Punto Ciego

Capítulo 15

Día 10 – 07:55 A.M.

El pasillo exterior de los barracones estaba inusualmente silencioso. Mickael aguardaba con la espalda apoyada contra el acero frío de las puertas del elevador principal, con los brazos cruzados y la vista fija en su reloj de muñeca. Faltaban cinco minutos para la hora acordada.

El siseo de las compuertas del ala femenina rompió la quietud. De la penumbra emergió Caperucita Roja, caminando con esa soltura arrogante y depredadora que la caracterizaba. Al notar a Mickael, sus ojos se iluminaron con una chispa de diversión y acortó la distancia hasta él.

—Buenos días, sargento —ronroneó, deteniéndose a un par de pasos—. ¿Ya levantado tan temprano? ¿O acaso me estabas esperando?

Mickael frunció el ceño, sin cambiar de postura. —¿Se puede saber a qué estás jugando? —preguntó con voz áspera—. Ya escuché los rumores de que me tienes el ojo puesto.

Caperucita soltó una risita baja, dando un paso más para invadir deliberadamente su espacio. —Son solo rumores, Sargento. Aunque no me molestaría descubrir si soy tu tipo. ¿O prefieres a las mujeres frías y mandonas? —Inclinó la cabeza, estudiándolo de arriba a abajo—. Pero sí, digamos que te eché el ojo desde nuestro combate cuerpo a cuerpo hace unos días. Eres de los pocos soldados en esta base que me ha generado auténtica ansiedad antes de pelear. Por un momento, llegué a creer que me ibas a ganar.

La canadiense dio otro paso, acorralándolo contra el ascensor. Mickael reaccionó por instinto; levantó las manos y se las apoyó en los hombros para frenarla en seco.

—Estás invadiendo mi espacio personal, Caperucita. Retrocede.

Lejos de intimidarse, ella esbozó una sonrisa lobuna. Con un movimiento rápido y fluido, usó los antebrazos para apartar el agarre de Mickael, aprovechó su propio peso y lo empujó con fuerza contra la pared de metal. Antes de que el francotirador pudiera reaccionar sin lastimarla, ella neutralizó sus muñecas y acortó la distancia hasta que sus labios rozaron la oreja de Mickael.

—Te recuerdo que en combate cerrado, yo soy mejor —susurró, con un tono peligrosamente seductor—. Entiendo si ahora no te llamo la atención. Haré todo lo que esté a mi alcance para que cambies de opinión. Pero si de verdad quieres que me retire, puedes decírmelo ahora mismo. Dime que me vaya, dime que no me quieres, y no volveré a insistir.

Mickael abrió la boca para responder, pero el siseo neumático de las compuertas femeninas los interrumpió de golpe.

Misaki salió al pasillo, cubriéndose la boca en medio de un bostezo que se congeló de inmediato. Sus ojos oscuros se clavaron en la escena: Caperucita prácticamente encima de Mickael, prensándolo contra el elevador en una postura de innegable intimidad.

La atmósfera se desplomó bajo cero.

Caperucita soltó las muñecas del uruguayo sin perder la sonrisa, giró el rostro hacia la recién llegada y se cuadró con naturalidad pasmosa. —Buenos días, comandante. Ya me retiro a mi servicio. Sin esperar respuesta, hizo un saludo militar impecable y subió las escaleras con rapidez.

Mickael se frotó las muñecas, sintiendo el peligro inminente emanar de Misaki. —Comandante... no es lo que parece.

El rostro de Misaki era una máscara de hielo tallado. Levantó una mano con brusquedad, cortando la frase como si fuera una cuchilla. No dijo una sola palabra. Apoyó su reloj contra el panel biométrico, obligando a Mickael a apartarse cuando las puertas de acero se abrieron a sus espaldas, y entró al elevador con la vista fija al frente, lista para el descenso al abismo.

Mickael entró al elevador en completo silencio, ubicándose a un lado. Misaki esperó a que las pesadas puertas de acero se cerraran para girar el rostro hacia él. Sus ojos eran témpanos de hielo.

—Sargento —dijo con un tono cortante y estrictamente profesional—. No me importa qué estaba haciendo en el pasillo ni de qué estaban hablando. Pero le exijo que su mente esté en blanco a la hora de interactuar con la inteligencia artificial. Nuestro modelo es un prototipo avanzado y cualquier alteración emocional puede arruinar la sincronización. Necesito que esté concentrado.

Sin esperar respuesta, Misaki acercó su reloj biométrico al panel táctil y presionó el Nivel -4. Dado que ya se encontraban en el Nivel -3, el descenso fue casi imperceptible; apenas un zumbido sordo de dos segundos antes de que las compuertas se abrieran de nuevo.

La oscuridad gélida del Nivel -4 los recibió. Conforme avanzaban por la pasarela de cristal, las luces de emergencia se encendieron en cascada, iluminando el abismo de servidores contra las paredes y la cápsula con el cuerpo sintético al fondo. Misaki se dirigió a la estación de control más cercana y comenzó a teclear comandos a gran velocidad.

Mickael avanzó a paso lento, maravillado. El grosor de las paredes de procesamiento y el zumbido de la refrigeración líquida lo hacían sentir dentro de una bestia dormida.

De pronto, las cuatro pantallas gigantes suspendidas en el centro cobraron vida, proyectando ondas de frecuencia doradas. Una voz sintética y envolvente, sin género definible, resonó desde los altavoces perimetrales.

—Buenos días, comandante Misaki. Buenos días, sargento Mickael Acuña. Es un gusto tenerlos aquí.

Misaki se apartó de la consola y señaló hacia los paneles superiores.

—Esta es nuestra inteligencia artificial, ARLT-3. Puedes hacerle cualquier pregunta y presentarte. Está programada para responder a tus parámetros. Necesito que conversen y se conozcan mientras yo calibro la matriz de enlace desde aquí.

Mickael se paró en el centro de la sala, mirando hacia las pantallas, con las manos en los bolsillos.

—Buenos días… ¿cómo era? ¿ARX? —suspiró, rascándose la nuca—. Bueno, no lo sé. Primero que nada, ¿cómo sabes mi nombre? No creo que sea necesario presentarme. Y segundo, ¿no tienes un nombre más corto o más normal? No voy a acordarme de tus números en medio de un tiroteo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.