Fernando llevaba tres días sin dormir y dos horas dibujando un diagrama de Gantt en la servilleta de un bar.
—Operación Jackson Ochenta y Uno —le explicó a Elara, el jueves a las ocho de la mañana, desplegando sobre la mesa del comedor una hoja del tamaño de una sábana—. Fase uno: decoración. Fase dos: pastel. Fase tres: entretenimiento. Fase cuatro: sorpresa final. Todo cronometrado al minuto.
—¿Por qué lo haces tan complicado?
—Porque necesito que salga perfecto.
—Es un cumpleaños, no un desembarco.
—Es el primer cumpleaños de mi abuelo que celebro con él en tres años.
Lo dijo con la vista fija en el papel, como quien deja caer algo importante en medio de una frase sin importancia. Elara dejó el café sobre la mesa.
—¿Tres años?
—Mi padre organizaba siempre una cena formal en la mansión, con discursos y un fotógrafo. Mi abuelo se pasaba la noche mirando el reloj. —Se encogió de hombros—. Esta vez quiero que se ría. Que se ría de verdad.
Elara pensó en el baúl abierto, en la caja de galletas asomando entre dos camisas, en el taxista de la gorra y en el secreto que llevaba guardado desde el martes. Sintió un pellizco de culpa tan agudo que estuvo a punto de confesarlo todo allí mismo.
—Te ayudo —dijo en cambio.
—No hace falta.
—Te ayudo.
—Ya lo tengo controlado.
—Fernando.
—Vale. Me ayudas.
Debió haberlo pensado dos veces.
El desastre empezó a las cuatro de la tarde, una hora antes de la fiesta, con la llegada del pastel.
Lo trajo un repartidor adolescente, con auriculares enormes y la cara de quien no ha dormido desde el lunes. Dejó una caja blanca sobre la mesa del comedor, pidió una firma, y se fue sin esperar propina.
—Qué maravilla —suspiró Fernando, abriendo la tapa con la reverencia de un sacerdote—. Mil hojas de chocolate, relleno de frambuesa, tres pisos, glaseado de nata y una dedicatoria personalizada que encargué hace dos semanas.
Se asomó. Se quedó muy quieto.
—¿Qué pasa? —preguntó Elara.
—Nada.
—Te has puesto pálido.
—Es la luz.
—¿Qué dice la dedicatoria?
—No dice nada.
—Déjame ver.
—No es necesario.
Elara se asomó por encima de su hombro. Sobre la superficie cremosa del pastel, en letras de chocolate negro, bellamente curvadas, se leía:
**«Q.E.P.D. JACKSON»**
—¿Q.E.P.D.? —repitió ella, con un hilo de voz.
—Que en paz descanse.
—Ya sé lo que es.
—Se han equivocado de pedido.
—Han confundido el cumpleaños con un funeral.
—Lo mío era «Feliz cumpleaños, Jackson».
—Pues han acortado.
—Tres pisos de pastel funerario.
—Con frambuesa.
Los dos se quedaron mirando la tarta en silencio, con la misma expresión de resignación que se pone ante un accidente inevitable.
—Hay que llamar a la pastelería.
—Cierran a las cuatro.
—Son las cuatro y cinco.
—Pues mala suerte.
—Elara, esto es una catástrofe.
—Es un pastel.
—Es un pastel que dice que mi abuelo ha muerto.
—Con mucho cariño.
—¡No es gracioso!
—Un poco sí.
—Un poquito.
—Pero tienes razón. Hay que solucionarlo.
—¿Cómo?
—Aún no lo sé.
Mientras tanto, en el jardín, los globos llevaban tres cuartos de hora haciendo de las suyas.
Fernando había comprado doscientos, de helio, de colores, con una botella de gas que le había costado la mitad de su sueldo atrasado. Los ancianos, entusiasmados, los habían atado a las sillas, a las barandillas, a las ramas de los árboles y, en un arrebato de entusiasmo, a un andador aparcado.
—¡Cuidado con el andador! —gritó Remedios—. ¡Va a salir volando!
—¡Está bien sujeto! —respondió Don Anselmo, desde el suelo.
—¡Eso es lo que dijo antes de que se llevara la silla de Eulalia!
—Eulalia no estaba sentada.
—Pero casi.
Con una brisa imprevista, todos los globos del jardín se agitaron a la vez. El andador se elevó treinta centímetros. Después sesenta. Después, con la dignidad de un transatlántico, se desató de la verja y echó a volar rumbo al cielo, arrastrando consigo una guirnalda de papel, tres globos de cumpleaños y, atada por un cordón, la pancarta de «Feliz cumpleaños, Jackson» que Elara había pintado con tanto cariño.
—¡NO! —gritó Fernando.
—¡Mi andador! —aulló Don Anselmo.
—¡La pancarta! —gimió Elara.
El conjunto aéreo cruzó el jardín, sobrevoló la valla, y descendió con elegancia sobre el balcón de la señora Rosario, donde un gato blanco con aires de emperador lo recibió con un pinchazo de uña digno de un ejecutor. Los globos explotaron en cadena, como una ráfaga de ametralladora festiva, y Napoleón, con una calma admirable, se llevó entre los dientes lo que quedaba de la pancarta.
—Adiós, andador —murmuró Don Anselmo, con la mano en el pecho.
—Lo recuperaremos.
—Tenía una brocha enganchada.
—Lo sé.
—Era mi mejor amigo.
—Era un andador.
—Y era mi mejor amigo.
A las cuatro y cuarenta, llegó el mago.
Se llamaba Alfonso, o al menos eso decía su tarjeta: «El Gran Alfonsini, ilusionista de renombre internacional». Era un hombre flaco, de bigote pintado y sombrero de copa, que arrastraba una maleta con ruedas y, en una jaula de mimbre, un conejo blanco con expresión de profunda desconfianza.
—¡Buenas tardes, damas y caballeros! —exclamó, abriendo los brazos con un gesto dramático—. ¡Prepárense para el espectáculo más asombroso de sus vidas!
—Es un poco pronto —dijo Fernando—. La fiesta es a las cinco.
—Un artista debe calentar.
—¿Calentar qué?
—Las manos. Y el conejo.
El conejo, desde su jaula, dirigió a Fernando una mirada que podía leerse con claridad: «Sácame de aquí».
—Está bien —suspiró él—. Pase por aquí. Y por favor, mantenga al conejo lejos del perro.
—¿Qué perro?
—Un pug. Con impermeable.
—¿Un pug con impermeable?