Proyecto cupido.

Capítulo 27: Cada uno por su lado.

El taxista de la gorra descubrió su verdadera vocación el jueves por la mañana: era un servicio de enlace diplomático.

Llevaba semanas transportando a Margaret y a Jackson, y sabía de memoria el trayecto entre Los Girasoles y la casa de cristal. Pero esa mañana, a las ocho y diez, cuando abrió la puerta trasera y vio sentado en el asiento, con el impermeable amarillo y una pajarita de lunares atada con un cordón al cuello, a un pug con cara de funcionario de embajada, entendió que su vida estaba a punto de cambiar.

—¿Adónde? —preguntó.

El perro soltó un ladrido seco.

—¿A casa de la señorita?

Otro ladrido.

—¿Y después a la del señor?

Un tercer ladrido, que significaba «y luego se verá».

—Yo no he visto nada —murmuró el taxista, y arrancó.

Así fue como, durante cuatro días, Quijote hizo de mensajero entre dos corazones heridos que se negaban a hablarse, durmiendo una noche en un sofá y otra en una alfombra, comiendo croquetas de dos cocinas distintas y aprendiendo, con la solemnidad de un hombre de Estado, que a veces la diplomacia consiste solo en estar presente.

Esa mañana, a unos kilómetros de allí, Fernando estaba de pie frente a la verja de la Mansión Whitmore con una caja de pastelitos y las manos sudadas.

Habían pasado dieciocho días desde la última vez que cruzó aquella puerta con intención de quedarse. La verja, por supuesto, estaba abierta. Bernardo lo esperaba en la escalinata de mármol con el frac impecable y una expresión de optimismo apenas disimulado.

—Señor Fernando.

—Bernardo.

—Su padre lo espera en el despacho.

—¿Hay protocolo?

—Hay una agenda.

—Claro que hay una agenda.

—Pero ha sido modificada. —Bernardo bajó la voz—. Esta mañana la ha rehecho cuatro veces. Y la última tiene un apartado nuevo: «Escuchar».

—¿Escuchar?

—De once a once y media.

Fernando se pasó la mano por la cara y soltó una risa nerviosa.

—Es la cosa más triste y más hermosa que he oído nunca.

—Estoy de acuerdo, señor.

El despacho de Ricardo Whitmore estaba en el primer piso, tras una puerta de roble macizo con una placa de bronce. Era una sala enorme, de paredes forradas de madera, con un escritorio de proporciones faraónicas, un reloj de pie que sonaba como una campana de catedral y una colección de diplomas enmarcados que cubrían tres paredes. En medio, sentado ante un cuaderno de hojas cuadriculadas, con un bolígrafo y una expresión de absoluto pánico, estaba el hombre más temido de los tribunales de la ciudad.

—Fernando.

—Papá.

—Siéntate.

—Gracias.

—Hay café. O té. O agua con gas. O agua sin gas. O…

—Un vaso de agua está bien.

—Perfecto. —Ricardo se aclaró la garganta, miró el cuaderno y leyó, con voz algo temblorosa—. «Once horas. Apartado cuatro: Escuchar. Tiempo estimado: treinta minutos. Método: preguntar, esperar, no interrumpir».

—Papá, ¿estás leyendo un guion?

—Es una guía.

—Es un guion.

—Es una guía con estructura dialogal.

—Dios mío.

—No sé hacerlo de otra manera. —Ricardo cerró el cuaderno de golpe, con los dedos crispados—. Llevo toda la semana intentándolo. He preguntado a un psicólogo, a un coach, a tres asistentes y a una paloma. Todos me dicen lo mismo: «Escucha». Pero nadie me explica cómo.

Fernando lo miró. Era la primera vez que veía a su padre sin armadura. Tenía el pelo gris despeinado, la corbata torcida, las manos temblorosas. Parecía un niño de cincuenta y cinco años al que han encargado un trabajo que nadie le había enseñado.

—Papá —dijo, con suavidad—. Apaga el reloj.

—¿Cómo?

—El reloj. El de pie. Y el teléfono. Y el cuaderno.

—Pero eso desorganiza…

—Lo sé.

Ricardo dudó. Miró el reloj, que marcaba las once y cinco. Miró el cuaderno. Miró a su hijo. Después, con una lentitud infinita, como quien se quita una venda, alargó la mano, detuvo el péndulo del reloj con un dedo, dejó el cuaderno en el cajón y apagó el teléfono.

Se hizo un silencio. Un silencio enorme, extraño, casi indecente.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora me preguntas lo que quieras.

—¿Cualquier cosa?

—Lo que sea.

Ricardo se frotó las manos. Tragó saliva. Abrió la boca, la cerró, la abrió otra vez.

—¿Qué… qué quieres, hijo?

Fernando parpadeó.

—¿Cómo dices?

—Que qué quieres. De la vida. De mí. De todo.

Nadie le había hecho nunca aquella pregunta. Fernando se quedó con la boca ligeramente abierta, y de pronto notó que le escocían los ojos.

—No lo sé —dijo.

—Ah.

—Pero quiero averiguarlo.

—Ah. —Ricardo asintió con lentitud, como si le hubieran dado una respuesta muy compleja—. Es una respuesta aceptable.

—¿Aceptable?

—Excelente.

—Gracias.

—No sé qué decir ahora.

—Puedes decir «qué bien».

—Qué bien.

—O «cuéntame más».

—Cuéntame más.

Fernando soltó una risa temblorosa. Ricardo, tras un segundo de duda, sonrió también. Era una sonrisa torpe, oxidada, como un mecanismo que lleva años sin usarse. Y de pronto, los dos se echaron a reír, en el despacho de diplomas y relojes, con una risa nerviosa, liberadora, que les sacudió los hombros durante casi un minuto.

En Los Girasoles, a esa misma hora, Elara se enfrentaba a la despedida más difícil de su vida.

Había ido a escondidas, aprovechando que Fernando estaría con su padre, con una bolsa de tela y un nudo en la garganta. No quería ceremonias ni discursos. Quería, simplemente, decir adiós a treinta personas que le habían enseñado más sobre la vida en un mes que cuatro años de carrera.

La recibieron en el jardín, formados en fila, como un pelotón. Alguien había colgado un cartel con letras de colores: «BUEN VIAJE, ELARA. (PERO VUELVE)». Detrás, con el megáfono en la mano, Remedios carraspeó.

—Vamos a hacerlo breve —dijo—. Porque si no lloro.

—Directora…



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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