El eco de los pasos desvaneciéndose en el pasillo dejó a Misaki a solas con el latido monótono del monitor cardíaco. Exhaló un suspiro tembloroso, pasándose la mano por la frente para empujar hacia atrás los mechones rebeldes que habían escapado de su recogido. Caminó hasta el intercomunicador de la pared y marcó a la guardia exterior, exigiendo que le enviaran de inmediato el reporte táctico de la ladera norte.
Día 11 – 06:50 A.M.
El cansancio al final la había vencido. Misaki dormitaba sentada en una silla de acero, con la cabeza apoyada a los pies de la camilla. El silencio clínico de la enfermería se hizo añicos cuando las puertas neumáticas se abrieron con un impacto violento.
—¡Comandante Misaki! ¿Se puede saber qué demonios le sucede? —bramó el general Armando, irrumpiendo en la sala con una furia descontrolada—. ¡Ayer le exigí un informe! ¡Nadie la encontraba por ningún lado y resulta que no se ha despegado de la cama de este soldado!
El grito retumbó contra las paredes estériles. El sobresalto no solo despertó a Misaki de golpe; las alarmas del monitor cardíaco enloquecieron. El cuerpo de Mickael se arqueó violentamente sobre el colchón, sacudido por una nueva convulsión provocada por el pico de estrés sonoro.
El pánico atravesó el rostro de Misaki. Aplastó el botón rojo de emergencia con el puño. Dos enfermeros irrumpieron en segundos, inyectando estabilizadores mientras el general retrocedía hacia el pasillo, mudo ante el caos que acababa de detonar. Tardaron varios y agónicos segundos, pero Mickael volvió a quedar inerte sobre las sábanas.
Misaki tomó la tableta táctica de la mesa, salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas. Al girarse hacia el general, la temperatura del pasillo pareció desplomarse. Su mirada era pura intención homicida.
—General —comenzó Misaki, acortando la distancia hasta casi invadir el espacio personal de su superior. Su voz era un susurro letal y controlado—. Permítame dejarle muy clara su posición. Usted está a cargo de este búnker en el papel, pero lleva meses enterrado en los niveles -9 y -10, ignorando lo que pasa arriba. Yo he mantenido esta instalación en pie. Y si usted cree que tiene el poder para sacarme de aquí, inténtelo. Pero le aseguro que me encargaré de que todo lo que esconde ahí abajo se vaya al carajo con nosotros.
Armando intentó replicar, pero Misaki no le dio tregua.
—No se entera de nada, y cuando las cosas explotan, viene a buscar culpables para encubrir su propia negligencia como mando. Si vuelve a entrometerse en la recuperación de este sargento, créame que la próxima vez no me limitaré a hablarle: lo haré escoltar a la fuerza fuera de mi nivel. El sargento Acuña es nuestro único éxito de compatibilidad. Su arrogancia de hoy casi lo mata.
Misaki levantó la tableta y se la entregó de un golpe seco contra el pecho.
—Ahí tiene su maldito informe. Uno de los centinelas desapareció anoche. Solo dejaron un rastro de sangre y su radio; no sabemos qué lo atacó. A partir de ahora, las guardias de superficie serán de cuatro hombres por puesto. Y escúcheme bien: a partir de mañana, todo el personal sabrá las operaciones tácticas de este búnker hasta el Nivel -8. Los extranjeros ya están haciendo demasiadas preguntas y no pienso arriesgar un motín. Ese es mi reporte general. Ya puede retirarse a sus niveles.
Armando notó que Misaki había cruzado el límite de su paciencia, pero en lugar de estallar o retroceder, su expresión se congeló. Dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de su rostro, obligándola a sostenerle la mirada. El aire en el pasillo pareció volverse más denso.
—Comandante Misaki… no pongo en duda su capacidad para gestionar esta instalación sin mi ayuda —habló con una calma perturbadora, en un tono lúgubre que no superaba un susurro—. Lo que se está desarrollando en los niveles inferiores, especialmente en el Nivel -10, requiere mi presencia absoluta. Hay… complicaciones. Riesgos que no puedo permitir que alcancen la superficie ni lleguen a oídos del personal general.
Armando hizo una pausa, dejando que el peso de la amenaza no dicha se asentara entre ambos.
—Por eso he estado ausente: buscando una solución silenciosa para contener lo que tengo confinado ahí abajo. Si usted cree tener el control absoluto desde la superficie hasta el Nivel -8, adelante. Por esa misma razón la elegí como mi segunda al mando. Yo seré la máxima autoridad de este búnker, pero confío plenamente en su frialdad táctica. Y si le exijo y la presiono… es para asegurarme de que usted no se estanque arriba, de la misma forma en la que yo estoy atrapado abajo.
Lentamente, levantó una mano y la posó sobre el hombro tenso de Misaki. Le dio un apretón firme, casi doloroso, transmitiendo una advertencia camuflada de apoyo táctico. Sin añadir una sola palabra más, el general dio media vuelta y caminó hacia el elevador principal, dejando atrás un eco de pasos regulares y una atmósfera asfixiante.
Misaki se quedó sola frente a las puertas de la enfermería, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda al darse cuenta de que el enemigo real quizá no estaba en la tormenta de nieve, sino debajo de sus pies.
Día 12 – 10:00 A.M.
Nivel -2, Gimnasio
El incesante golpeteo de las máquinas de pesas había cesado. El gimnasio estaba despejado, reservado exclusivamente para el ajuste de cuentas. Sentada sobre el banco de una máquina de pecho, Misaki terminaba de ajustarse los vendajes tácticos en los nudillos con movimientos precisos. Llevaba una gorra con la visera baja, adornada con los colores de la bandera estadounidense, y unas gafas de sol oscuras que ocultaban por completo su mirada.
El rechinar de las suelas de goma sobre la lona anunció la llegada de sus oponentes. Caperucita entró primero, destilando arrogancia en su clásico conjunto deportivo rojo sangre. Un paso atrás la seguía Luna, vestida con ropa de combate estándar, estirando el cuello hasta hacer crujir las vértebras. Ambas se plantaron en el centro del cuadrilátero, esperando.