El sábado amaneció con una lista.
La había escrito Remedios la noche anterior, a las tres de la madrugada, en un papel de cuarenta centímetros que pegó con cinta adhesiva en la puerta del comedor. Tenía veintisiete puntos. El primero decía: «INSPECCIÓN DE MAÑANA: SOBREVIVIR». El último, subrayado dos veces: «NADIE TOCA NADA».
—Es imposible —dijo Elara, leyéndola con el café en la mano.
—Es la inspección más importante de la década —respondió la directora, con unas ojeras que parecían pintadas con rotulador—. El señor Ambrosio Peñalver viene de la Consejería. Es inflexible, meticuloso, y no tiene sentido del humor. Me lo han jurado.
—¿Y si no pasamos?
—Cierran el centro.
—¿Cierran Los Girasoles?
—Y reparten a los residentes por tres provincias.
Un silencio terrible cayó sobre el comedor. Don Anselmo dejó el andador. Eulalia dejó el bastón. Doña Pura dejó, con evidente sacrificio, una galleta a medio morder.
—Eso no puede pasar —dijo Rosita.
—No va a pasar —dijo Fernando, con una determinación que le salió medio octava más aguda de lo previsto—. Tenemos un plan.
—¿Cuál? —preguntaron treinta voces.
—Limpiar.
—Eso no es un plan —dijo Doña Pura—. Es una obligación.
—Es un plan con diagramas.
—Ay, Dios.
La mañana fue un festival de pequeñas tragedias.
A las nueve y diez, Don Anselmo descubrió que su andador, aquel que se había marchado en globo, había regresado. Lo trajo la señora Rosario en persona, con una cinta rosa atada al manillar y una nota que decía: «Mi Napoleón lo encontró en el tejado y lo ha traído por la chimenea. Está un poco ahumado, pero sigue siendo noble». Don Anselmo lo abrazó llorando, lo olió, lo acarició, y declaró solemnemente que jamás volvería a separarse de él, ni siquiera para ir al baño.
A las nueve y media, Elara abrió el cuarto de las escobas y se encontró con un conejo.
Era blanco, con una oreja caída y una expresión de resignada dignidad. Estaba sentado sobre un cubo, masticando una zanahoria de plástico con la calma de quien lleva días viviendo del cuento.
—Hola —dijo ella.
El conejo la miró.
—¿Tú eres el del mago?
El conejo asintió, o al menos eso le pareció.
—Se llama Houdini —dijo Eulalia, que pasaba por allí—. Lo adoptamos hace dos días. Vive en el cuarto de las escobas desde el cumpleaños. Come lechuga y nos escucha las penas.
—¿Alguien lo sabe?
—Todos. Menos la directora.
—Elara —dijo Remedios, apareciendo a su espalda con una libreta—, ¿has visto…?
Elara cerró la puerta de golpe con la espalda.
—No hay nada aquí.
—¿Y ese ruido?
—Es el calentador.
—Hace un ruido muy peludo.
—Es un calentador muy moderno.
La directora la miró con los ojos entornados. Elara sonrió. Desde el otro lado de la puerta, un conejo estornudó con elegancia.
—Salud —dijo Remedios, sin pensarlo.
—Gracias —respondió Elara, con voz de conejo.
A las once, Fernando y Elara recibieron la misión más ingrata de la jornada: limpiar el cuarto de costura, que llevaba tres semanas sirviendo de cuartel general de una operación ilegal de apuestas, conspiraciones y galletas.
—No toquéis la pizarra —había dicho Remedios, con voz tétrica—. Está confiscada. Os lo juro por mi moño.
—¿Dónde está?
—Detrás del maniquí.
—¿Y por qué no la destruye?
—Es un material probatorio.
Empujaron la puerta del cuartito, un cubículo sin ventanas que olía a lana vieja y a secretos. Entre rollos de tela, cajas de botones y una pila de revistas de patrones de 1982, el maniquí sin brazos llamado Genoveva los recibió con la elegancia silenciosa de una anfitriona de otro siglo. Detrás de ella, apoyada contra la pared, brillaba la gran pizarra blanca.
—Ahí está —susurró Elara.
—No la mires.
—Es imposible no mirarla.
Se acercaron. Leyeron las columnas. Las cuotas habían cambiado. La opción uno («Se besan antes del domingo») había subido de ocho a uno a seis a uno. La opción seis («Se declaran») había bajado a diez a uno. Había un nuevo apartado, escrito con letra que no reconocieron: «Mención especial: Quién se rinde primero». Y en el margen inferior, con rotulador negro, una línea limpia y solitaria:
*«Directora R.V. — 12 galletas — opción 6».*
—¡La directora ha apostado! —exclamó Fernando.
—Y mucho.
—Con doce galletas.
—Es una fortuna.
—Y a la seis.
—Que somos novios.
—Somos novios falsos.
—Con testigos.
—Y con invitación de boda.
Se miraron. Hubo un silencio incómodo, el de dos personas que han mentido juntas y no saben dónde guardar la mentira.
—Esto es indignante —dijo Elara, al fin.
—Un atentado a nuestra intimidad.
—Han apostado con nuestra vida.
—Con nuestra boca.
—¿Con nuestra qué?
—Con el beso. Quiero decir, con la hipotética posibilidad de un beso.
—Ah.
—Nada serio.
—Claro.
Elara cruzó los brazos. Fernando metió las manos en los bolsillos. Los dos clavaron la mirada en un punto lejano del techo.
—Se me ocurre una idea —dijo ella.
—¿Cuál?
—Hacerlos perder.
—¿Perder qué?
—Todo. Las galletas. La paciencia. El honor.
—Elara…
—Nos juramos aquí, delante de Genoveva, que no nos besaremos jamás. Nunca. Ni por accidente. Ni por despiste. Ni aunque el mundo se acabe.
—¿Y por qué haríamos eso?
—Por venganza. Para que los ancianos pierdan hasta la dentadura.
—Es cruel.
—Es justicia poética.
Fernando se frotó la barbilla, con expresión de profundo análisis.
—Es una idea brillante.
—Lo sé.
—Hay un fallo.
—¿Cuál?
—Que si nos besamos, perdemos nosotros.
—Pues no nos besamos.
—Es un trato.
—Es un pacto.
—Con mano en el pecho.
—Y firmado.
—No tengo pluma.
—Pues con carmín.
Elara sacó un pintalabios del bolsillo, trazó con él una raya torcida sobre un trozo de tela del maniquí y firmó con una E. Fernando, con un dedo untado en rojo, estampó una F. Se estrecharon la mano con solemnidad.