Punto Ciego

Capítulo 18

Día 12 – 11:15 A.M.

Misaki salió de las duchas con el cabello todavía húmedo. Al detenerse frente al espejo para peinarse hacia atrás, notó la marca enrojecida que rodeaba la base de su cuello. Se abrochó rápidamente el cuello de la chaqueta con camuflaje pixelado del ejército, ocultando la huella de la asfixia.

Al avanzar por el pasillo, Caperucita se le unió en silencio; caminaba despacio, manteniendo el brazo izquierdo pegado al costado para no forzar la articulación del hombro. Frente a la puerta del camarote de la comandante aguardaban las otras dos: Luna, presionándose una bolsa de hielo contra el pómulo inflamado, y la cabo Gutiérrez, firme al otro lado del marco.

Sin dirigirles la palabra, Misaki acercó el escáner de su reloj táctico a la cerradura electrónica. La puerta se abrió con un chasquido. El camarote era sobrio: una cama individual perfectamente tendida y, al fondo, un pequeño escritorio de metal con tres sillas.

—Pueden pasar. No toquen nada y tomen asiento —ordenó Misaki, pasando detrás del escritorio—. Antes de comenzar, ¿alguna tiene algo que decir?

Luna, visiblemente incómoda, se bajó la bolsa de hielo del rostro, mostrando la piel morada.

—Yo no recuerdo un carajo. Solo sé que me desperté en la enfermería con un dolor de cabeza horrible y me dieron esto. ¿Alguien me explica qué pasó?

—Sargento Luna… me disculpo por ese golpe —intervino Gutiérrez con voz pausada—. Normalmente uso los guantes de sparring para proteger a los demás de mi fuerza, pero la comandante decidió quitármelos. Sin el acolchado me cuesta controlar el impacto. De todas formas, prefiero que sea la comandante quien explique por qué estamos todas aquí.

Misaki se reacomodó el cuello de la chaqueta militar y fijó los ojos en la uruguaya.

—Te pondré en contexto, Luna. Luego de que Gutiérrez te noqueara y Caperucita se rindiera, la cabo me atacó por la espalda mientras yo tenía la guardia baja, creyendo que el combate había terminado. Me aplicó un mataleón.

El recuerdo volvió con la nitidez del dolor.

En la lona del gimnasio, con los brazos de Gutiérrez cerrándose como un tornillo de banco sobre su tráquea, Misaki apenas podía articular palabra.

—¿Qué carajos está haciendo, cabo? —alcanzó a raspar la comandante—. Se supone que estamos en el mismo equipo.

—Solo sigo sus órdenes, comandante —respondió Gutiérrez al oído, manteniendo la voz extrañamente calmada mientras apretaba el candado sobre su garganta—. Dijo que la última que quedara en pie ganaba. Le recomiendo que se rinda, o me obligará a dejarla inconsciente.

Misaki intentó clavar los dedos en las muñecas de la chica para romper la palanca, pero Gutiérrez reaccionó sujetando la cintura de la oficial con un gancho de piernas, anulando su movilidad y cerrando el aire por completo.

—Ríndase y acate sus propias reglas —insistió Gutiérrez, apretando con más fuerza—. Mickael no es su premio ni el de nadie; él tiene que elegir con quién estar cuando despierte. Me enferma que ustedes compitan por él mientras él ni las registra. No voy a dejar que se salga con la suya, comandante. Quiero saber qué le pasó al chico que me gusta, y me lo dirá por las buenas o se lo sacaré por las malas.

Sintiendo la vista nublada por la falta de oxígeno y las venas del cuello a punto de reventar, Misaki golpeó la lona con la palma de la mano dos veces.

Misaki exhaló despacio, regresando al presente en su oficina.

—Y eso es lo que sucedió. Por eso estamos reunidas las cuatro. Querían información sobre el proyecto y sobre Mickael, y se las voy a dar.

Misaki cruzó los brazos sobre el escritorio metálico, exhalando un suspiro corto antes de fijar la vista, una por una, en las tres mujeres que la observaban con atención contenida.

—Verán, chicas —comenzó Misaki, con voz firme y desprovista de cualquier rastro de hostilidad previa—. No les voy a soltar hoy toda la información clasificada de lo que se oculta en los niveles profundos de este complejo. Ya he tomado la decisión de dar un informe general a todo el personal y a los extranjeros que aún ignoran la verdadera naturaleza de la base, pero eso será a su debido tiempo. Sin embargo, les prometí respuestas sobre Mickael y se las voy a dar.

Hizo una pausa breve, midiendo el impacto de sus próximas palabras.

—El núcleo del proyecto se encuentra en el Nivel -4. Allí opera nuestra inteligencia artificial, bautizada como Aiden, diseñada para optimizar las operaciones tácticas y, a largo plazo, comandar unidades de chasis sintéticos en zonas de combate de alto riesgo sin la necesidad de arriesgar vidas humanas. El problema es que, durante años, nos topamos con un muro infranqueable: la compatibilidad neural. Ningún sujeto de prueba resistía el enlace sin sufrir un colapso orgánico severo… hasta la llegada de Mickael.

Luna frunció el ceño, procesando cada palabra, mientras Caperucita se inclinaba ligeramente hacia adelante, con los ojos fijos en la comandante.

—Durante el torneo de hace varias semanas —continuó Misaki—, las cámaras registraron cada movimiento, cada reflejo y cada patrón de combate de los participantes. Le mostramos los registros a Aiden y la IA determinó que varios perfiles eran aptos, pero el que presentaba un porcentaje de compatibilidad sin precedentes era el sargento Acuña . No lo incorporé al programa en cuanto puso un pie en la base; necesitaba que la IA evaluara su rendimiento en vivo y su estabilidad psicológica.

—Hace dos días —prosiguió Misaki con un tono más sombrío—, Mickael bajó al Nivel -4. Conoció a Aiden. Se le explicó el riesgo y se le dio la opción de retirarse en cualquier momento, pero decidió someterse voluntariamente a la prueba de inmersión y enlazar su mente con un cuerpo sintético para compartir información de combate en tiempo real.

La comandante se detuvo un instante, y un destello de genuina frustración cruzó por su rostro.

—La fusión neural funcionó de manera impecable. La compatibilidad superó el noventa y ocho por ciento. Pero algo falló en el último segundo. No sabemos con exactitud qué detonó el colapso; el chasis y el hardware operaban al ciento por ciento, pero la mente de Mickael entró en un pánico absoluto y sufrió una sobrecarga neurológica masiva como mecanismo de defensa. Ahora mismo se encuentra en un coma inducido preventivo. Los médicos calculan que tardará entre tres días y una semana en despertar, dependiendo exclusivamente de su propia fuerza de voluntad. Y eso… es todo lo que hay. No hay más respuestas porque los ingenieros aún no las tienen.




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