Punto Débil

Capitulo 33

Capitulo 33 




—Me sorprendió tu llamada. —dijo el hombre moviendo su silla para Maya tomara asiento. —Sinceramente pensé que había pasado la línea de la intensidad y tú comenzabas a odiarme.  

La castaña sonrió con dulzura ante su comentario. El hombre lo decía con una sinceridad disimulada en humor que la llenaba de ternura. Quería sentir más que ternura por él, pero le era difícil, muy difícil.  

Se encontraban en un restaurante muy sencillo cerca del centro y con la temperatura perfecta para sentirse cómoda, aún así algo en su cabeza se lo impedía.  

—No podría odiarte. —dijo sincera mientras sonreía nostálgica.  

Era cierto, jamás podría odiarlo. En tan poco tiempo le había tomado cariño y su sinceridad y amabilidad la hacían sentir muy bien a su lado.  

—No lo digo enserio. —le comentó una vez sentado frente a ella. —No te veo como una mujer que odia a las personas. —ella asintió, pero no dijo nada. —Te encantará la comida que preparan acá, pero sirven demasiado te lo voy advirtiendo.  

—No sé si creerte, sueles exagerar las cosas. —trató de sonar juguetona, pero le costó demasiado y él notó de inmediato.  

No podía mentirle, él no se lo merecía. Sin embargo, Steve parecía tener muy en claro las cosas y eso era un punto bueno, en partes.  

—No creas que no me doy cuenta, Maya. —le dijo él sin dejar de mirarla. —Eres muy transparente, muy sincera. —cada palabra la dijo con una dulzura admirable, digna de un caballero. —Todo de ti grita que algo te pasó, pero no te preocupes; no voy a llenarte de preguntas que te incomoden. —el mesero dejó el vino y par de copas sobre la mesa en ese momento. —Tampoco creo tener algún derecho para preguntarte.  

Aunque no lo dijo, se lo agradeció en silencio. Sin embargo no le confirmó nada, sólo se encargó de buscar en su mente alguna excusa con rapidez.  

—He estado muy cansada últimamente. —respondió ella fingiendo una sonrisa. — Es sólo eso.  

El hombre había cambiado de postura a una que dejaba toda su atención sobre ella.  

—¿Quieres que te lleve a tu casa para que descanses? —le dijo sonando realmente preocupado.  

Maya negó con lentitud.  

—No quiero ir a mi casa, siento que no me espera nada bueno allá. —se sinceró. 

—Puedes venir a mi departamento, digo, si quieres. —dijo haciendo una clara muestra de arrepentimiento por lo que acababa de decir. —No quiero que pienses mal, es decir. Mi departamento está ahí y si tú quieres quedar… 

—Te entiendo, Steve. —le dijo ella amablemente con una pequeña risa. —No pienso nada malo de ti, créeme. Y sí me gustaría, hoy lo menos que quiero es dormir en mi casa.  

Para él le fue muy difícil ocultar la sonrisa en toda cena y a ella casi una tortura tratar de desaparecer su cara de tristeza. Sin embargo, la cena fue agradable por sus lindos comentarios y su forma de evadir la incomodidad.  

Maya trató, pero fracasó en tratar de ocultar su asombro al llegar a su departamento. Sabía que era un hombre millonario, pero el simple piso valía una fortuna, más de lo que se podía imaginar.  
Su espacioso piso tenía cristaleras que iban del suelo al techo, cubiertas por unas cortinas de seda de un tono de azul pálido y gris oscuro.  Desde los ventanales se veía la ciudad en medio de la noche. Los suelos eran de madera oscura, adornados con alguna alfombra elegante, y las paredes estaban pintadas de colores claros.  
Los muebles del salón le daban el toque perfecto al lugar. Era todo hermoso e impactante.  

—Lo sé. —dijo viéndola admirar todo con delicadeza. —Tengo muy buen gusto. —lo último lo dijo mirándola fijamente. Maya sonrió como si con sus palabras acabara de darle un regalo.—Te mostraré el lugar.  —dijo haciendo un gesto de que la acompañará, así lo había hecho.  

Lo primero que le enseñó fue su estudio, el cual no utilizaba, pero se sentía orgulloso de él, y al ver la reacción de ella su pecho se infló convencido. 
La castaña se quedó muda al ver la cantidad de libros que poseía. Observó títulos en inglés, español, francés y, italiano. Sus pensamientos la habían traído de vuelta a la realidad, a su sufrimiento, a él.  

—Todo está muy bonito. —dijo sonriéndole tímidamente.  

Steve se demoró más de lo debido en responderle, se había quedado hipnotizado al verla, ahí: en su departamento, con él. Era el panorama más bonito que había podido imaginar.  

