Proyecto cupido.

Capítulo 26: El ancianato en huelga.

La primera huelga de la historia de Los Girasoles comenzó a las siete y diez de la mañana, con un redoble de cuchara sobre una olla.

Lo dio Don Anselmo, subido a una silla de plástico en medio del jardín, con el sombrero de visera calado hasta las cejas y una pancarta atada al andador. Frente a él, en un semicírculo desordenado, se alineaban veintiocho ancianos en bata y zapatillas, con las caras serias, los bastones en alto y una determinación que nada tenía que envidiar a la de un sindicato metalúrgico.

—¡Compañeros! —gritó—. ¡Hoy es un día histórico!

—¡Viva! —respondieron veintiocho voces.

—¡Hoy decimos basta!

—¡Basta!

—¡Basta de trampas, de libretas y de apuestas!

—¡Aunque las apuestas eran divertidas! —murmuró Doña Pura.

—¡Silencio, Pura! ¡Es un acto solemne!

—Perdón.

—Hoy no exigimos aumentos de sueldo ni mejores postres. Hoy exigimos algo mucho más grande: ¡que dos jóvenes se hablen!

—¡Que se hablen!

—¡Que se escuchen!

—¡Que se perdonen!

—¡Que se besen! —gritó alguien desde el fondo.

—¡Eso no! —corrigió Don Anselmo—. ¡Eso lo decidirán ellos! ¡Esta vez, sin presión!

—Qué lástima —murmuró la misma voz.

Alrededor, las pancartas ondeaban con la brisa de la mañana. Habían pasado la noche entera fabricándolas con sábanas, retales del cuarto de costura y pintura amarilla sobrante del cartel. «Menos libreta y más corazón», decía una. «Sin amor no hay sopa», decía otra, con una letra sospechosamente parecida a la de Doña Chela. «Los girasoles también tienen derecho a la reconciliación», rezaba una tercera. Y una cuarta, la más grande, escrita con trazos temblorosos por Eulalia, proclamaba con orgullo: «NO COMEMOS HASTA QUE SE QUIERAN».

—¿Eso no es un chantaje? —preguntó Rosita.

—Es una protesta pacífica.

—Pero con chantaje.

—Con un poquito.

A los pies de Don Anselmo, sobre un cojín de terciopelo negro, presidía el acto el miembro más ilustre de la comisión: un pug con impermeable amarillo, de cuyo lomo colgaba una pancarta diminuta que decía: «SOY UN PERRO DE SERVICIO EMOCIONAL Y ESTOY EN HUELGA». A su lado, mordisqueando una lechuga con elegancia sindical, Houdini ostentaba un brazalete blanco que lo identificaba como «delegado de los conejos».

—¡Silencio! —bramó una voz desde la puerta.

Todos se giraron. Remedios, con el moño recogido, una chaqueta de lana y una carpeta en la mano, avanzaba por el sendero con paso decidido. Se detuvo frente al comité, miró uno a uno los rostros, la pancarta, el pug, el conejo, y por fin habló:

—Esto es ilegal.

—Lo sabemos —respondió Don Anselmo.

—Es una alteración del orden público.

—Lo sabemos.

—Es un desafío a la autoridad.

—Sí, directora.

—Y es… —La directora dudó. Su cara se arrugó en un gesto extraño. Soltó un suspiro largo—. Y es lo más bonito que he visto en mi vida.

Un grito de júbilo recorrió el jardín.

—¿Se une a nosotros? —preguntó Eulalia.

—Evidentemente.

—¿Con pancarta?

—Con megáfono. —Sacó de la carpeta un megáfono rojo, que se colocó ante la boca con una sonrisa de soldado veterano—. ¡Compañeros! ¡Que no se diga que esta casa no sabe luchar por los suyos!

La huelga de hambre empezó a las ocho. A las ocho y cuarto ya tenía su primer escándalo.

—Huele a galletas —dijo Rosita.

—Imposible.

—Huele a mantequilla.

—Será el viento.

—Es una mantequilla muy concreta.

Todos olfatearon. Una nube dorada, cálida y reconfortante, flotaba sobre el jardín. Don Anselmo giró la cabeza, miró a la derecha, a la izquierda y, con una expresión horrorizada, comprendió el origen.

—¡Doña Pura!

—¿Qué?

—¿Qué lleva en el camisón?

—Nada.

—Se le mueve.

—Es la respiración.

—Se le está moviendo una caja entera.

—Es… —Doña Pura se llevó las manos al pecho—. Es una caja de repuesto.

—¡Pura!

—Es una huelga de hambre, pero hay que ser prácticos.

—¡Eso es traición!

—Es supervivencia.

—¿De dónde la ha sacado?

—Del cuarto de la plancha. Tenemos cuarenta y tres cajas.

—¡Cuarenta y tres!

—Menos las que nos hemos comido en estas semanas, cuarenta y una.

Hubo un silencio ominoso. Después, una anciana de rizos rosados se llevó la mano a la bata y sacó un paquete dorado. Otro anciano, de bigote, extrajo uno de su andador. Eulalia, con un gesto avergonzado, sacó otro de la manga. En cuestión de segundos, todos los miembros de la huelga tenían una caja de galletas Dorada escondida en algún bolsillo.

—Esto es indignante —dijo Don Anselmo.

—Es una huelga selectiva —se defendió Rosita.

—Es una huelga con cláusulas.

—Es una huelga con mantequilla.

La directora levantó el megáfono con un suspiro.

—Está bien. Lo permito. Pero quede en acta: la huelga de hambre queda declarada oficialmente… ¡de galletas!

—¡Viva la huelga de galletas! —gritaron todos, y por primera vez en toda la mañana, el jardín entero se llenó de risas.

Elara llegó a las ocho y media, con ojeras profundas, el pelo recogido en una coleta torcida y un termo de café entre las manos.

No esperaba encontrar aquello. Había pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama, hablando con el techo y con Valentina, que le había soltado a las tres de la madrugada, con voz amorosa y exasperada: «Eres una cabezota, pero eres mi cabezota». Había decidido ir a Los Girasoles para cumplir su palabra, la de hablar con los abuelos, «mañana». Pero al cruzar el portón se detuvo en seco.

El jardín era un campamento. Había sillas formando barricadas, mantas extendidas en el césped, una olla con té sobre un hornillo, y treinta ancianos sentados en círculo, coreando a gritos una canción cuya letra se componía de un solo verso repetido hasta el infinito: «¡Y que se perdonen, y que se perdonen, y que se perdonen!».

—¿Qué es esto?



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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