El sobre azul pasó tres días en el bolsillo de Elara sin que nadie lo mencionara.
Era, desde cualquier punto de vista, un récord. En Los Girasoles se comentaba todo. Se comentaba el color de los calcetines de Don Anselmo, la dieta de Houdini y el misterioso olor a col que a veces salía del cuarto de la plancha. Pero nadie, ni siquiera Eulalia, se atrevió a preguntar por aquel sobre, porque Elara lo guardaba con la expresión de quien lleva una granada sin anilla.
Fernando tampoco preguntó. Se limitaba a mirarlo de reojo cada vez que ella se agachaba a atarse un zapato, y después fingía un interés repentino por el techo.
Así estaban las cosas cuando, el miércoles por la tarde, Margaret reunió a los dos jóvenes en el cuarto de la plancha, cerró la puerta con llave y descorrió la cortina de una ventana que daba a un muro de ladrillo.
—Tenemos un problema —dijo.
—¿Otro? —preguntó Fernando.
—Uno de verdad.
—Abuela, los últimos veinte eran de verdad.
—Este es distinto. —Margaret tomó aliento, con la dignidad de una reina que va a pedir un favor—. Necesitamos que regreséis a la Mansión Whitmore.
El silencio fue absoluto. Quijote, que dormitaba sobre una pila de sábanas, abrió un ojo.
—No —dijo Fernando.
—Escúchame.
—No.
—Es por el libro de tu abuelo.
—Abuela, no voy a volver a esa casa.
—Está en la biblioteca.
—Ya no hay biblioteca. La convirtieron en un gimnasio.
—Con mucho cariño —murmuró Jackson, desde un sillón, con la voz de un viudo en un velatorio—. Se llevaron tres mil libros al sótano. Y escondieron mi Quijote de mil seiscientos cinco en el único lugar del mundo donde jamás lo buscaría.
—¿Cuál?
—Dentro de la bicicleta estática.
Elara parpadeó.
—¿Dentro de qué?
—De la bicicleta —repitió Jackson, con ojos húmedos—. Hay un compartimento oculto bajo el sillín. Mi hijo lo ordenó en secreto, para «protegerlo de la humedad». Ahora está allí, aplastado entre los muelles, y cada mañana ese bárbaro pedalea encima.
—Qué horror.
—Es una profanación.
—No es solo el libro —añadió Margaret—. Es mi esqueje de rosa, el que planté el día de nuestra boda. Lo arrinconaron en un tiesto y lo han cubierto con una malla antipájaros. Se está muriendo, querida.
—Pero hay que entrar, sacar un libro y un esqueje y salir —dijo Elara.
—Exacto.
—Parece fácil.
—No lo es —murmuró Fernando, y se le quebró la voz—. Esa casa tiene cámaras, alarmas, un mayordomo que no obedece a nadie y a mi madre, que practica yoga con un antifaz de pepino.
—Tu padre juega al golf los jueves —dijo Margaret.
—Mañana es jueves.
—Se va a las nueve y vuelve a las cinco.
—Pero…
—Tu madre tiene un retiro de silencio.
—Abuela…
—Y Bernardo, el mayordomo, nos debe un favor.
—¿Qué favor?
—No me preguntes.
Fernando miró a Elara. Elara miró a Fernando. Los dos pensaron lo mismo: había en aquel plan un número alarmante de elementos favorables y una sospechosa ausencia de explicaciones.
—Iremos —dijo ella.
—¿Cómo que iremos?
—Es un libro, Fernando. Es un esqueje. Es su historia.
—Es mi infierno.
—Pues entonces —respondió Elara, con una suavidad que le sorprendió a ella misma— iremos juntos.
Hubo un silencio. Margaret y Jackson cruzaron una mirada. Quijote, desde su montaña de sábanas, soltó un ladrido sordo de victoria.
A las nueve y cuarto del jueves, los tres, dos jóvenes y un pug con mochila, se detuvieron frente a la verja de la Mansión Whitmore.
Era un edificio de piedra gris, con torres, balcones, una escalera de mármol que se veía desde la calle y un jardín con laberinto de setos. Daba la impresión de haber sido diseñada por alguien que odiaba la espontaneidad. Todo en ella estaba recto, simétrico, perfecto, hasta la veleta del tejado, que apuntaba al norte con una puntualidad espantosa.
—Parece un banco —susurró Elara.
—Es peor. Es un banco con opiniones.
Fernando pulsó el timbre. Una voz grave, sin ninguna emoción, respondió por el interfono.
—¿Quién es?
—Soy yo, Bernardo.
—Señor Fernando.
—¿Está mi padre?
—Se fue hace diez minutos.
—¿Y mi madre?
—En silencio.
—¿Cuánto silencio?
—Total. Lleva tres días sin hablar ni con los gatos.
—Perfecto. ¿Nos dejas entrar?
—El señor Jackson me dijo que vendría usted.
—¿Te lo dijo?
—Y que traería a una joven.
—Es una colega.
—Me han dicho que es la novia.
—¡No es mi novia!
—Eso también me lo han dicho.
—¿Quién?
—Todos.
Se oyó un clic. La verja se abrió. Fernando, rojo hasta las orejas, empujó la puerta sin mirar a Elara, que contenía una sonrisa mordiéndose el labio.
Bernardo los esperaba en la escalinata de mármol. Era un hombre alto, delgado, de unos sesenta años, con frac, guantes blancos y un bigote que parecía recortado con tijeras de precisión. Tenía el gesto impenetrable de un mayordomo de película y los ojos más tristes que Elara hubiera visto jamás.
—Señor Fernando —dijo, inclinando la cabeza.
—Bernardo.
—Señorita.
—Elara.
—Un placer. —Se detuvo un instante, miró a Quijote, que le devolvió la mirada con aire de viejo conocido, y sus ojos se humedecieron—. Quijote. Qué alegría verte.
El pug trotó hasta él, se sentó sobre sus zapatos y soltó un suspiro largo. Bernardo se agachó, le rascó las orejas con un dedo enguantado y murmuró algo que nadie oyó.
—¿Estás bien? —preguntó Fernando.
—Llevo tres meses sin que nadie me desobedezca con cariño.
—Lo imagino.
—La casa está muy silenciosa.
—Es lo que quería mi padre.
—Sí. —Bernardo se incorporó con su dignidad habitual—. Por aquí. El gimnasio está en la planta baja. Sígueme sin hacer ruido. Y por el amor de Dios, no toquen la licuadora.
El gimnasio, antes biblioteca, conservaba intacta la arquitectura de lo que fue: estanterías de caoba hasta el techo, ventanales con vidrieras, una lámpara de araña descomunal. Solo que los estantes, en lugar de libros, albergaban pesas, colchonetas y botellas de agua con etiquetas de colores. En el centro, sobre una alfombra persa, se erguía la bicicleta estática, de metal negro, con pantalla digital y un sillín que parecía un trono.