Proyecto cupido.

Capítulo 25: El gran pleito.

—Punto de orden —dijo Elara.

Lo dijo con una serenidad tan perfecta que Remedios, sentada junto a la puerta, se agarró al borde de la silla. A los treinta ancianos se les olvidó parpadear. Fernando, plantado ante su pizarra con ruedas y su puntero láser todavía encendido, notó que un pequeño punto rojo le temblaba sobre el zapato.

—No estás en el orden del día —respondió, con la voz rota.

—Pues añádeme. —Elara avanzó hasta el centro del comedor, con la libreta de cuero apretada contra el pecho—. Punto cinco: «Declaración de la persona más utilizada de la historia de Los Girasoles».

—Elara…

—Tengo derecho a réplica.

—Esto no es un tribunal.

—Hace diez minutos lo era.

Se oyó un murmullo contenido. Don Anselmo, con la boca abierta, tanteó a ciegas la mesa en busca de una galleta. Doña Pura se tapó los ojos con las manos, aunque dejó una rendija entre los dedos del tamaño de un melón.

—Voy a leer —dijo Elara, abriendo la libreta— lo que escribió Margaret el primer día. «Es perfecta». —Pasó la página—. «Una chica con carácter. Mi mejor amiga dice que soy una olla a presión con patas. Maravilloso, suspiró Jackson». —Pasó otra—. «Candidata uno. Única candidata».

—Querida —empezó Margaret, con un hilo de voz.

—No hablo con usted todavía.

—Pero…

—Todavía.

Margaret cerró la boca. Elara respiró hondo y levantó la vista hacia Fernando.

—Me eligieron —dijo—. El primer día. Antes de que supiera tu nombre. Me sentaron en un sillón, me dieron limonada, me preguntaron si tenía novio, y apuntaron la respuesta.

—Yo no sabía nada.

—Lo sé.

—Entonces…

—Pero ellos sí. —Se giró hacia los abuelos con los ojos brillantes—. Y lo peor es que me cayeron bien. Me gustaron. Pensé que habían encontrado en mí una amiga. Y era una pieza.

—Elara, hija…

—Una pieza de ajedrez. Con carácter. Muy útil.

Jackson se llevó el pañuelo a la boca. Quijote, a los pies de Fernando, soltó un gemido tan hondo que Rosita rompió a llorar sin saber por qué.

—Y ahora me gustaría ocuparme de ti —dijo Elara, volviéndose otra vez hacia Fernando, con una calma peligrosa.

—¿De mí?

—Sí. Del señor del acta.

Lo que ocurrió a continuación fue descrito por Don Anselmo, con aire de cronista de guerra, como «el combate más largo y más elocuente que ha presenciado un salón desde la caída del Imperio romano».

—Me acusas de haber guardado un secreto —dijo Elara.

—Lo guardaste.

—Sí.

—Me viste llorar.

—Sí.

—Y no me dijiste que era mentira.

—Exacto.

—¿Por qué?

—¡Porque estabas llorando, Fernando! —gritó ella, con una potencia que hizo vibrar los vasos—. ¡Por primera vez eras tú! ¡Sin diagramas! ¡Sin bromas! ¡Sin la armadura! ¡Y yo no iba a quitarte ese momento por una cuestión de protocolo!

—¡Era mi vida!

—¡Era tu dolor!

—¡Y yo tenía derecho a saber que era falso!

—¡Era verdadero! ¡Lo que dijiste en ese banco era verdadero! ¡La mudanza era falsa, pero lo que sentías no lo era!

Fernando abrió la boca. La cerró. Se pasó una mano por el pelo, desesperado.

—Eso no es una justificación.

—No he venido a justificarme.

—¿Entonces?

—He venido a decirte que tú tampoco eres un santo.

—¿Yo?

—Tú. El que organiza reuniones con orden del día. El que cita a sus abuelos delante de treinta testigos. El que lee en voz alta sus errores como un fiscal.

—No son errores, son hechos.

—¡Es el método de tu padre!

Hubo un jadeo colectivo. Fernando se quedó petrificado, con el puntero láser en la mano y los ojos muy abiertos.

—No es verdad —murmuró.

—Lo es.

—No tienes derecho a compararme con él.

—Tú me enseñaste esa casa. Ese cuarto. Ese horario. Y hoy, aquí, has hecho lo mismo: has convocado, has acusado, has votado. —La voz le tembló—. Dime una cosa. ¿Cuándo te pregunté a ti si estabas bien?

—¿Cómo?

—Ayer. Cuando el teléfono sonó y era tu padre. Ni siquiera esperaste. Saliste corriendo.

—Tenía que atenderlo.

—Claro.

—Era importante.

—Siempre es importante. —Elara dio un paso atrás—. Lo único que no es importante es lo que no te conviene mirar.

—Pues vaya manera de decírmelo.

—¿Cómo querías que te lo dijera?

—¡No lo sé! ¡Pero no así!

—¿Así cómo? ¿Con un puntero láser?

—¡Con la libreta, a gritos, delante de todos!

—¡Eso hiciste tú!

—¡Yo estaba dolido!

—¡Y yo también!

Los dos se detuvieron, jadeando, a tres metros de distancia. Fernando tenía las mejillas rojas. Elara, los ojos encendidos. Entre ellos, en el suelo, un pug de impermeable amarillo miraba a uno y otro con orejas gachas y rabito inmóvil.

—Qué bonito —susurró Doña Pura.

—Qué horrible —corrigió Eulalia.

—Qué espectáculo.

—Un espectáculo desolador.

—¡Opción nueve! —gritó alguien desde el fondo.

—¿Qué es la nueve?

—Que se pelean con elocuencia.

—¿Y paga?

—A uno por uno.

—Pues apuesto.

—¡Silencio! —bramó Remedios, golpeando una cacerola con una cuchara de madera—. ¡Aquí no se apuesta! ¡Aquí se llora!

—¡Pues llorad más bajito, que no oigo la discusión!

La pelea escaló, como todas las grandes tragedias, por culpa de un detalle ridículo.

Elara, en un gesto brusco, dejó la libreta sobre la mesa. Al hacerlo, un papel doblado en cuatro, que llevaba tres días en el bolsillo de su pantalón, se deslizó de entre sus dedos, flotó un segundo en el aire y aterrizó, con una precisión demoledora, a los pies de Fernando.

Era un sobre azul. Con el lacre roto.

—¿Qué es eso? —preguntó él.

—Nada.

—Es el sobre.

—No es nada.

—Es el que recibiste el otro día.

—Fernando, no…

Pero ya era tarde. Se agachó, lo recogió, lo desplegó con las manos temblorosas. Sus ojos recorrieron las líneas, despacio, hasta detenerse en tres palabras: «con destino en Lisboa». Y después otras tres: «a partir del uno de noviembre».



#2280 en Novela romántica
#653 en Otros
#293 en Humor

En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.