una voz menos asustada-. ¿Estás bien?

-Perfectamente.

-Tu voz suena rara.

-Es el eco.

-Aquí no hay eco.

-Pues es la acústica.

-Elara.

-No me gusta la oscuridad -soltó ella, de golpe, con la voz más pequeña de lo que habría querido.

-¿Perdón?

-Que no me gusta. La oscuridad. Es una tontería.

-No lo es.

-Tengo veintidós años y todavía duermo con una lamparita encendida.

-Mi tía abuela tiene ochenta y duerme con un cirio.

-Eso es otra cosa.

-Es lo mismo.

-No me tranquilizas.

-Tampoco pretendía hacerlo.

Elara soltó una risa corta, temblorosa. Después, al caer en la cuenta de lo que acababa de confesar, apretó los labios.

-No se lo digas a nadie.

-Eres tú la que debería prometerlo.

-¿Yo?

-Lo de mi trastero.

-Trato hecho.

-Mano en el pecho.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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