Elara llevaba dos días buscando la forma de decirlo, y esa tarde, en la terraza del café de la esquina, la encontró con una taza de té en una mano y una galleta en la otra.
—Valentina —dijo—. Tengo que contarte algo y quiero que me escuches hasta el final.
—Qué solemnidad. ¿Te vas a casar?
—No.
—¿Estás embarazada?
—¡No!
—¿Fernando ha vuelto a comprar una corbata de pez?
—Es serio.
Valentina dejó el café sobre la mesa. Era una mujer de treinta años, de pelo ondulado y mirada rápida, de las que parecen no asustarse nunca. Por eso a Elara le dolió ver cómo, en cuanto oyó la palabra «serio», se le encogían los hombros.
—Dime.
—Tu secreto se va a saber.
—¿Qué secreto?
—El mejor guardado.
Valentina se quedó inmóvil. Un camarero pasó con una bandeja de tostadas y ninguna de las dos lo miró.
—No sé de qué hablas.
—Hablo de Violet.
—Elara…
—Y de su padre.
—¡Baja la voz!
—Lo he visto, Valentina. Hace tres semanas, cuando Ricardo llevó los libros a la nueva biblioteca de Los Girasoles. Había un marco de plata sobre la repisa, con una foto de un chico de veinticinco años, moreno, con una sonrisa insoportable y una mancha en forma de luna creciente justo debajo de la oreja izquierda.
—No.
—Es la misma que tiene Violet.
—No lo es. Es una casualidad.
—Es idéntica.
—Hay mucha gente con manchas.
—No con esa forma. Y no con ese nombre bajo el marco: «Dylan, a los veinticinco».
El silencio que siguió se pudo cortar con un cuchillo. Valentina bajó la vista, se estiró el pañuelo que llevaba al cuello y contó hasta cinco con los labios.
—Es el nieto de Margaret y Jackson —dijo Elara, con suavidad—. Es el primo de Fernando.
—Lo sé.
—¿Lo sabías?
—Desde el día en que me hablaste de ellos. Me quedé muda. Pensé: «Qué pequeño es el mundo». Y luego pensé: «Qué mundo tan cruel».
—Podrías habérmelo dicho.
—No podía. —Se llevó las manos a la cara—. Es lo único que no se lo he contado a nadie, Elara. Ni a ti.
—Tampoco te lo he preguntado.
—Gracias.
—Pero se va a saber.
—¡No!
—Los Girasoles es el único sitio del mundo donde un secreto dura lo que una galleta.
—No lo van a saber. —Valentina levantó la cabeza, con los ojos brillantes y la voz de acero—. No lo permitiré. Y mucho menos Margaret y Jackson.
—¿Por qué mucho menos?
—Porque eso cambiaría las reglas del juego.
—¿Qué juego?
—El que llevo cinco años jugando. El de que Violet y yo estamos bien solas. El de que Dylan no existe. El de que nadie se entera.
—Es una niña de cinco años. Tiene derecho a conocer a sus bisabuelos.
—Tiene derecho a no conocer a su padre.
Elara guardó silencio. Valentina se pasó la mano por el pelo, con un temblor en los dedos que nunca le había visto.
—Se llama Dylan Whitmore —dijo, con voz seca—. Tiene treinta y dos años. Es multimillonario. Fundó una empresa de inversiones en Singapur y otra en Nueva York. Tiene un ático y un avión privado. Y hace cinco años, en una azotea, con las luces de la ciudad de fondo, le dije que estaba embarazada.
—¿Y qué te contestó?
—«No es el momento. Tengo una ronda de inversión».
—Dios mío.
—A la mañana siguiente se había ido. Sin una nota. Sin una llamada. Me bloqueó el número. Meses después, su abogado me envió un cheque con una cifra de siete ceros y una cláusula de confidencialidad.
—¿Y qué hiciste?
—Lo rompí. En cuatro trozos. Y se lo mandé de vuelta con una nota: «Quédate con el dinero. Y con la cobardía».
—Eso es muy tuyo.
—Es lo único que me quedaba. —Valentina sonrió con tristeza—. No lo odio, Elara. Es peor. Ni siquiera me importa. Pero cuando pienso que Violet pregunta por él…
—¿Pregunta?
—Cada noche. Y yo le digo que es un señor que vive muy lejos.
—¿Y ella qué dice?
—Que cuando sea mayor irá a buscarlo con un paraguas.
Elara se rio, sin poder evitarlo, y a Valentina se le escapó una risa corta, quebrada.
—No se lo digas a nadie —suplicó.
—No lo diré.
—Júramelo.
—Lo juro. Por Quijote.
—Gracias.
—Pero Valentina —añadió Elara, cogiéndole la mano—. Lo sabrán. Más pronto de lo que piensas. Y quiero que estés preparada.
—Es imposible.
—Ya veremos.
—Es imposible —repitió Valentina, con una convicción que no engañaba a nadie, y menos a ella misma.
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El martes siguiente, a las cuatro de la tarde, una mujer de pelo ondulado esperaba frente al portón amarillo de Los Girasoles con un bolso en una mano y una niña de la otra.
—Cinco minutos —decía—. Solo recoger la bolsa de Elara y nos vamos.
—Vale, mamá.
—Sin entrar.
—Vale.
—Sin hablar con nadie.
—Vale.
—Y no te sueltes de mi mano.
—Vale.
Violet tenía cinco años, el pelo castaño recogido en dos trenzas, unos ojos grandes y vivaces y un pañuelo de lunares anudado al cuello, que su madre le ponía cada mañana sin dar explicaciones. En la mano libre, apretado contra el pecho, llevaba un pug de peluche con una pajarita de cuadros.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Aquí vive Quijote?
—¿Quién te ha hablado de Quijote?
—Elara.
—Qué mujer más indiscreta.
—Dice que es un perro con impermeable.
—Violet.
—Y que come croquetas.
—Violet, aquí no vamos a entrar.
—¿Y por qué hay un perro?
Valentina giró la cabeza. Entre los barrotes del portón, con las orejas gachas, los ojos redondos y una pajarita de lunares atada con un lazo, un pug de pelo claro las miraba con la solemnidad de un funcionario de aduanas.
—Guau —dijo el perro, con una voz sorprendentemente grave.
—¡QUIJOTE! —chilló Violet.
Y antes de que su madre pudiera reaccionar, la niña soltó su mano, se coló entre los barrotes con la agilidad de un gato y echó a correr por el jardín.