Proyecto cupido.

Capítulo 30: Proyecto Cupido: misión cumplida.

El taxi se detuvo frente al portón amarillo a las ocho y diez de la noche, con las luces apagadas y el motor jadeando, como un caballo que ha ganado la carrera.

Fernando y Elara se quedaron un momento sentados, sin bajar, agarrados de la mano. A través del parabrisas veían el jardín de Los Girasoles envuelto en una luz dorada y temblorosa. Había farolillos de papel colgados de los árboles, guirnaldas atadas entre las farolas, mantas extendidas sobre el césped húmedo, una mesa interminable cubierta de platos y, sobre el arco de entrada, el cartel de siempre, repintado esa misma tarde con letras frescas.

—Léelo —susurró Elara.

Fernando entornó los ojos.

*«Los Girasoles: donde la edad es solo un número. Y a veces el número es bastante alto, pero qué más da. Y el amor, ese, no tiene fecha de caducidad.»*

—Han añadido una frase.

—Es de Jackson. Es una verdad con mucha pedantería.

—Es perfecta.

Tomás, desde el asiento del conductor, se bajó la gorra hasta los ojos con una teatralidad solemne.

—Yo no he visto nada. Pero la carrera corre por cuenta de la casa.

—No puedo aceptarlo.

—Es una cuestión de principios. Hoy pasamos todos los semáforos.

—Gracias, Tomás.

—Gracias a ustedes. Es la mejor historia que he transportado en mi vida.

Bajaron. Quijote saltó delante, con el impermeable seco por fin y la pajarita ladeada, y echó a trotar hacia el portón con la dignidad de un jefe de Estado que regresa de una cumbre internacional. El portón se abrió con su chirrido de siempre.

Y un grito atronador, treinta voces mezcladas con un megáfono, un violín y una pandereta, los envolvió de golpe.

—¡SORPRESA!

Había, en efecto, una sorpresa. Había muchas.

La primera era la cantidad de gente: treinta ancianos con sombreros de papel, una directora con megáfono, un conejo con brazalete, un inspector con un perrito caliente, una joven de pelo ondulado que acababa de llegar corriendo desde el aeropuerto y un violinista de bigote enorme que atacaba, con alma torturada, una versión festiva de «Muchacha bonita».

La segunda era la comida: una mesa de quince metros con tortillas, croquetas, empanadillas, bizcochos y una tarta de tres pisos en cuyo glaseado, con letras de chocolate, podía leerse: «Q.E.P.D. (QUE ENAMORADOS PERMANECEN DICHOSOS)».

La tercera, la más inesperada, se encontraba en el fondo del jardín, junto a la fuente. Allí, de pie en un círculo de luz, rígidos como si posaran para una fotografía, esperaban cuatro personas que Fernando jamás habría imaginado ver en aquel lugar.

—Papá —murmuró.

Ricardo Whitmore llevaba un traje oscuro, ningún cuaderno y una expresión de profundo, desmesurado pánico. A su lado, con un vestido azul y una mascarilla de pepino que había olvidado quitarse, una mujer delgada y pálida lo agarraba del brazo. Detrás, impecable con su frac, Bernardo sonreía con una discreción infinita. Y delante, con las manos entrelazadas sobre el bastón dorado y la pajarita de lunares perfectamente anudada, Jackson los observaba a todos con ojos enormes y brillantes.

—Fernando —dijo Ricardo, con un hilo de voz.

—Papá.

—He venido a escuchar.

—Ya lo veo.

—No he traído agenda.

—Lo agradezco.

—Pero sí una cosa.

Se giró hacia Bernardo, que le tendió una caja de cartón envuelta en papel de regalo. Ricardo la sostuvo un segundo con las dos manos, tragó saliva, y se la ofreció a Jackson.

—Papá, no sé cómo se hace esto. Pero te he traído algo.

—Ricardo…

—Ábrela.

Jackson desató el lazo. Levantó la tapa. Dentro, sobre un lecho de papel de seda, descansaba un libro de tapas de cuero, ajado y hermoso, con un ex libris dorado en la primera hoja: «Biblioteca de Jackson Whitmore».

—Es el índice —dijo Ricardo, con la voz quebrada—. Del sótano. Los tres mil volúmenes. Los he ordenado, uno por uno. Por autor, por época y por tema. Los he traído esta tarde en tres camiones. Están dentro. En el salón.

—¿En el salón?

—Hemos montado una biblioteca. Con estanterías de caoba. Con tu sillón. Con una lámpara. Bernardo la ha supervisado.

—Es una biblioteca muy bonita, señor —confirmó Bernardo, con un temblor en la barbilla.

Jackson no dijo nada. Cerró la caja. La apretó contra el pecho. Con una lentitud casi ceremonial, dio un paso hacia su hijo, luego otro, y cuando llegó frente a él lo agarró por los hombros con las dos manos y lo miró durante un largo rato.

—Hijo mío.

—Papá.

—Eres un idiota.

—Lo sé.

—Un tozudo.

—Sí.

—Un cabezón.

—Sí.

—Y te quiero con toda mi alma.

Ricardo rompió a llorar. No fue un llanto discreto. Fue un llanto enorme, desgarrado, de hombre que lleva cuarenta años sin hacerlo y de pronto no sabe parar. Se abrazó a su padre, con la cara hundida en su hombro, y Jackson, con los ojos empapados, le dio unas palmadas torpes en la espalda, como a un niño de cinco años que se ha caído de la bicicleta.

—Ya está —murmuraba—. Ya está, hijo. Ya está.

Treinta ancianos lloraban en silencio. Doña Pura sacó un pañuelo del tamaño de una sábana. Eulalia sollozó. Don Anselmo se sonó la nariz con tal estruendo que hizo saltar a Houdini. Y la mujer de la mascarilla de pepino, que hasta entonces no había abierto la boca, dio un paso al frente, se arrancó la mascarilla de un tirón y gritó, con una potencia que hizo temblar los farolillos:

—¡HOLA!

Se hizo un silencio.

—Perdón —dijo, bajando la voz—. Es que llevo tres semanas en silencio y se me ha descontrolado el volumen.

—Cecilia —sonrió Margaret, abriendo los brazos—. Qué alegría oírte.

—¡Margaret! ¡Mi querida Margaret! ¡He pensado mucho! ¡Os he echado de menos! ¡Y he decidido que odio la col rizada!

—Tienes todo mi apoyo.

—¡Y que quiero aprender a hacer croquetas!

—Eso tiene arreglo.

La madre de Fernando se lanzó a abrazarla, y las dos mujeres se balancearon un buen rato en el centro del jardín, entre sollozos y risas, mientras Bernardo contemplaba la escena con una dignidad devastadora y una lágrima que le resbalaba por el bigote.



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En el texto hay: cupido, humor amor, cupido celoso

Editado: 10.10.2026

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