Proyecto cupido.

Capítulo 18: La cita a ciegas.

Fernando pasó la noche del cumpleaños mirando el techo de cristal de su casa, con el teléfono sobre el pecho y un mensaje sin responder.

*«Nora: Hola, extraño. ¿Podemos hablar?»*

Lo había leído catorce veces. Había escrito «Hola» y lo había borrado. Había escrito «¿Qué quieres?» y lo había borrado. Había escrito «Estoy ocupado» y lo había borrado con particular rapidez, porque era mentira y porque, además, tenía una pizza fría sobre el estómago y ninguna ocupación a la vista. A las cuatro de la madrugada, tras un debate interno digno de un tribunal supremo, tecleó: «Ahora no puedo. Luego te escribo». Y lo envió con los ojos cerrados.

Era una respuesta cobarde. Pero era una respuesta.

A las nueve de la mañana, se presentó en Los Girasoles con unas ojeras que parecían maquilladas.

-Buenos días, querido -lo saludó Margaret en el jardín, con una taza de té en la mano-. ¿Has dormido bien?

-Como un tronco.

-Tienes cara de haber luchado contra él.

-Es el estilo.

-Qué suerte. Te iba a pedir un favor.

Fernando levantó la vista con desconfianza. Había aprendido que cuando su abuela empezaba una frase con «te iba a pedir un favor», lo prudente era buscar la salida de emergencia más cercana.

-Dime.

-Una amiga del bridge tiene una hija muy simpática. Está sola, la pobre, desde hace meses. Y me preguntó si conocía a algún joven decente que la sacara a cenar.

-Abuela.

-Solo una cena. Esta noche. A las ocho.

-No.

-Es una cena.

-Es una cita a ciegas.

-Es una buena obra.

-Es una trampa.

-Es una cena, cariño. Con una chica que lee. Y que, según me han dicho, se ríe con facilidad.

-Abuela, yo no estoy para citas.

-¿Por qué? ¿Tienes otros planes?

-No.

-¿Estás saliendo con alguien?

-Tampoco.

-¿Entonces?

Fernando abrió la boca para contestar. En su cabeza apareció, sin permiso, una chica de coleta torcida con chocolate en la nariz. La cerró de golpe.

-Está bien -dijo-. Una cena. Pero solo una.

-Eres un ángel.

-Soy un mártir.

-Llevarás una rosa roja en la solapa, para que te reconozca. Y ella llevará un libro amarillo y un pañuelo del mismo color.

-¿Es una cita o una operación de espionaje?

-Es el romanticismo clásico.

-Es una locura.

-La palabra es «encanto».

A esa misma hora, en la cocina, Valentina hablaba por teléfono con Elara con una voz sospechosamente dulce.

-Tienes que aceptar.

-No quiero.

-Es un chico encantador.

-No lo conozco.

-Por eso se llama «cita a ciegas».

-Valentina, hoy tengo que lavar vasos, repintar un cartel y esquivar a un pug.

-Tienes que salir, Elara. Llevas semanas sin salir.

-Salí hace poco. Fui a cenar con...

-¿Con quién?

-Con nadie.

-¡Ajá!

-No hay ajá.

-Te ha delatado la voz. Ha subido una octava.

-Es el eco de la cocina.

-Elara, por favor. Mi primo conoce a un tipo. Es bibliotecario, buena persona, ama los gatos. Se llama Mateo. Os he reservado una mesa en El Mirador, a las ocho.

-¿Por qué en El Mirador?

-Porque tiene velas.

-No me gustan las velas.

-Pues unos faroles. Qué más da.

-¿Cómo lo reconoceré?

-Llevará una rosa roja en la solapa. Tú un libro amarillo y un pañuelo.

-¿Por qué amarillo?

-Porque el amarillo da suerte.

-Eso no es verdad.

-Es una superstición.

-Vale. Voy. Pero solo una cena.

-Solo una cena -dijo Valentina, y colgó con una risita tan malvada que Elara, durante unos segundos, creyó oír de fondo la voz de una anciana susurrando: «Muy bien, muy bien».

Se quedó mirando el teléfono. Después, con un presentimiento incómodo, lo dejó sobre la encimera y siguió lavando los vasos.

El Mirador era un restaurante de moda en lo alto de una colina, con terrazas escalonadas, faroles de papel y una pareja de cisnes de adorno en el estanque de la entrada. En la puerta, con la solemnidad de un cardenal, esperaba el maître. Era un hombre flaco, con el pelo engominado y una expresión de tristeza que no se curaba con nada.

-Buenas noches. ¿Reserva?

-A nombre de Valentina Ruiz -dijo Elara, con su libro amarillo en una mano y un pañuelo del mismo color anudado al cuello.

-Ah, sí. Mesa doce, junto al estanque.

-Gracias.

El maître levantó la vista. Se quedó inmóvil. Sus ojos pasaron del libro al pañuelo, del pañuelo a la cara, y una expresión de reconocimiento pavoroso le cruzó el rostro.

-¿Usted estuvo en La Trattoria del Gato Cojo?

-Eh... ¿cómo dice?

-Hace unas semanas. Con un joven. Se rompió el gato.

-Ah. Gerardo.

-Soy yo -dijo él, llevándose una mano al pecho con dramatismo-. Me despidieron tras el incidente. «Mala gestión de la catástrofe», dijeron.

-Lo siento muchísimo.

-Ahora trabajo aquí.

-Es un sitio precioso.

-No tiene gato.

-Por eso es precioso.

-Siga por aquí, por favor. Y por el amor de Dios, no deje que nadie se acerque a la pecera.

Lo siguió, preguntándose qué clase de universo conspiraba para que cada restaurante de la ciudad tuviera su historia propia con aquel maître.

Fernando llegó cinco minutos más tarde. Llevaba el traje gris, una rosa roja prendida en la solapa con un alfiler que se le clavó dos veces en el pecho, y una cara de funeral.

-Reserva a nombre de Whitmore.

-Mesa trece -dijo Gerardo, levantando la vista, y se quedó sin aliento-. Usted.

-¿Nos conocemos?

-Usted rompió el gato.

-Fue Quijote.

-Lo sé. Y aun así, lo veo en mis pesadillas.

-Lo siento.

-No lo sienta. Pase. Mesa trece. Junto al estanque.

-Gracias.

-Está al lado de la doce.

Fernando asintió, sin sospechar nada. Caminó entre las mesas con la rosa temblorosa, buscando con la mirada una chica con un libro amarillo y un pañuelo del mismo color. Y, justo cuando estaba a punto de sentarse, vio la mesa contigua.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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