—Cinco minutos —repitió Elara, mirando la pantalla de su móvil—. Empiezan ahora.
Fernando abrió la boca. Una gota de lluvia le resbaló desde el pelo hasta la punta de la nariz y cayó al suelo con un «plic» que sonó, en el silencio de la sala de espera, como un disparo.
—Hola —dijo.
—Eso ya lo sabemos.
—Quería empezar con una introducción.
—Cuatro minutos y cuarenta.
—Tenía un diagrama —confesó él, con desesperación—. Lo preparé en el taxi. Con tres columnas. «Hechos», «Disculpas», «Propuestas». Pero se me ha mojado todo.
—Lo imaginaba.
—Y en el bolsillo solo tengo esto.
Sacó una cartulina convertida en papilla, con tinta corrida y una única palabra legible en el centro: «ELLA».
Elara la miró en silencio. Se tapó la boca con la mano. Sus hombros temblaron una vez, dos, y de repente soltó una carcajada que no pudo contener, una risa breve, nerviosa, que le llenó los ojos de lágrimas.
—Perdona. No me río de ti.
—Sí te ríes.
—Un poquito.
—Un poquito bastante.
—¡Fernando!
—Perdón. Lo dije sin pensar.
Se quedaron mirándose, ella con los ojos húmedos, él con una sonrisa temblorosa. Quijote, sentado en medio, con el impermeable chorreando y la pajarita ladeada, levantó la vista hacia uno y luego hacia otro, con la gravedad de un árbitro de tenis.
—Cuatro minutos —dijo Elara.
—Está bien. —Fernando respiró hondo, dejó caer la cartulina al suelo y metió las manos en los bolsillos empapados—. Voy a hacerlo sin papel.
—Perfecto.
—Voy a hacerlo mal.
—Seguro.
—Pero voy a hacerlo.
—Te escucho.
—Lo primero —dijo Fernando— es que me comporté como mi padre.
Elara no se movió.
—En el comedor. Con el acta, con el puntero, con los cargos. Sentí que me habían quitado el suelo y lo único que se me ocurrió fue organizar, ordenar, acusar. Como si poner las cosas en una lista me ayudara a no caerme. —Se pasó una mano por el pelo mojado—. Y tenías razón. Fue horrible.
—Lo fue.
—Lo siento.
—Gracias.
—Lo segundo es que, cuando descubrí que sabías lo de la mudanza, me dolió muchísimo. No porque lo hubieras callado. Sino porque pensé que, si podías verme llorar y no decírmelo, quizá yo era para ti otro «procedimiento».
—No lo eras.
—Lo sé. Ahora lo sé. —Tragó saliva—. Estuve tres días leyendo esa libreta y ahora la entiendo mejor. Mis abuelos escribieron cosas horribles. Pero también escribieron una frase que no vi hasta anoche.
—¿Cuál?
—Una en la que dice: «Pensábamos que este proyecto era para ellos. Era también para nosotros».
—Es verdad.
—Y entendí que nadie se enamora por un plan. —Se detuvo, miró el suelo, volvió a mirarla—. Los planes pueden poner una escalera en un jardín, pero nadie te obliga a mirar a alguien a veinte centímetros de distancia. Eso lo hice yo.
El corazón de Elara dio un vuelco. Se mordió el labio.
—Cuatro minutos —murmuró, aunque ya habían pasado casi cinco—. Sigue.
—Lo tercero es lo de Lisboa.
—Fernando…
—No te voy a pedir que te quedes.
—¿No?
—No. —Negó con la cabeza, despacio—. Porque sería hacer lo que han hecho todos conmigo: decidir por ti. Y tú has trabajado muy duro para llegar a ese sobre.
—Yo…
—Solo te voy a pedir una cosa.
—¿Cuál?
—Que decidas sin miedo. Que no te vayas por huir de mí, ni te quedes por compasión. Que elijas lo que de verdad quieras, aunque eso signifique que no vuelvas a verme.
Elara parpadeó. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Intentó disimularla con la manga de la bufanda.
—Eso ha sonado muy maduro.
—Lo he ensayado en el taxi.
—No lo parece.
—Mentira. Lo he ensayado cuatro veces.
—¿Y lo demás?
—Lo demás lo estoy improvisando.
—¿Y qué es lo demás?
Fernando abrió la boca. La cerró. Notó que el corazón le latía en las sienes, en la garganta, en las manos. Se acordó de Nora, del banco del jardín, de un horario en una pared. Y dijo la verdad.
—Estoy enamorado de ti.
La sala de espera, que hasta ese momento había fingido no escuchar, enmudeció. Una niña de seis años, sentada tres filas más allá con una corona de papel y un helado, soltó un «ohhh» largo y solemne.
—Desde el cartel —continuó él, sin poder parar—. Desde que me pintaste la cara de amarillo. Desde que me dijiste «desastre» con esa sonrisa. Quizá desde antes. No lo sé. No soy bueno con las fechas.
—Fernando.
—Y sé que es absurdo. Y sé que te he fastidiado muchas cosas. Y que tengo una casa de cristal y un currículum desastroso y un pug que me odia.
—No te odia.
—Un poco sí.
Quijote, con cara de ofendido, soltó un resoplido.
—Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, me alegro de haberte conocido. —Se le quebró la voz—. Que me has enseñado a mirar lo que hay dentro, no solo lo que se ve. Y que, si tengo que escribir una libreta, solo quiero que diga una cosa: que fue verdad.
Calló. El silencio que siguió fue tan grande que se oyó, a lo lejos, un avión aterrizando en otra pista.
Elara bajó la mirada. Estiró la manga de la bufanda. Se aclaró la garganta.
—Se me ha acabado el tiempo —dijo, con un hilo de voz.
—Ya lo sé.
—Pero tengo mi turno.
—Claro.
—Y no voy a ser tan elocuente.
—No hace falta.
—Sí hace falta. —Respiró hondo—. Porque yo te dije algo en el comedor y lo dije mal. Dije «estaba queriendo».
—Lo recuerdo.
—Y no era pasado. —Levantó la vista—. Era que no sabía conjugarlo.
—¿Conjugarlo?
—«Te quiero». Me parecía una frase demasiado grande, demasiado fija. Y «estaba queriendo» me parecía un tiempo más seguro, más… tibio.
Fernando soltó una risa temblorosa.
—Es un imperfecto.
—Es un cobarde.
—Es un gerundio.
—No me interrumpas, que me sale mal.
—Perdón.
—Quería decirte que lo conjugo en el presente —dijo Elara, y esta vez la voz le salió firme, clara, sin vacilaciones—. Te quiero. Ahora. Hoy. En este aeropuerto. Con tu pelo chorreando y tu cartulina rota.