«Hay recuerdos que no desaparecen. Solo aprenden a esconderse donde más duele.»
—Tenemos mucho que hablar, Lilith.
Lo dijo con una tranquilidad que me dieron ganas de arrancarle de la cara.
No porque tuviera nada personal contra él. Bueno, sí. Un poquito. Aparecer en un callejón oscuro, amenazarme indirectamente y utilizar el nombre de mi hermana como si fuera una ficha de póquer no era precisamente la mejor manera de ganarse mi confianza.
Aunque, siendo sinceros, en mi vida ya había conocido a gente que se ganaba mi confianza y terminaba convirtiéndola en una experiencia traumática. Así que tampoco es que tuviera el listón especialmente alto.
Miré al hombre.
Después a Ava.
Después otra vez al hombre.
Y, por último, al cielo.
Eso es, Lilith. Mira las estrellas. Quizá alguna tenga la amabilidad de caerte encima y ahorrarte esta conversación.
Ojalá. Aunque, con la suerte que tengo, seguro que me cae una maceta y encima tengo que pagarla.
—Dios mío, si estás ahí arriba, te pido una cosa. Una sola. Que alguien me explique qué demonios está pasando antes de que me dé un infarto en este callejón mugriento.
Silencio.
Genial.
Hasta Dios me había dejado en visto.
Te dejo en next, cariño. Yo también me dejaría en visto.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome toda la noche? —pregunté, cruzándome de brazos—. Porque, si es así, al menos podrías haber elegido un sitio con calefacción.
El hombre ni siquiera sonrió.
Tenía esa clase de rostro que parecía haber olvidado cómo hacerlo. El pelo oscuro, algunas hebras plateadas cerca de las sienes y unos ojos tan fríos que daban la impresión de haber visto cosas que ninguna persona debería ver.
Llevaba un abrigo negro demasiado elegante para aquel callejón y unos guantes de cuero que, por alguna razón, me hicieron pensar en alguien que limpiaba sus propias huellas después de cometer un crimen.
Pues ve despidiéndote de tu vida, cariño. Como mínimo, has conseguido que el sospechoso tenga buena ropa.
Mi cerebro era maravilloso. En lugar de ayudarme a sobrevivir, se dedicaba a convertir cada detalle en una posible prueba judicial.
—Lilith —intervino Ava—, por favor, escúchalo.
Giré la cabeza hacia ella.
Y entonces dejé de tener ganas de hacer bromas.
Mi hermana parecía agotada. Tenía el cabello recogido de cualquier manera, la ropa arrugada y unas ojeras que no se podían solucionar ni con el corrector más caro del mundo.
Pero lo peor no era eso.
Era su mirada.
Ava siempre había tenido una forma particular de mirar a las personas: directa, segura, casi desafiante. Incluso cuando mamá la pillaba haciendo algo que no debía, conseguía mantener una expresión de inocencia tan convincente que yo terminaba castigada por solidaridad.
Pero ahora no parecía ella.
Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo.
—¿Qué te ha hecho? —le pregunté en voz baja.
Ava negó con la cabeza.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
—No puedo explicártelo aquí.
Solté una risa seca.
—Claro. Porque, evidentemente, el problema no es que no me expliques nada, sino que estamos en el lugar equivocado para tener una conversación familiar. ¿Quieres que reservemos una mesa? ¿Un café? ¿Un psicólogo? Porque, sinceramente, yo ya necesito las tres cosas.
Ava bajó la mirada.
Y aquello me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Desde que había empezado todo aquel desastre, llevaba días intentando mantenerme entera. Había fingido que podía seguir yendo a la universidad, que podía bromear con Malik, que podía mirar a Nikolai a los ojos sin preguntarme qué demonios significaba cada palabra que salía de su boca.
Había fingido que mi vida seguía siendo mía.
Pero, al parecer, todo el mundo había recibido un guion menos yo.
Y estaba empezando a hartarme de ser la única que no sabía qué papel interpretaba.
—Quiero saber dónde está Eve —dije.
El rostro de Ava cambió.
Fue un movimiento mínimo. Apenas un parpadeo, una tensión en la mandíbula, un pequeño temblor en los dedos.
Pero lo vi.
Y lo entendí.
—Ava.
—No lo sé.
La frase cayó entre nosotras como un cristal rompiéndose.
Durante unos segundos, no escuché nada. Ni los coches a lo lejos, ni el zumbido del farol que parpadeaba sobre nuestras cabezas, ni siquiera mi propia respiración.
Solo esas tres palabras.
No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —pregunté finalmente.
—La última vez que hablé con ella estaba bien. Me dijo que iba a salir un rato y que después me llamaría.
—¿Y?
—Después dejó de contestar.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Cuándo?
Ava no respondió inmediatamente.
—Hace tres días.
Tres días.
Mi hermana llevaba tres días desaparecida y nadie había considerado necesario informarme.
Fantástico.
Una familia ejemplar. Deberíamos salir en una revista.
En portada: «Familia normal pierde a una hija y se olvida de avisar a la otra».
No tiene gracia.
Pues deja de vivir como si estuvieras intentando conseguir una temporada nueva de una serie de crímenes.
—¿Y mamá? ¿Papá? ¿Lo saben?
—No.
—¿Y la policía?
—Lilith…
—No, no me digas «Lilith» con esa voz, porque me conozco y estoy a dos segundos de empezar a gritar. ¿Por qué no has avisado a nadie?
—¡Porque no podía!
Su grito rebotó contra las paredes del callejón.
Ava se llevó una mano a la boca, sorprendida por su propia reacción. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró. Se limitó a respirar como si acabara de correr varios kilómetros.
El hombre nos observaba en silencio.
Y eso me molestaba todavía más.
—¿Qué significa que no podías? —pregunté, esta vez más despacio—. ¿Quién te lo ha impedido?