Punto Débil

Capitulo 24

Capitulo 24



5 años antes…
 



Su padre lo miraba fijamente. Él lograba diferenciar varios sentimientos, pero sin embargo el orgullo resaltaba. Estaba más que claro que eso era lo que siempre esperó, ese era su momento de fortalecer la relación “padre e hijo” que siempre se había imaginado. 
Y Dimitri por su parte solamente quería pegarse un tiro. 

Sentía ganas de vomitar, correr, gritar. Siendo sincero, no sabía lo que quería. Pero sentía que estaba cayendo a una clase de agujero sin fondo que pretendía mantenerlo envuelto en rabia. Muchas palabras dichas por su progenitor llegaron a su mente en ese momento, pero una en específica le carcomía su interior: no estamos hechos para los finales felices. Se lo había dicho en medio de alguna pelea  y le había dolido en su momento, ahora las comprendía. Ese era su destino, las personas como él no tenían feliz final. Todo era pasajero y sumamente engañoso. Y aunque lo odiara, su padre siempre se lo había advertido, pero se negaba a creerlo. 

La conocía. Su ángel, su vida, todo de ella. Era un ser puro, un ser humano admirable y bondadoso. Maya no podía ser capaz de dañarlo de esa manera, no cuando él se lo había entregado todo.  Era ella, su rostro, su boca, su piel. Esa piel que había admirado con tanta minuciosidad, con tanto amor. Tenía el sabor de sus labios, el sonido de su voz, su tacto. Se volvería loco, estaba seguro. No podía ser cierto, lo veía, sin embargo le era imposible creerlo. 

—Hijo. —su padre lo llamó levemente.  —Debes hacer algo con esa niña. Esto, —señaló con firmeza una de las fotos que Dimitri había puesto sobre la mesa. —no se puede quedar así. 

“Esa niña” odiaba que la llamará así, pero algo dentro de él le dio la razón a su padre. Era una niña, una niña que según esas fotos había jugado con él de tal manera que le estaba costando el sólo hecho de respirar. 

—Tú no te vayas a meter. —le dijo con dureza a su progenitor. —Yo solucionar esto. 

—¿Solucionaras?—preguntó con dureza. —Estas fotos no mienten, Dimitri. —su hijo comenzó a temblar de la rabia. —Y discúlpame, pero ya he hecho mis propias averiguaciones. 

Su hijo lo miró a los ojos con rapidez. 

—¿Qué dijiste? —dijo fríamente. 
—El niño. —dijo moviendo los hombros. —Lo interrogué. —su voz sonaba demasiado segura. —No se molesto en negar nada. 

Dimitri sentía su mundo, sus sueños y sus planes derrumbarse frente a sus ojos sin pretender hacer nada. Porque por mucho que intentara, no sabía cómo se actuaba ante eso. 

¿Qué se supone que se debe hacer cuando el amor de tu vida te rompe el corazón?

La persona por la cual metías las manos al fuego, la persona que más amabas en tu vida. 

¿Qué se hace? 

Aparte de sentir como el pecho se te partía en dos, y el alma abandonaba tu cuerpo dejando en su lugar un oscuro lugar repleto de dolor. No sabía, ni siquiera podía pensar con claridad. 

—Voy a hablar con él. —dijo con la mirada perdida al tiempo que se levantaba con mucha dificultad de la silla. 

—No es necesario, Dimitri. Ya lo he hecho yo. 

—¡Claro que lo es! —gritó de pronto con frialdad. —Necesito tenerlo en frente cuando lo acepte, porque te juro que tengo ganas de matarlo. —Su padre no dijo nada, sólo lo estudiaba desde su lugar tranquilamente. —Es lo único que necesito en este momento. 

—Pues debes ir ahorita mismo a buscarlo, porque tenía entendido que se iba a México en unas horas. —miró su reloj a la vez que afirmaba con la cabeza. —Sí. Debe de estar en el aeropuerto en este momento. 

No perdió más el tiempo, necesitaba sacar de su pecho la desesperación que empezaba a acumularse dentro de él con mucha rapidez. 
Y como si el destino quisiera hacerle abrir los ojos, lo vio. 
Estaba en una fila con su equipaje en mano y mirando a todos lados con nerviosismo, hasta que su mirada se encontró con la de Dimitri, ahí notó claramente como palidecía. 

—Sabes a lo que vengo.—le dijo una vez frente a él. —Así que mejor acabemos con esto y empieza a hablar. 

Todo el cuerpo del joven temblaba. 

—No quiero más problemas. —dijo tan bajo que parecía un susurro. 

—Los tendrás si no me dices nada. —Dimitri había bajado un poco su tono de voz. —Sólo respóndeme. —miraba al joven con frialdad en sus ojos, pero Erick logró notar el dolor. Un dolor que jamás pensó ver en alguien cómo él. —Es lo único que quiero saber. —Necesitaba escucharlo en ese momento, necesitaba que le dijera algo que lo convenciera que todo era una equivocación, un malentendido. 

