Proyecto cupido.

Capítulo 21: Negación total.

Elara no durmió.

Pasó la noche mirando el techo de su cuarto, repitiendo en voz baja una frase que se volvía menos creíble cada vez: «No ha pasado nada. No ha pasado nada. No ha pasado nada».

A las seis de la mañana, desesperada, llamó a Valentina.

—¿Y? —contestó su amiga, sin saludar.

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Nada de nada. Colgamos el cartel y nos fuimos a dormir.

—Elara.

—¿Qué?

—Te ha subido la voz una octava.

—Es el eco del móvil.

—Tengo tres chats de ancianos que dicen que casi os besáis.

—¿De dónde sacas eso?

—Me han agregado a un grupo de WhatsApp. Se llama «Opción Uno».

—No existe ese grupo.

—Tiene veintisiete miembros y un conejo de foto de perfil.

Elara colgó. Se tapó la cara con la almohada y soltó un grito largo y sordo. Después, en la penumbra, escuchó un chasquido junto a la ventana: era Quijote, que había entrado por un hueco de la persiana y la miraba desde el alféizar con el impermeable amarillo y una expresión de absoluta neutralidad.

—Tú no has visto nada.

El pug asintió despacio.

—Ni has oído nada.

Otro asentimiento.

—Y mucho menos lo vas a contar.

El perro se tumbó panza arriba y fingió dormir, un truco que había aprendido de Don Anselmo y que perfeccionaba con la eficacia de un diplomático.

En su casa de cristal, Fernando atravesaba una crisis equivalente, aunque con material de oficina.

Había pegado en el salón una cartulina enorme, con el título «EVIDENCIA DE QUE NO PASÓ NADA» y tres columnas: «Hechos», «Interpretaciones» y «Falacias». En «Hechos» había escrito: «Caí de una escalera. Ella cayó sobre mí. No hubo contacto labial». En «Interpretaciones»: «Resbalón fortuito». Y en «Falacias», con rotulador rojo y un signo de exclamación: «Que me temblaran las manos».

—Está claro —dijo, ante el espejo, con voz de abogado—. Fue un accidente. Un malentendido. Un efecto óptico provocado por la luna.

El reflejo lo miró con tristeza.

—No me mires así.

El reflejo siguió mirándolo.

—Es verdad. Estaba a veinte centímetros. Pero eso no cuenta como «casi». Es un «cerca». Es una distancia moderada.

Se hizo un silencio largo.

—Veinte centímetros —repitió, con un hilo de voz—. Dos centímetros y medio, según mi abuela.

Se dejó caer en el sofá, entre un montón de calcetines desparejados, y se tapó la cara con un cojín.

A las ocho y cuarto de la mañana, cuando los dos llegaron a Los Girasoles, se cruzaron en la puerta del comedor.

Elara venía por la izquierda. Fernando, por la derecha. Se vieron a cinco metros y los dos, con una sincronización perfecta, giraron la cabeza en direcciones opuestas, fingiendo un interés repentino por las cortinas.

—Buenos días —dijo ella, hablándole a una maceta.

—Buenos días —dijo él, hablándole al techo.

—Hace buen día.

—Para el domingo.

—Un día fresco.

—Con nubes.

—Muy pocas.

—Pero las hay.

Dieron un paso a la vez. Fernando fue hacia la izquierda para dejarla pasar. Elara fue hacia la derecha por la misma razón. Chocaron, rebotaron, se disculparon, y repitieron la maniobra en sentido contrario con idéntico resultado.

—Perdón.

—Perdón.

—Pasa tú.

—Pasa tú.

—No, pasa tú.

—Yo insisto.

—Yo más.

—Estás bloqueando el paso.

—Tú también.

—Pues muévete.

—Me muevo.

Se movieron, otra vez, hacia el mismo lado. Desde el fondo del comedor, treinta ancianos observaban la escena con las tazas a medio camino de la boca.

—¡Ya está! —gritó Don Anselmo—. ¡Es el baile del cortejo!

—¡Silencio! —bramó Remedios, que acababa de salir de la cocina con una libreta y un revólver de agua que usaba para regar plantas—. ¡Hoy no hay cortejos, ni bailes, ni conejos, ni apuestas! ¡Hoy hay una inspección!

—Pero directora…

—Y quien vuelva a mencionar la palabra «beso» antes de las doce, lo mando a pelar patatas hasta Navidad.

Se hizo un silencio sepulcral.

—Beso —susurró Doña Pura, con una sonrisa traviesa.

—¡Pura!

—Perdón. Me ha salido sola.

El señor Ambrosio Peñalver llegó a las nueve en punto, ni un minuto antes ni uno después, a bordo de un coche gris tan limpio que el sol se reflejaba en él con una pudorosa timidez.

Era un hombre alto, de cuarenta y tantos años, con un traje gris perfectamente planchado, un maletín de cuero y una cara que parecía haber sido diseñada para ser olvidada. No tenía ni un pelo fuera de lugar. No tenía ni una arruga en la corbata. No tenía, según le había prometido a Remedios un funcionario compasivo, el más mínimo sentido del humor.

Se detuvo frente al portón y alzó la vista hacia el cartel.

*«Los Girasoles: donde la edad es solo un número. Y a veces el número es bastante alto, pero qué más da.»*

Permaneció inmóvil durante nueve segundos. Después, sin cambiar de expresión, sacó una libreta y escribió algo.

—¿Qué ha anotado? —preguntó Remedios, con la voz de quien teme la respuesta.

—«Cartel: ambiguo».

—¿Ambiguo?

—La última frase contradice la primera.

—Es una… licencia poética.

—No existen licencias en una inspección.

—Claro.

—¿Quiénes son los voluntarios?

—Esta es Elara Montenegro —dijo Remedios, empujándola hacia delante—. Y este es Fernando Whitmore.

—¿Whitmore? —repitió el inspector, levantando una ceja—. ¿Del bufete Whitmore & Asociados?

—Es mi padre —murmuró Fernando.

—Un hombre de principios.

—Sí. Muchos.

—Lo conozco. Me ganó un pleito en el noventa y ocho.

—Lo siento.

—No lo sienta. Fue un pleito justo.

Peñalver le estrechó la mano con una frialdad de hielo seco. Después se volvió hacia Elara y repitió el gesto. Ella tragó saliva, esbozó una sonrisa amable y vio, por el rabillo del ojo, que Fernando hacía lo mismo, sin mirarla, con una tiesura de soldado.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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