Punto Ciego

Capítulo 20

Misaki empujó la silla de ruedas hacia la cabina del ascensor y, en medio de un silencio sepulcral, presionó el botón del Nivel -2.

—Sé que es una imprudencia de mi parte preguntarlo, comandante... pero respecto a los puestos de guardia, usted comentó que están aumentando los turnos. Eso significa que la tropa no está descansando correctamente. ¿No cree que está sobrecargando a los soldados? ¿No sería mejor solicitar apoyo externo?

Misaki soltó una risita leve, rompiendo la rigidez del espacio cerrado.

—Eres demasiado atento, sargento. De eso no cabe la menor duda. Y respondiendo a tu pregunta: sí, ya solicité refuerzos hace aproximadamente tres días, pero la respuesta no fue nada alentadora. Verás, este no es el único búnker ni el único secreto que custodia el gobierno. No pueden simplemente tomar a cincuenta soldados y enviarlos aquí de la noche a la mañana. Mientras procesan la solicitud, seleccionan y filtran al personal apto para este nivel de confidencialidad. Con suerte, nos enviarán a unos treinta hombres, no más. Calculo que tardarán unos cinco días en llegar... eso si no se desata otra tormenta que rebase los límites y cierre las rutas.

La comandante hizo una breve pausa mientras la pantalla del ascensor marcaba el tránsito entre pisos.

—Pero quédate tranquilo —añadió Misaki, mirándolo de reojo—. Para ti no habrá servicios en el exterior; tu misión está aquí dentro. Aunque es probable que, para cuando esos refuerzos pisen la base, tu tiempo de despliegue haya terminado o estés a punto de marcharte. Por cierto... ¿qué piensas hacer cuando regreses a tu país?

Mickael fijó la vista en las puertas metálicas que pasaban del Nivel -3 al -2. Tras exhalar un largo suspiro, respondió con serenidad:

—Sinceramente, volver a la rutina. Tal vez me den unos días libres, pero no tengo nada planeado. Para serle franco, creo que me estoy acostumbrando a estar aquí... incluso le he agarrado cierto cariño a este sitio.

Misaki bajó la vista hacia el suelo metálico. En un susurro tenue, casi ahogado por el zumbido del motor del elevador, dijo:

—Entonces no te vayas... quédate aquí conmigo.

Mickael levantó la cabeza de golpe, mirando a la comandante a través del reflejo del cristal.

—¿Qué dijo, comandante? No... no alcancé a oírla bien.

—Dije que asegures tus amarres en la silla —respondió Misaki recuperando al instante la firmeza militar en su voz mientras las puertas se abrían—. Ya llegamos.

Sin darle tiempo para procesar la duda, empujó la silla de ruedas hacia el pasillo de la enfermería en dirección a su habitación.

La puerta corredera de la enfermería se cerró con un chasquido siseante, dejando a Mickael a solas con Luna. Ella caminó en silencio hasta la silla metálica junto a la cama y se dejó caer sobre el asiento, cruzándose de piernas y observándolo fijamente con los brazos cruzados.

—Te ves fatal, Acuña —rompió el silencio Luna, intentando mantener un tono despegado, aunque la tensión en su postura la delataba.

Mickael esbozó una pequeña sonrisa cansada y reacomodó la almohada tras su espalda.

—Cosas del Nivel -4. Pero sobreviví, que es lo importante —respondió con calma antes de clavar sus ojos en ella—. Aunque hay algo que me estuvo dando vueltas en la cabeza todo el trayecto desde el gimnasio.

—¿Ah, sí? ¿Y qué sería?

—El combate de las chicas —dijo Mickael apoyando las manos sobre la sábana—. Supongo que la idea de arreglar el acceso a mi habitación a golpes fue tuya, ¿verdad?

Luna parpadeó, sorprendida por el ataque directo, pero no desvió la mirada.

—¿De qué hablas?

—Analízalo conmigo —comenzó Mickael con tono pausado, como si estuviera resolviendo un informe táctico—. A Gutiérrez la conozco poco, pero es demasiado tímida e institucional; jamás se le ocurriría proponer una pelea cuerpo a cuerpo para resolver una disputa personal. Misaki es la comandante de la base, no tiene tiempo ni ganas de perder el rato organizando un torneo para ver quién me visita. Caperucita… bueno, a Caperucita le encanta el combate y se sumaría sin dudarlo, pero no es de las que diseñan las reglas del juego.

Mickael hizo una pausa deliberada, sosteniéndole la mirada a Luna.

—Eso nos deja solo contigo. Fuiste tú la que sugirió el combate tres contra uno, ¿me equivoco?

Un leve rubor asomó por las mejillas de Luna, pero apretó los labios y adoptó una postura defensiva.

—¿Y qué si fui yo? Misaki no iba a soltar el control de tu recuperación tan fácil. Era la única forma de presionarla sin romper la cadena de mando.

—Lo que me pregunto es hasta dónde estás dispuesta a llegar, Luna —continuó Mickael en voz baja, volviéndose más serio—. Ya hiciste trampa en el torneo para que tu equipo pasara. Ahora organizas una pelea a tres bandas contra la comandante de la base solo para tener una hora de visita. ¿Por qué tanta insistencia? ¿Qué es lo que estás buscando realmente?

Luna se quedó en silencio durante unos segundos. El sarcasmo habitual pareció desvanecerse de su rostro, dejando al descubierto una mezcla de frustración y vulnerabilidad que pocas veces permitía mostrar.

—Buscaba asegurarme de que no te murieras en este agujero, idiota —murmuró al fin, apartando la mirada hacia la ventana de monitoreo médico—. Te metiste en un coma de varios días por jugar al héroe ahí abajo. Si tengo que pelear o saltarme un par de reglas para verificar con mis propios ojos que sigues respirando… lo voy a hacer.

Mickael la observó detenidamente, sorprendido por la honestidad descarnada de su respuesta. La tensión en la habitación cambió por completo, dejando la pelota de nuevo en su terreno.

Mickael se inclinó un poco hacia adelante en la camilla, acortando la distancia visual entre los dos y fijando la mirada en los ojos de la británica.

​—Aun así… no me cierra la ecuación, Luna —continuó en voz baja, con un matiz provocador—. ¿A qué se debe tanta insistencia de pronto? Seamos honestos: antes de ser trasladados a este búnker, antes del torneo, casi ni me dirigías la palabra. Es más… sé de buena fuente que te reías de mí a mis espaldas. ¿Qué fue lo que cambió exactamente?




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