Elara abrió el sobre azul a las seis y cuarto de la mañana, escondida dentro de la lavadora número dos.
No era una de las mejores decisiones de su vida. La lavadora estaba apagada, pero olía a suavizante barato y a calcetines de ancianos, y la puerta de cristal, por dentro, tenía una huella de pulgar que parecía de 1987. Pero era el único lugar de Los Girasoles donde nadie la buscaría. Había descartado la despensa (Houdini), el cuarto de las escobas (Houdini otra vez), el baño de la planta baja (Margaret y su libreta) y el jardín (todo el mundo).
Rasgó el lacre con el pulgar. Sacó una hoja gruesa, con membrete dorado y un sello que parecía una medalla olímpica. Leyó la primera línea. Después, para estar segura, la leyó otra vez.
*«Estimada señorita Montenegro: Nos complace comunicarle que ha sido seleccionada para la Beca Internacional de Comunicación Audiovisual, con destino en Lisboa, durante un periodo de doce meses, a partir del 1 de noviembre.»*
Se quedó mirando la hoja, con la cabeza dentro de una lavadora, durante casi tres minutos.
—Lisboa —dijo, en voz baja.
La lavadora, naturalmente, no contestó.
—Doce meses.
Silencio.
—A partir del uno de noviembre.
Un ruido seco, metálico, sonó detrás de la puerta de cristal. Elara levantó la vista. Pegada al vidrio, con la lengua fuera y los ojos redondos, la miraba una cara arrugada de pug.
—¿Tú otra vez?
Quijote ladeó la cabeza.
—No me has visto.
El perro la observó con una seriedad terrible. Después, con una agilidad que ningún pug tendría derecho a poseer, metió el hocico por el hueco de la puerta, arrebató el sobre de entre sus dedos y salió disparado por el pasillo.
—¡No! —gritó Elara, saliendo de la lavadora de cabeza—. ¡Quijote! ¡Vuelve!
La persecución del sobre azul se convirtió, en cuestión de minutos, en la mayor operación logística de la historia de Los Girasoles.
Quijote cruzó el pasillo como un rayo, con el sobre entre los dientes y el impermeable amarillo ondeando tras él. Dobló una esquina. Esquivó a un jardinero. Se coló entre las piernas de Doña Pura, que lo miró pasar con la boca abierta y gritó: «¡Un sobre secreto!». Atravesó el comedor, derribó una silla, saltó sobre una mesa y aterrizó, con un golpe seco, ante Don Anselmo, que desayunaba tostadas con el andador aparcado a su lado.
—¿Y esto? —preguntó el anciano.
El pug depositó el sobre sobre el plato. Don Anselmo lo contempló, lo giró, lo olió y, tras una breve reflexión, lo agarró y se lo tendió a Eulalia.
—Entrega especial.
—¿De quién?
—De un pug.
—Confiable.
Eulalia, con su único ojo, lo apretó contra el pecho y lo pasó a Rosita. Rosita, con prisa, se lo dio a Doña Pura. Doña Pura, mirando de reojo hacia la puerta, lo escondió bajo su camisón y lo transfirió, en un movimiento fluido, a una anciana de rizos rosados que lo guardó en un bolsillo, lo sacó otra vez y lo lanzó con puntería al otro extremo de la mesa.
—¡Cuidado, que se cae!
—¡Lo tengo!
—¡Pásalo a la izquierda!
—¡A la derecha!
—¡Es un relevo!
—¡Es una conspiración!
Cuando Elara irrumpió en el comedor, despeinada, con la ropa arrugada y las mejillas encendidas, treinta ancianos formaban un círculo perfecto, pasándose el sobre azul de mano en mano con una coordinación casi coreográfica.
—¡Devuelvan eso! —gritó.
—¡Rápido! —respondió Don Anselmo—. ¡Que no lo agarre!
—¡Es mío!
—Lo está custodiando el comité.
—¿Qué comité?
—Uno que acabamos de crear.
El sobre pasó de una mano a otra, rebotó contra el respaldo de una silla, voló por encima de la sopera, aterrizó en la bandeja de Houdini, fue rescatado por una cuchara de madera y, finalmente, cayó sobre el regazo de Margaret, que había aparecido en la puerta con un camisón de seda y una sonrisa de gran duquesa.
—Buenos días, querida.
—Margaret, por favor.
—¿Pasa algo?
—Es mío.
—Qué casualidad. Yo lo tengo.
—Démelo.
—Eso quisiera.
—¿Cómo que «quisiera»?
—Es que acabo de ver el remitente. —Margaret levantó el sobre, miró el sello dorado, y su sonrisa se desdibujó un poco—. Es de la universidad.
—Sí.
—Con lacre.
—Sí.
—Qué ceremonia.
—Es una carta oficial.
—Elara, querida. ¿Es algo malo?
La pregunta, dicha con una dulzura que le tembló al final, apagó de golpe el barullo del comedor. Los ancianos dejaron de pasarse cosas. Don Anselmo bajó el andador. Eulalia cerró su único ojo útil. Incluso Quijote, tumbado bajo la mesa con una pata sobre el hocico, fingió un súbito interés en el suelo.
—No —dijo Elara, con la voz muy pequeña—. Es algo bueno.
—¿Algo muy bueno?
—Algo… enorme.
Margaret la miró durante un largo segundo. Después, con una lentitud casi ceremonial, le entregó el sobre.
—Léela cuando quieras —dijo—. Aquí, o donde prefieras. Estamos todos.
Elara tragó saliva. Abrió la hoja, con los dedos temblorosos, y leyó en voz alta, sin levantar la vista, las dos primeras frases. Cuando llegó a «con destino en Lisboa» se detuvo.
—Lisboa —repitió Rosita.
—¿Portugal? —preguntó Don Anselmo.
—Sí.
—¿Por mucho tiempo?
—Un año.
Hubo una pausa tan larga que se oyó cómo se enfriaba una tostada.
—¿Un año? —murmuró Doña Pura, con los ojos húmedos.
—A partir del uno de noviembre.
—Eso es… dentro de tres semanas.
—Sí.
—Qué horror.
—Qué maravilla —corrigió Eulalia, aunque no sonó convencida.
—Qué trágico.
—Qué magnífico.
—Qué… —Doña Pura se llevó un pañuelo a la nariz—. Qué lejos.
La noticia, como todos los acontecimientos extraordinarios de Los Girasoles, tardó cuatro minutos y medio en recorrer la residencia entera. A las siete, ya la conocían los residentes de las tres plantas, las dos enfermeras, el jardinero, un taxista que pasaba y una paloma que se había posado en el alféizar y parecía muy afectada.