Punto Ciego

Capítulo 21

Día 18 – 07:25 A.M.

Nivel -2, Pasillo de la Enfermería

​Misaki caminaba a paso firme por la sala de espera de la enfermería en dirección a la habitación de Mickael. Antes de llegar a la puerta, el médico militar a cargo salió del cubículo negando levemente con la cabeza. Al notar la presencia de la comandante, el oficial de salud se detuvo, esperando a que ella lo alcanzara.

​—Buenos días, doctor. ¿Cómo se encuentra el paciente? —preguntó Misaki, ajustándose los guantes del uniforme.

​El médico dejó escapar un largo suspiro y bajó la mirada por un segundo antes de volver a sostenerle la vista.

​—Verá, comandante, le seré completamente sincero. El sargento estuvo siete días completos en un coma profundo. Su sistema neuromuscular aún no se ha recuperado del todo y la atrofia es evidente; le cuesta horrores mantenerse firme. Tengo entendido que usted tenía planeada una sesión de entrenamiento o una prueba de campo con él para hoy, pero le recomiendo encarecidamente que no sea nada físico. Ya intentó ponerse de pie dos veces por su cuenta y se tambalea demasiado. Debería usar muletas o, como mínimo, desplazarse apoyándose en alguien.

​Misaki asintió en silencio, grabando el diagnóstico en su mente.

—Entendido, doctor. Ajustaré el protocolo.

​El médico hizo una leve inclinación de cabeza y se alejó por el pasillo. Misaki quedó sola frente a la puerta neumática, fijando la mirada en un punto neutro de la pared mientras procesaba la situación. De pronto, un impacto sordo y seco resonó desde el interior de la habitación.

​Sin dudarlo un segundo, accionó el panel y las puertas dobles se abrieron con un siseo.

​Al ingresar, encontró a Mickael tirado cuan largo era sobre el suelo de linóleo, intentando incorporarse torpemente con los codos mientras apretaba los dientes.

​—Maldición… no puede ser —refunfuñó el uruguayo con frustración—. Otra vez al suelo.

​Misaki reaccionó al instante. Cruzó la estancia con pasos rápidos, se inclinó junto a él y pasó con firmeza uno de sus brazos por encima de sus hombros, cargando parte de su peso para ayudarlo a ponerse de pie. Con paciencia y cuidado, lo guio de regreso a la camilla hasta dejarlo recostado contra la cabecera.

​—¿Qué demonios está haciendo, sargento? —reprendió la comandante, manteniendo la voz firme mientras le acomodaba las piernas sobre la sábana—. ¿No tenía órdenes estrictas de quedarse en cama?

​Mickael esbozó una pequeña sonrisa cansada, pasándose la mano por el cuello humedecido por el esfuerzo.

​—Lo siento, comandante… creí que ya podía controlar mi propio cuerpo. Pero parece que lo que mi mente quiere y lo que mis piernas responden son dos cosas que por ahora no están a mi alcance.

Misaki salió un segundo de la habitación y regresó empujando la silla de ruedas. La posicionó justo al lado de la camilla, con los frenos bloqueados.

—Arriba, Acuña —ordenó con tono sereno pero firme—. No voy a dejar que te abras la cabeza intentando ser un héroe antes de tiempo. Para los desplazamientos largos vas a usar esto.

Mickael soltó un suspiro de resignación, pero no protestó. Apoyó las manos en el borde del colchón y, con la ayuda de la comandante cargando parte de su peso, se dejó caer sobre el asiento reforzado.

—Pasaremos por tu camarote en el Nivel -3 para que te pongas el uniforme de diario y te afees —explicó Misaki mientras liberaba los frenos y lo guiaba hacia el pasillo neumático—. Después bajaremos directamente al Nivel -4. El maletín con el auricular y la consola manual te lo entregaré allá, frente a la terminal principal de Aiden.

El trayecto en el ascensor blindado transcurrió en silencio. Al abrirse las puertas en el Nivel -3, el pasillo metálico iluminado con luces LED blancas lucía tranquilo. Sin embargo, apenas avanzaron unos metros en dirección al sector de dormitorios, la puerta corredera del camarote contiguo se abrió de golpe.

La cabo Gutiérrez salió al pasillo cargando un chaleco táctico y una caja de herramientas. Al ver a Mickael en la silla de ruedas, se detuvo en seco, abriendo los ojos con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—Sargento… —murmuró la cabo, ajustándose el cinturón del uniforme con torpeza—. No sabía que ya le habían dado el alta.

Mickael observó la incomodidad evidente en el rostro de la joven. Miró de reojo a la comandante sobre su hombro.

—Comandante… ¿me daría un minuto a solas con la cabo, por favor?

Misaki alzó una ceja, pero asintió con profesionalismo.

—Te espero al fondo del pasillo, junto al ascensor secundario. No te demores.

En cuanto Misaki se alejó a pasos lentos, Mickael apretó las empuñaduras de la silla de ruedas e hizo un esfuerzo consciente por ponerse de pie. Las piernas le temblaron por la atrofia, pero apoyó la espalda contra la pared metálica del pasillo para sostenerse firme y quedar a la misma altura que Gutiérrez.

—Sargento, no debería forzarse… —dijo ella dando un paso al frente de manera instintiva, como si temiera que él fuera a colapsar.

—Estoy bien, Gutiérrez. Tranquila —respondió Mickael con voz pausada, sosteniéndole la mirada—. Quería hablar contigo. Quería agradecerte personalmente por lo que hiciste en el gimnasio… Caperucita me contó lo del combate contra Misaki. Sé que diste la cara por mí cuando estaba en la camilla.

Un leve rubor cubrió las mejillas de la cabo, que bajó la vista hacia el suelo linóleo.

—Solo quería saber si estaba fuera de peligro… todas queríamos respuestas.

—Y lo aprecio profundamente —continuó el uruguayo con tono suave pero completamente transparente—. Pero no quiero que haya malos entendidos entre nosotros, cabo. Te respeto muchísimo como soldado y como compañera de armas, pero mi cabeza y mis sentimientos en este momento no están en el lugar que tú desearías. No puedo corresponderte de esa manera.

Gutiérrez se quedó inmóvil un segundo. El silencio en el pasillo se volvió denso. La joven apretó las manos alrededor de la caja de herramientas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tragó saliva y volvió a levantar la vista, haciendo un esfuerzo enorme por mantener la postura militar.




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