La voz a través de los altavoces anunciaron que le quedaban cinco minutos para abordar. 

—Sí. —sólo dijo mirándolo directamente a los ojos. —Maya y yo estuvimos juntos. —sintió como su corazón se partía en pedazo lentamente y de forma cruel. —Lo siento mucho, me tengo que ir.  

Todo pasó como un rayo que caía en medio de una tormenta. 
Los imaginó, a los dos juntos, besándose, acariciándose, haciendo el amor. Se los imaginó acostados en la cama riendo, mientras él se desvivía pensándola, amándola. Y la facilidad con que los imaginaba ayudó a romper más su ya destruido corazón. 
Cada recuerdo de ellos juntos se oscureció en una nube de dolor y su mente sólo era capaz de reproducir las fotos que su padre le había enseñado. Imágenes que le habían abierto los ojos. 

Su rabia, dolor e impotencia lo hizo irse sobre el muchacho con furia. En dos segundos lo había tumbado al piso y estaba sobre él dándole puñetazos. No pensaba con claridad. Sólo sabía que debía llenarle la cara de golpes con la mayor fuerza que podía. La sangre llenó sus manos en menos de un minuto. No veía nada, solo manchas en sus ojos que atormentaba todo dentro de él. 

«¡Detente por favor! ¡Lo vas a matar!¡Reacciona!» 

Escuchaba a lo lejos, pero nada lo hacía detenerse. Lo golpeaba con demasiada fuerza, queriendo causarle un poco del dolor que en ese momento Dimitri sentía, pero aunque lo viera tendido inconsciente, lleno de sangre por todos lados y sin poder respirar bien, sentía que no era suficiente. Pará ser más específicos, que no era nada en comparación con lo que él sentía dentro. 

Lo detuvieron entre cuatro guardias que llamaron con rapidez a la policía, pero Aáron Petrova había aparecido minutos después y todo había quedado olvidado. Como tantas cosas que hacía. 
No dijo nada, ni pretendía hacerlo. 

En ese momento estaba en casa de su padre, con una  hermosa rubia a su lado que le servía más whisky cada que se acaba el vaso: Andrea creyó haberla escuchado decir, pero no estaba del todo seguro. 

Dimitri sintió como cada parte de su cuerpo se paralizaba. Acabó, había acabado. No lo supo, pero su mente había traído tantos recuerdos con el único propósito de torturarlo, era perturbador. Hasta tal punto de odiarse y preguntarse en que había fallado, había pasado su vida desde que la conocía tratando de hacerla feliz y ahora, todo había acabado. 
Quería gritar, gritarle a ella, gritarse así mismo, no lo entendía. No comprendía como las personas eran capaz de hacerte feliz para luego arrebatarte todo en menos de un suspiro. Era un dolor insoportable que sólo parecía que crecía, y quería que parará. Maldijo la hora que la conoció, la hora en que la besó por primera vez y sintió como todo estaba bien, la maldijo a ella y a él. Nunca le volvería a pasar, el nunca permitiría que le volviera a ocurrir algo igual. 

Su celular sonó en su bolsillo y al sacarlo la foto de quien un día creyó un ángel que había llegado para sacarlo del infierno, apareció en el aparato. 

—¿Qué quieres?—sólo dijo secamente. La mujer a su lado fingió desinterés. 

—¡Dimitri! —gritó con entusiasmo y nerviosismo. —Hasta que respondes. Se puede saber, ¿Dónde estas metido? —sus manos se apretaron en puños sin evitarlo, hablaba como si nada hubiera hecho. —Bueno, te llamó para decirte que ya tengo todo listo. Creo que será mejor en la mañana, porque así…

—Cállate. —sólo dijo interrumpiéndola. 

—¿Qué? —preguntó con inocencia y no creyó en como una persona puede ser tan cínica. —¿Dónde estás? —Su tono de voz había cambio drásticamente. —¿Estas bien? 

—Si. Pero ahora no puedo hablar —sin esperar respuesta colgó, no podía, no era capaz y se odio tanto por eso. 

La mujer a su lado le quitó el celular y no logró ver que hacía con éste. El alcohol ya empezaba a afectar su cuerpo porque no había puesto resistencia alguna. 
De pronto su rostro  le era un tanto conocido. Recordó haberla visto un par de veces en las reuniones de su padre, pero de ahí no pasaba. 

—Déjame ayudarte. —le dijo acariciando su rostro lentamente. —Déjame hacerte olvidar. 

Y tomando la botella que había sobre la mesa se bebió el resto de un solo trago, para luego besar a la mujer con furia. 






 




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