Proyecto cupido.

Capítulo 24: Cupido se descubre.

Fernando pasó la noche leyendo, y como vivía en una casa de cristal, todo el vecindario lo vio.

Desde las diez de la noche hasta las cuatro de la madrugada, el hombre del salón iluminado, sentado en el suelo, rodeado de cajas de pizza, calcetines y cartulinas, pasó las páginas de una libreta de cuero con la expresión de un forense ante una autopsia. De vez en cuando se levantaba, pegaba un papel en el cristal, retrocedía tres pasos, entornaba los ojos y volvía a sentarse.

A las dos, el vecino de enfrente, un jubilado con pijama de rayas, salió a regar los geranios con una regadera vacía para ver mejor.

—¿Todo bien, Fernando? —gritó desde su jardín.

—¡Perfecto!

—¡Tienes mala cara!

—¡Es la luz!

—¡Estás pegando papeles en la ventana!

—¡Es un cronograma!

—¡Se ve desde la calle!

—¡Lo sé!

A las tres, una pareja que volvía de una fiesta se detuvo frente al salón, leyó en voz alta uno de los carteles («23. Lluvia. Elara se queda con la chaqueta») y se marchó con una expresión de profunda perplejidad.

A las cuatro, Fernando terminó. En la pared de cristal, con rotuladores de cuatro colores, había reconstruido la historia completa de las últimas semanas, desde «Día 1: Quijote muerde el cordón de Elara» hasta «Día 21: Casi beso (dos centímetros y medio; con frenos manipulados)». Al final de la línea, subrayada tres veces, una sola palabra: «ELLOS».

Se quedó mirándola. Después apagó la luz, que no servía de nada, porque a esa hora ya amanecía.

En Los Girasoles, el día empezó con una catástrofe doméstica.

—No está —dijo Margaret.

—Tiene que estar —respondió Jackson.

—Lo he buscado en todas partes.

—¿Debajo de las sábanas?

—Sí.

—¿Dentro del conejo?

—Houdini no tiene bolsillos.

—¿Detrás de la lavadora?

—Querido, llevo dos horas con la cabeza metida en electrodomésticos. La libreta de cuero ha desaparecido.

Los dos ancianos se miraron en el cuarto de la plancha, en bata, con el pelo revuelto, rodeados de sábanas, cajas de galletas y un maniquí sin brazos que alguien había colocado de guardia junto a la puerta. En una esquina, con las orejas gachas, Quijote fingía dormir sobre un cojín con una intensidad sospechosa.

—Jefe de operaciones —dijo Margaret.

El pug no se movió.

—Quijote.

Un ronquido, demasiado perfecto.

—Sé que estás despierto.

Un solo ojo, muy pequeño, se abrió en la penumbra.

—¿Sabes dónde está la libreta?

El pug cerró el ojo. Después, con dignidad contrita, se dio la vuelta y escondió el hocico bajo la pata. A Jackson se le cayó el alma a los pies.

—Lo sabe.

—Lo sabe todo.

—¿Y si se la llevó Fernando?

—Fernando no sería capaz.

—Querida, tu nieto pasó por aquí ayer a las nueve y cuarto. Hay huellas de zapatos limpios en mi alfombra.

—Los zapatos limpios no son una prueba.

—Son de la talla cuarenta y tres.

—Es una talla muy común.

—Margaret.

—¿Qué?

—Si la ha leído, lo sabe todo.

Margaret se sentó con lentitud en el borde de la mesa de planchar. Cuando habló, lo hizo con una voz seca, apagada, que Jackson había oído solo una vez, en 1989, el día en que perdieron el pleito más importante de su vida.

—Entonces ya está.

—¿Ya está qué?

—Que hemos perdido.

—No hemos perdido. Nos hemos retirado.

—Qué más da. Es lo mismo.

Fue en ese preciso instante cuando se oyó, en el pasillo, un chirrido metálico. Algo parecido a un andador. Después un golpeteo seco, como de tacones. Y después, entrando por la puerta con una carpeta bajo el brazo y un puntero láser en la mano, apareció Fernando.

Llevaba la misma ropa del día anterior. Tenía unas ojeras que parecían moratones, el pelo erizado y una calma sobrenatural.

—Buenos días, abuelos.

—Fernando, cariño…

—Os convoco a una reunión.

—¿Una reunión?

—Familiar. Con orden del día. En el comedor. A las ocho.

—Pero…

—Es obligatoria.

Les entregó, con una cortesía exquisita, dos hojas impresas, escritas a máquina, con el membrete «ACTA DE REUNIÓN EXTRAORDINARIA» y una lista de puntos numerados. Dio media vuelta y salió sin decir una palabra más.

Margaret leyó el primer punto en voz alta.

—«Uno. Lectura de cargos».

—Dios mío —susurró Jackson.

—«Dos. Declaraciones de los implicados. Tres. Pruebas materiales. Cuatro. Votación sobre las consecuencias».

—Margaret…

—Lo está haciendo igual que su padre.

—¿Qué?

—El método. El acta. La reunión. —Se llevó una mano a la boca, con los ojos muy abiertos—. Está usando el método de Ricardo.

—Eso significa que está muy, muy dolido.

—Eso significa —dijo ella, con un hilo de voz— que lo hemos roto.

A las ocho en punto, el comedor de Los Girasoles se había transformado en un tribunal.

Los ancianos, en pijama y bata, ocupaban las mesas del fondo con tazas de café y rostros expectantes. Remedios, con el moño torcido y una libreta, se sentó junto a la puerta, con la expresión de quien presencia un naufragio. Houdini descansaba sobre la mesa de las tostadas. Don Anselmo había aparcado su andador en una posición estratégica, con la cinta rosa apuntando hacia el estrado.

Fernando se plantó en el centro de la sala, ante una pizarra con ruedas que había sacado de algún sitio. Sobre ella había clavado, con chinchetas, un esquema gigantesco: una línea del tiempo de veintitrés incidentes, con flechas, números de página y un código de colores.

—Buenos días —dijo.

Nadie respondió.

—Os he convocado esta mañana porque he tenido acceso a un documento que cambia la naturaleza de nuestra relación.

Sacó de la carpeta, con delicadeza, la libreta de cuero. Un gemido colectivo recorrió el comedor.

—¿Reconocéis este objeto?

—Es… —empezó Margaret.

—Es una libreta de apuntes —dijo Jackson.

—Es un diario íntimo —dijo Doña Pura.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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