Día 17 – 08:35 A.M. Nivel -2, Enfermería
Mickael intentó procesar la avalancha de información mientras se pasaba la mano por la frente helada de sudor.
—¿A qué te refieres con que Misaki "soltó la sopa" sobre Aiden? —preguntó Mickael, con la voz aún ronca—. ¿Acaso la gente de la base no lo sabía ya? ¿Y qué es eso de que se agarraron a golpes en el gimnasio? ¿Con quiénes? Mi cabeza es un desastre... Por cierto, ¿cuántos días llevo inconsciente?
Caperucita acomodó los hombros sobre el respaldo de la silla, dejando ver una mueca entre divertida y seria.
—Vamos por partes, Ojo Fantasma. Empecemos por la más fácil: llevas durmiendo casi una semana completa. En cuanto a lo del gimnasio... dos días después de que te desplomaras, Luna, la cabo Gutiérrez y yo acorralamos a Misaki en el tatami del Nivel -2. Necesitábamos saber qué demonios te había pasado y esa era la única forma de obligar a la comandante a soltar respuestas.
Hizo una breve pausa, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Por cierto, no te confíes de la cabo Gutiérrez. La chica se ve tímida, pero tiene un puño devastador. Fue ella la que terminó en pie y nos consiguió la charla. Respecto a Aiden —añadió Caperucita, mirando de reojo al robot de servicio que terminaba de calibrar los monitores—, qué buen nombre le diste, por cierto. Y no, la tropa no tenía la menor idea. Misaki tuvo que blanquear la existencia de la inteligencia artificial del Nivel -4 y la infraestructura tecnológica hasta el Nivel -8 para calmar los rumores de un motín. Pero prefiero que sea la comandante la que te explique los detalles logísticos.
Antes de que Mickael pudiera formular otra pregunta, el siseo neumático de las puertas dobles interrumpió la conversación.
Misaki ingresó a la sala flanqueada por un médico militar y un científico de bata gris cargando una terminal táctica.
—Buenos días, sargento. ¿Cómo se encuentra? —saludó el médico, acercándose de inmediato a la camilla. Con destreza profesional, colocó un sensor en el pulgar de Mickael y le apuntó a los ojos con una pequeña linterna diagnóstica para evaluar la respuesta pupilar.
—Me encuentro... bien. Algo confundido, pero creo que me recuperaré —respondió el uruguayo, parpadeando ante la luz intensa.
—Su recuperación fue más lenta de lo previsto —comentó el médico, revisando la gráfica holográfica de la pantalla—, pero sus constantes vitales indican que está en perfectas condiciones fisiológicas.
El médico terminó de anotar los parámetros en su terminal táctica antes de apagar la linterna diagnóstica y dar un paso atrás.
—Sargento, su organismo está limpio, pero su cuerpo ha estado completamente inactivo durante cinco días —advirtió el médico, ajustándose los guantes de látex—. Necesitará al menos unas doce horas para recuperar el tono muscular y la coordinación motora completa. Le sugiero que intente moverse despacio, pero nada de esfuerzos bruscos ni maniobras físicas pesadas.
El médico hizo una leve inclinación con la cabeza hacia Misaki y abandonó la habitación. Caperucita, tras cruzarse de miradas con el uruguayo y darle una leve palmadita en la estructura de la cama, siguió al científico y al resto del personal hacia el pasillo. La puerta neumática se cerró con un chasquido ahogado, dejando la enfermería en un profundo silencio.
—Buenos días, Mickael. Antes de comenzar con cualquier protocolo o interrogatorio formal, me alegra ver que ha despertado y que se encuentra fuera de peligro. Si me lo permite, tengo una pregunta fundamental que hacerle: ¿tiene alguna idea de qué fue exactamente lo que le ocurrió mientras su mente se fusionaba con Aiden en el cuerpo sintético?
Mickael se quedó en silencio, fijando la mirada en un punto neutro de la pared opuesta. Intentó sumergirse en la penumbra de su memoria, buscando el instante exacto en que la inmersión se rompió. De pronto, un punzada aguda le atravesó el cráneo de lado a lado. Se llevó ambas manos a la cabeza, apretando los dientes con un gesto involuntario de dolor.
—No... no lo recuerdo —murmuró, respirando con dificultad mientras la punzada cedía lentamente—. Sé que entré en pánico. Sé que vi algo o sentí algo que me hizo reaccionar así... pero no logro recuperar el recuerdo. Sinceramente, no lo sé. Estoy totalmente confundido. ¿Qué fue lo que pasó conmigo?
Misaki exhaló un suspiro contenido, relajando apenas la rigidez de sus hombros.
—Entiendo. No te fuerces —dijo la comandante con tono moderado—. Con el paso de los días y a medida que el trauma ceda, tal vez recuerdes algún detalle que pueda orientarnos. En cuanto a tu pregunta: sufriste una sobrecarga neurológica severa y comenzaste a convulsionar en la cabina de enlace. El equipo tuvo que desconectarte de emergencia. Estuviste en un coma preventivo varios días, pero afortunadamente los escaneos descartan cualquier lesión permanente.
Mickael exhaló despacio, pasándose la mano por la cara.
—Doce horas… —murmuró, retirando las sábanas de la camilla—. No tengo tiempo para estar acostado.
Apoyó los pies descalzos sobre el suelo frío de la enfermería e intentó ponerse de pie. Pero en cuanto cargó el peso de su cuerpo, las rodillas se le doblaron como si fueran de papel. La falta de masa y el adormecimiento neuromuscular le pasaron factura de golpe.
Antes de que se estrellara contra el piso, Misaki dio un paso rápido al frente y lo sujetó con firmeza por el torso, cargando el impacto contra su hombro.
—Tranquilo, héroe —dijo la comandante, manteniendo la voz firme mientras lo ayudaba a sentarse de nuevo en el borde de la cama—. El médico no estaba bromeando. Pareces un saco de papas.
Mickael apretó los dientes, frustrado por la falta de respuesta de sus propias piernas.
—Puedo caminar… solo necesito un minuto.
—Lo que necesitas es no abrirte la cabeza contra el suelo —sentenció Misaki. Caminó hacia una esquina de la sala de urgencias y arrastró una silla de transporte médico reforzada, con ruedas neumáticas y estructura de titanio. La posicionó justo frente a la camilla—. Arriba. Vamos a dar un paseo.