Día 10 – 08:30 A.M. Cabaña de vigilancia – Puesto Norte
—¡Ey, Pete! Ven aquí un segundo. Tenemos un problema —llamó el soldado desde la consola principal.
Del cuarto de baño emergió Pete, un veterano de complexión recia que aún se estaba cepillando los dientes. Se apoyó en el marco con fastidio.
—¿Qué pasa ahora? —balbuceó con la boca llena de espuma.
—El radar de perímetro marca tres firmas no registradas a las afueras. Necesito que vayas a echar un vistazo.
Pete refunfuñó, volvió al baño para escupir, se enjuagó la cara rápidamente y regresó a la sala principal mientras se ponía el pasamontañas.
—Falta media hora para el relevo. Apuesto a que solo son ciervos o alguna manada de la zona arrastrada por el viento.
—Podría ser, pero prefiero evitar una sanción por negligencia del oficial de guardia —respondió su compañero, empujándolo levemente hacia la salida—. Anda, ve tú. Yo te cubro las espaldas desde aquí.
—Ah, qué fastidioso eres... —masculló Pete, terminando de abrocharse el chaleco táctico y ajustándose el abrigo pesado contra el frío polar.
Salió de la cabaña con el rifle al hombro, avanzando a paso firme en dirección a las coordenadas que el monitor indicaba.
—¡Ey, Pete! Pruébame la radio. ¿Cómo se escucha? Cambio —resonó la voz de su compañero a través del auricular.
—Se escucha con algo de interferencia, pero fuerte y claro. Cambio —respondió Pete, pisando la nieve profunda que crujía bajo sus botas.
—Bien. El radar indica que el objetivo está a unos ciento cincuenta metros de tu posición. ¿Ves algo?
—Negativo, Copo de Nieve. Todo despejado. No hay rastro de animales ni de nada. Igual sigo avanzando, cambio.
Desde la cálida cabaña, su compañero clavó los ojos en la pantalla táctica, donde un punto azul señalaba la ubicación exacta de Pete.
—Estás justo a ciento cincuenta metros, Pete. ¿Seguro que no ves nada?
—Negativo. Seguramente sea un falso positivo por culpa de la tormenta... —la estática en la frecuencia comenzó a intensificarse de golpe, convirtiéndose en un zumbido metálico—. Espérate un segundo...
—Repite, Pete. La señal se cae, no te escucho bien.
—Negativo... no hay nada a la vista. Seguro el radar... ¡Mierda!
—Pete, la señal sigue fallando. Estás exactamente encima de los puntos rojos. ¿Qué pasa ahí fuera?
Un grito seco y ahogado reventó a través de los altavoces de la radio, seguido inmediatamente por un forcejeo y el crujido metálico de un equipo dañado. En el monitor de la cabaña, los tres puntos rojos comenzaron a desplazarse a gran velocidad hacia el exterior del perímetro, y el punto azul de Pete fue arrastrado junto a ellos.
—¡Pete! ¡Pete, responde! ¿Qué demonios sucede ahí fuera? —gritó el soldado a la consola, obteniendo por toda respuesta únicamente un eco ensordecedor de estática pura.
—¡Respira, Mickael! ¡Reacciona, por favor! —suplicaba Misaki con la voz quebrada, limpiándole la espuma de los labios mientras el cuerpo del uruguayo se sacudía en violentas convulsiones.
El científico jefe reaccionó con rapidez, se abalanzó sobre la pared lateral y aplastó con fuerza un botón rojo de emergencia. De inmediato, una sirena ensordecedora comenzó a retumbar en cada rincón del búnker, bañando las paredes de acero con ráfagas de luz roja intermitente.
Sin perder un segundo, Misaki y el técnico liberaron las correas tácticas, levantaron el cuerpo inerte de Mickael de la silla de interfaz y lo arrastraron a toda prisa hacia el elevador. Las compuertas de metal se abrieron de golpe en el Nivel -2; allí ya los aguardaba un equipo médico de urgencias con una camilla sobre ruedas.
—¡Limpien las vías respiratorias! ¡Tenemos bradicardia y riesgo de paro respiratorio! —gritó el médico a cargo mientras acomodaban a Mickael y salían disparados por el pasillo principal.
El estruendo de las alarmas y los gritos del personal médico exigiendo paso resonaron por todo el sector residencial, rompiendo la rutina de la base.
Desde la entrada del gimnasio, Juan y Luna se congelaron al escuchar el alboroto. Al asomarse, a Luna se le cortó la respiración al reconocer la figura de Mickael sobre la camilla, intubado y rodeado de monitores portátiles que emitían pitidos erráticos. Intentó dar un paso al frente para alcanzarlo, pero Juan la sujetó del brazo con firmeza, igual de pálido y desencajado al ver a su compañero al borde de la muerte.
Unos metros más adelante, la cabo Gutiérrez se pegó contra la pared para abrir paso, llevándose las manos a la boca con la mirada llena de angustia. Justo detrás de ella, Caperucita Roja observaba la escena apoyada en un marco de puerta; la sonrisa arrogante que siempre llevaba dibujada en el rostro se borró por completo al notar la gravedad del estado del sargento.
Al fondo del pasillo, descendiendo a paso apresurado por las escaleras tácticas, Nate y su escuadra Canadiense se detuvieron en seco. Observaron en absoluto silencio cómo los paramédicos y una Misaki visiblemente alterada cruzaban las puertas dobles de la enfermería de alta seguridad, cerrándolas de golpe tras de sí.
El pasillo quedó sumido en un silencio pesado, roto únicamente por el eco distante de la sirena de emergencia y el cruce de miradas cargadas de sospecha y tensión entre los distintos grupos.
Día 10 – 17:55 P.M.
Nivel -2, Enfermería
El zumbido rítmico del soporte vital y el goteo constante del suero intravenoso eran los únicos sonidos en la fría penumbra de la sala. Misaki permanecía sentada junto a la camilla, encorvada y con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Su mirada oscura seguía clavada en el rostro pálido de Mickael, trazando las líneas de tensión que aún no abandonaban sus facciones, incluso bajo el denso efecto de los sedantes.
Las pesadas puertas automáticas se abrieron con un leve siseo. Un enfermero militar entró a pasos cortos, sosteniendo una tableta iluminada contra su pecho.