La mujer del abrigo largo llegó al portón amarillo a las diez y tres minutos de la mañana, con una maleta de ruedas, unas gafas de sol que no necesitaba y un aire de elegancia tan impecable que Doña Pura, desde la ventana, soltó un silbido de admiración.
—Esa viene a por algo —sentenció.
—Esa viene a por alguien —corrigió Eulalia, que no veía nada pero lo intuía todo.
Nora Villalobos medía un metro setenta y ocho con tacones, llevaba el pelo castaño recogido en una coleta tan tensa que parecía sostenerle también el currículum, y tenía la costumbre de entrar en los sitios como quien inaugura un edificio. Empujó el portón con dos dedos enguantados. El portón chirrió. Ella lo miró con un leve reproche, como si esperase una disculpa.
—Bienvenida —dijo una voz desde lo alto de una escalera.
Nora levantó la vista. A tres metros de altura, sujeta con una mano a un travesaño y con un pincel chorreando amarillo en la otra, una joven de coleta torcida la observaba con una expresión de desconcertante amabilidad. Tenía pintura en la mejilla, otra mancha en el pelo y a sus pies, sentado con las patas cruzadas, un pug con impermeable amarillo la miraba con una intensidad casi policial.
—Buenos días —dijo Nora—. Busco a Fernando Whitmore.
—Está dentro.
—¿Trabaja aquí?
—Es voluntario. Y yo también. Me llamo Elara.
—Nora —respondió ella, quitándose un guante—. Soy una… amiga.
—Ah.
Elara descendió dos peldaños. Había en su rostro un gesto extraño, una sonrisa que no llegaba a los ojos. Recordó el mensaje en la pantalla del móvil. Recordó el «Fer». Recordó el espejo del baño de El Mirador y un pug que movía la cabeza de izquierda a derecha. Y en ese instante, sin que ninguna parte sensata de su cerebro se lo permitiera, abrió la boca.
—Qué casualidad. Yo soy su novia.
Hubo un silencio sepulcral. Quijote dejó caer la mandíbula. En el porche, tres ancianos que espiaban tras las cortinas se agarraron del brazo.
—¿Tu… novia? —repitió Nora, con las cejas muy altas.
—Desde hace unas semanas.
—No tenía ni idea.
—Es muy discreto.
—Tanto que no me lo ha dicho.
—Quizá quería evitar malentendidos.
—Qué considerado. —Nora sonrió, con una amabilidad tan perfecta que dio escalofríos—. Qué alegría. Entonces ya somos casi familia.
—Casi.
—Un placer, Elara.
—Igualmente.
Las dos se estrecharon la mano durante un segundo de más. A sus pies, Quijote soltó un gruñido bajo, el que usan los pugs cuando presienten que el mundo está a punto de convertirse en una telenovela.
Desde la ventana del salón, Margaret y Jackson no sabían si reír, llorar o llamar a un notario.
—¿Has oído? —susurró Jackson—. Ha dicho «novia».
—Lo he oído.
—Ha mentido.
—Con un aplomo admirable.
—Esto no estaba en el plan.
—Es mejor que el plan.
—Margaret, esto va a salir mal.
—Querido —dijo ella, con los ojos brillando—, nada sale mejor que lo que sale mal con buena letra.
Salió al porche con una sonrisa de gran dama y avanzó hacia la recién llegada con los brazos abiertos.
—¡Nora, querida! Qué sorpresa tan agradable.
—Doña Margaret. —La joven la besó en ambas mejillas, con una naturalidad que revelaba años de práctica—. Qué gusto verla. Está igual que siempre.
—Eres un cielo. ¿Has visto a la novia de mi nieto?
—Acabo de conocerla.
—Es maravillosa, ¿verdad?
—Es… —Nora buscó la palabra con cuidado—. Muy pintada.
—Una artista.
—Ya lo veo.
—Entra, querida. Entra. Hay té, hay galletas y hay mucha, muchísima historia que contar.
Fernando salía en ese momento de la cocina con una fregona en una mano y un cubo en la otra, tarareando bajito una canción de los ochenta, cuando se dio de bruces con una silueta conocida.
—¡Fer!
El cubo se le cayó de las manos. El agua se extendió por el suelo del pasillo como una pequeña marea.
—¿Nora?
—Qué guapo estás. Más delgado.
—¿Qué haces aquí?
—Te avisé de que venía.
—Pensé que era una broma.
—Yo nunca bromeo con las visitas. —Lo abrazó con una efusividad medida, sin soltarse del todo—. Estaba preocupada. Hace meses que no sé de ti.
—He estado… ocupado.
—Lo sé. Me han contado que estás haciendo servicio social.
—¿Quién te lo ha contado?
—Tus abuelos. Me escribieron hace una semana.
Fernando giró la cabeza lentamente hacia Margaret, que le dedicó la sonrisa de una niña que acaba de romper un jarrón y ya ha pensado una excusa.
—Abuela —dijo, con una voz que no auguraba nada bueno.
—¿Sí, cariño?
—Luego hablamos.
—Claro, mi vida.
—Pero primero, Nora, déjame que te presente a…
—Ya la conozco —dijo Nora, con una sonrisa maravillosa—. Es tu novia.
—¿Mi qué?
La puerta del pasillo se abrió de golpe. Elara entró con el pincel todavía en la mano, los ojos brillantes de una determinación casi trágica, y se lanzó sin previo aviso al cuello de Fernando.
—¡Cariño!
—¡Aaah!
—Qué ganas tenía de verte.
—Elara, ¿qué…?
—Estás un poco pálido, mi vida.
—Es que…
—Dile a Nora lo mucho que me quieres —susurró ella, con una sonrisa fija, sin mover los labios y apretándole el brazo hasta dejarle los dedos blancos.
—¿Qué has hecho? —murmuró él, entre dientes.
—Lo mínimo.
—Me has presentado como tu novio.
—Tú me escondiste un mensaje.
—¡Era una amiga!
—Pues ahora es una amiga de la familia. Sígueme el juego.
—No.
—Si no, te pinto.
—No te atreverías.
—Tengo un bote de amarillo en la escalera.
Fernando miró el pincel. Miró a Elara. Miró a Nora, que los observaba con una paciencia exquisita y la sonrisa de quien espera en la sala de un dentista. Tragó saliva.
—Sí —dijo, con voz temblorosa—. Es mi novia. Mi… preciosa novia.
—Qué ternura —dijo Nora.
—Y yo su media naranja —añadió Elara, con un guiño asesino.