Punto Ciego

Capítulo 22

Día 20 – 08:30 A.M. Nivel -2, Pasillo de la Enfermería

—Escucha, Juan, esto es una gran idea —insistía Nate mientras avanzaban por el pasillo metálico del Nivel -2—. Solo necesitamos convencer a Mickael. Y si convences a Mickael, convences a Misaki. La comandante hace cualquier cosa que ese tipo le pida. Por eso estás tú aquí, para vendérselo bien.

Juan caminaba a su lado ajustándose la correa del chaleco de diario, rascándose la nuca con duda.

—No lo sé, boludo... Con todo lo que le pasó a Mickael estos días, no creo que Misaki lo quiera dejar salir así como así. Pero bueno, no perdemos nada con intentarlo.

Al doblar la esquina hacia el fondo del pasillo donde se encontraba la habitación de asignación médica, los dos soldados se detuvieron. Misaki venía empujando a Mickael en la silla de ruedas de titanio, deteniéndose justo enfrente de ellos.

Nate dio un paso al frente cargado de su energía habitual, aunque bajó la mirada con una mueca de decepción al ver la silla.

—Hombre, ¿qué te pasó? —soltó el canadiense, cruzándose de brazos—. ¿Aún sigues en carrito? Creí que para el Día 20 ya estarías corriendo maratones. Queríamos hablar un tema contigo, pero si estás muy ocupado...

Mickael dejó escapar un largo suspiro cansado y miró hacia arriba, dedicándole una mirada rápida a Misaki. La comandante captó la señal al instante, ajustándose los botones de la chaqueta con frialdad militar.

—Está bien, caballeros. Les daré cinco minutos —dijo Misaki mirando su reloj de pulsera—. El sargento tiene una revisión más profunda hoy para evaluar su progreso. Él les explicará los detalles.

Sin añadir nada más, la comandante caminó unos metros hacia la entrada del pasillo principal, dejándolos a solas para darles privacidad.

En cuanto se alejó, Juan dio un paso adelante y le puso una mano firme en el hombro a su amigo.

—¿Qué te pasó realmente, Ojo Loco? Cuéntame. Sabes que estás entre gente de confianza.

Mickael volvió a suspirar. Colocó ambas manos en los reposabrazos de titanio de la silla, apretó los dientes y, con un esfuerzo visible, se puso de pie por sus propios medios. Se mantuvo firme durante unos diez segundos, respirando hondo. Sin embargo, en cuanto intentó dar el primer paso hacia adelante, la pierna izquierda no le respondió; su cuerpo se tambaleó peligrosamente hacia un costado y Nate, reaccionando por puro reflejo, lo sujetó del torso antes de que tocara el suelo, ayudándolo a dejarse caer de nuevo sobre el asiento.

—Ese es el problema, muchachos —dijo Mickael pasándose la mano por el cuello humedecido por el sudor—. Parece que mis músculos están bien, pero mi cerebro no está enviando las órdenes correctas a los nervios. Es un tema más neuronal que físico. Por eso me van a hacer esa revisión más exhaustiva ahora... Por suerte, creo que no me van a abrir la cabeza.

Se reacomodó en la silla y los miró a los dos.

—Pero en fin... ¿qué era eso tan importante que querían hablar conmigo?

Juan miró a Nate de reojo y luego a Mickael, negando levemente con la cabeza.

—Olvidalo, hermano. Puede esperar... no es nada urgente en tu condición.

—Bueno, en teoría sí es importante —lo interrumpió Nate sin rodeos, ganándose una mirada asesina de Juan—. Escucha, Mickael: Juan no te lo quiere decir, pero estamos hartos de comer las raciones militares frías y la bazofia del comedor, que tampoco es un manjar del Olimpo. Necesitamos carne de verdad. Queríamos preguntarte si estabas mejor como para salir afuera a cazar... no sé, uno o dos ciervos, para tener algo decente que meterle al estómago.

—Pero en tu estado no creo que te dejen dar ni tres pasos fuera de la puerta —intervino Juan rápidamente, cruzándose de brazos—. Teníamos pensado convencerte a ti para que tú convencieras a Misaki de que nos diera la autorización.

En ese momento, el eco rítmico de los tacones de Misaki resonó a lo lejos; la comandante ya venía de regreso por el pasillo.

Mickael bajó la voz, esbozando una pequeña sonrisa torcida hacia sus compañeros.

—Siendo sincero... la comida de la enfermería no es mejor que las raciones —murmuró el uruguayo—. Tal vez yo no pueda acompañarlos a rastrear, pero voy a hablar con ella para que los deje salir a cazar. Les prometo que lo voy a intentar.

Misaki regresó junto a la silla de ruedas y detuvo el paso al llegar a la altura de los dos soldados.

—El tiempo terminó, caballeros —anunció la comandante con voz fría—. El sargento tiene programada una resonancia magnética para evaluar el daño neuromuscular en la sala de diagnóstico posterior. Despejen el área.

Juan y Nate se mantuvieron firmes, rindieron un breve saludo con la cabeza y se retiraron por el pasillo. Misaki liberó los frenos de la silla y empujó a Mickael hacia la sala contigua de la enfermería, donde un voluminoso escáner de resonancia magnética y un panel de monitoreo los aguardaban entre luces blancas y frías.

Con la asistencia del técnico médico, Mickael se sometió al estudio. Durante los veinte minutos que duró el procedimiento dentro del tubo metálico, el zumbido electromagnético le sirvió para reflexionar. Al terminar el escaneo, el médico analizó las imágenes en la pantalla holográfica antes de dirigirse a la comandante.

—La estructura ósea y muscular está intacta —informó el especialista—. Sin embargo, las sinapsis de la corteza motora siguen presentando una ligera desincronización debido al trauma del enlace. Necesita tiempo.

Misaki asintió y se acercó a la camilla médica para ayudar a Mickael a incorporarse. Cuando la comandante se inclinó y pasó uno de sus brazos por la espalda del uruguayo para volver a cargarlo hacia la silla de ruedas, Mickael se detuvo a medio camino. Sostuvo con firmeza el antebrazo de Misaki y la miró directamente a los ojos desde la corta distancia.

—Comandante… Misaki —habló en voz baja, con un tono sincero que la hizo congelarse por un segundo—. Sé que le estoy pidiendo demasiado y que ya ha hecho más de lo que el protocolo le exige por mí. Pero le ruego que los deje salir a cazar. Y no solo a ellos… necesito salir yo también. Estoy harto de esta cama, harto de esta silla y de sentirme como un peso muerto en este búnker.




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