Proyecto cupido.

Capítulo 28: La carrera.

Tomás, el taxista, tenía veintiséis años, un máster en Historia del Arte y una teoría muy firme sobre el destino: creía que las ciudades eran organismos vivos que conspiraban a favor de los enamorados.

—Es una cuestión de flujos —explicó, esquivando un autobús por el carril contrario—. El tráfico se abre cuando hay urgencia romántica. Lo he comprobado.

—¿Cuántas veces? —preguntó Fernando, aferrado al asiento trasero con las dos manos.

—Dos. Pero las dos funcionó.

—Qué estadística tan sólida.

—Es el método científico.

En el asiento del copiloto, Quijote contemplaba la avenida con las patas apoyadas en el salpicadero, la pajarita ladeada y la lengua al viento. Era la imagen perfecta del copiloto de rally.

Faltaban cuarenta y cinco minutos para el cierre de facturación. Habían recorrido doce kilómetros sin un solo semáforo en rojo. Por un instante, un instante delicioso, Fernando creyó que la teoría de Tomás tenía algo de cierto.

Entonces doblaron la esquina de la Gran Vía y vieron los globos.

—No —dijo Tomás.

—¿Qué pasa?

—Dime que no es lo que creo.

—¿Qué es lo que crees?

—Que hoy es doce de octubre.

—Es… —Fernando miró el calendario del teléfono—. Sí.

—Las Fiestas de la Ciudad.

—No.

—El Gran Desfile de los Gatos.

—¡No!

Tomás frenó con tanta brusquedad que Quijote salió disparado contra el parabrisas y rebotó con un gemido de dignidad ofendida. Frente a ellos, la avenida entera, de acera a acera, hasta donde alcanzaba la vista, estaba cubierta de gente, banderas, serpentinas, carrozas de cartón piedra, majorettes con disfraz de felino y una banda de música de ciento veinte miembros que tocaba un pasodoble con el entusiasmo de un ejército en retirada.

—Está cortada —murmuró Tomás, con la voz de quien anuncia la caída del imperio—. Toda la avenida. Hasta las siete.

—¡El vuelo sale a las seis y cuarenta!

—Lo sé.

—¡Tiene que haber otra ruta!

—Hay una. Pero atraviesa el desfile.

—¿Cómo que atraviesa?

—Con coche, no. A pie, sí.

Fernando abrió la puerta. Quijote saltó tras él. Tomás, sin dudarlo, agarró el volante con las dos manos, aparcó en doble fila, dejó el motor en marcha y gritó:

—¡Corre! ¡Yo te sigo con el taxi si puedo!

—¿Y si no puedes?

—¡Pues improvisa!

—¡No sé improvisar!

—¡Pues aprende!

Fernando echó a correr.

Los primeros cien metros transcurrieron sin incidentes. Se coló entre una familia con tres niños disfrazados de pirata, saltó una valla de plástico, esquivó a un vendedor de globos y quedó atrapado, sin darse cuenta, en el interior del desfile.

—¡Atención! —gritó un señor con banda dorada y un megáfono, a su espalda—. ¡Se incorpora una carroza inesperada!

—No, yo no soy…

—¡Un caballero con pajarita y un perro!

—¡No es una carroza!

—¡Qué originalidad! ¡Qué frescura!

—¡Es una emergencia!

—¡Una emergencia amorosa! —repitió el señor, que había oído mal y estaba encantado—. ¡Señoras y señores, la carroza de los enamorados!

Un rugido de entusiasmo recorrió la avenida. Una lluvia de confeti cayó sobre Fernando, que se detuvo, perplejo, con una serpentina colgada de cada oreja. A su lado, Quijote ladró una vez, con aire de cantante de ópera, y comenzó a trotar con el hocico en alto, saludando a derecha e izquierda.

—¡No! —gritó Fernando—. ¡No saludes!

Pero ya era tarde. A su alrededor se había formado una comitiva: cuatro majorettes de orejas puntiagudas, un tambor con bigotes pintados, un portaestandarte con una bandera de gato bizco y, justo detrás, un violinista de bigote enorme, rostro desolado y esmoquin raído, que al verlo se detuvo con el arco en alto.

—Usted —dijo.

—¿Nos conocemos?

—Usted estuvo en La Trattoria del Gato Cojo.

—Eh…

—Con una joven. Y un conejo.

—El conejo no estaba.

—Me despidieron por su culpa.

—Lo siento.

—No lo sienta. —El violinista cerró los ojos con dramatismo—. Ahora toco en la banda municipal. Me pagan el doble. Y por fin puedo interpretar mis propias composiciones.

Y sin esperar respuesta, apoyó el violín bajo la barbilla y atacó, con un temblor de ultratumba, una versión ultradramática de «Muchacha bonita» que hizo llorar a tres espectadores de la primera fila.

—¡Basta! —gritó Fernando—. ¡Es una persecución, no un funeral!

—Es lo mismo —respondió el violinista, sin dejar de tocar.

La comitiva avanzó a paso de procesión, a tres kilómetros por hora, rodeada de aplausos, serpentinas y niños que gritaban «¡Que viva el novio!». Fernando intentó acelerar, pero un grupo de zancudos disfrazados de jirafas bloqueó el paso. Intentó rodearlos por la izquierda, pero una carroza de quince metros, con un gato cojo de cartón piedra, ojos giratorios y una pata rota de la que goteaba pintura roja, le cerró el camino.

—Es una réplica —susurró alguien a su lado—. Del gato de La Trattoria. Lo han hecho en homenaje.

—Qué bonito —dijo Fernando, con la voz de un hombre en trance—. Pero necesito pasar.

—Es la carroza principal.

—Lo sé.

—Va a quince metros por hora.

—Lo sé.

—Hasta las siete.

—¡Lo sé!

Alguien le tiró de la manga. Era una niña de seis años, con una corona de papel y un helado en la mano, que lo miraba con una gravedad inesperada.

—¿Tu novia se va?

—¿Cómo?

—Lo has dicho en voz alta.

—Ah.

—¿Y vas a decirle que no se vaya?

—No sé qué voy a decirle.

—Pues dile la verdad —aconsejó la niña, con su helado.

—Es lo que tengo que hacer.

—¿Tienes un anillo?

—No.

—¿Un poema?

—No.

—¿Un conejo?

—Tampoco.

—Pues vas muy mal —sentenció ella, y se marchó con el helado.

Ya habían pasado veintiún minutos cuando Fernando oyó, entre la música, un grito que le heló la sangre.

—¡FERNANDO!

Se giró. En la tribuna reservada a la tercera edad, justo al lado de la carroza del gato, treinta ancianos con banderines, sombreros de papel y una directora con megáfono se habían puesto de pie al unísono.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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