—Te veo cansada, mejor te muestro la habitación. —meditó sus palabras más de lo que debería.  

—No, no quiero molestarte de verdad. —respondió al escucharlo. —Lo mejor será que me vaya.  

El hombre se inquietó levemente.  

—De ninguna manera. —le aseguró él sonriéndole. —Pensé que querías privacidad, pero no tengo ningún problema en que durmamos juntos. —estaba jugando, lo sabía. Pero aún así le afectaba sus palabras. —Estoy bromeando, lo juro. —Maya asintió riéndose levemente. —Pero habló enserio, estoy feliz de que estés aquí, y mi sofá es muy cómodo, pero es mío. Así que tú dormirás en la habitación.  

Y sin decir nada más se dirigió al lugar con ella a su lado.  
La habitación, como el resto del piso era masculina. Poseía cortinas color azul oscuro y el mismo suelo de madera oscura, con una alfombra persa en el centro, y su cama inmensa en el centro hizo que el cansancio la venciera, estaba agotada.  
Se sentó en la orilla mientras el de arrodillaba frente a ella, de esa manera quedaban de la misma estatura.  

—Gracias por todo, Steve. Eres un buen hombre. —dijo bostezando luego de decirlo.  

Él se contagió e hizo el mismo gesto.  

—No tienes que agradecer nada, lo digo enserio.  

Maya asintió sonriendo. Steve se encontraba muy cerca de ella, así que sólo inclinó hacia él y lo besó. Fue un beso muy casto. No sintió la sangre acelerándose, ni su cuerpo calentándose, mucho menos sintió una vibración entre ellos.  Los labios de Steve, eran suaves y le respondieron de inmediato. Maya había notado un poco de asombro, pero sólo había durado un segundo. Él hombre le devolvía el beso gustoso y emocionado.   
«No es él» Y se maldijo al pensar en ello. Una gran tristeza la había envuelto de repente ante el recuerdo de Dimitri.  

—No puedo. —dijo ella separándose de su beso con lentitud, el hombre la miró dulcemente ante su gesto. —No puedo hacerte esto, no soy así. Perdóname. 

Pasaron segundos en total silencio. Segundos en los que se reprendió por haber sido tan insensible. Se le pasó por la cabeza millones de cosas que de seguro él pensaría sobre ella ante su acto. . «Acabo de perder a un buen amigo por eso» reflexionó  con tristeza.  

—Pensé que te gustaba. —la lentitud con que lo dijo hizo que la muchacha se sintiera terriblemente herida. —No es cierto. —se sonrió cambiando todo de él,  ahora se mostraba divertido ante la situación logrando así una gran confusión en Maya.  —Sé que no te gustó, me lo has demostrado desde que te conozco.  

Ella lo miró extrañada.  

—Pero… 

—Pero, tú a mí sí me gusta, y mucho. —dijo dejando una caricia lenta en su mejilla. —Y si me dejarás entrar a tu vida, te haría la mujer más feliz del mundo. —sus ojos brillaron en la oscuridad de la habitación cuando la vió sonreír.  —Si me dieras las oportunidad, te juro que las sonrisas en tu rostro jamás desaparecerán.  

Maya sintió como su corazón palpitaba con rapidez ante su comentario. Él era un hombre que lo merecía todo y ni ella estaba completa del todo para ofrecérselo, estaba siendo muy cruel e injusta.  

—Yo ahora no puedo, Di… Steve. —dijo cerrando los ojos al escuchar lo que estuvo a punto de decir. —Lo siento.  

El recién nombrado no pareció afectado por su leve confusión.  

—Descuida. —dijo sentándose a un lado de la cama junto a ella y sonriendo con amabilidad. —Aún estás enamorada, y te entiendo, es difícil sacarse a alguien del corazón.  

—Yo sólo quiero tranquilidad, pero, —dijo al meditar lo que había escuchado. —¿Lo sabes? ¿Has estado enamorado?  

Él era un hombre demasiado dulce y atractivo, era obvio que tendría mil mujeres detrás de él. Nunca se había parado a pensar en ello, en su pasado.  

—Claro que sí. —le mostró una sonrisa melancólica. —Estuve tan enamorado que me costaba respirar bien si no estaba ella a mi lado.  

Sus palabras se le clavaron en el corazón y más cuando cada una de ellas las había dicho mirando al vacío sin ningún punto fijo, viajando lejos de donde se encontraban.  

—¿Y que pasó? —susurró al verlo tan herido.  

Está vez, volteó a mirarla y sonrió antes de responder: 

—Se acostó con mi hermano cuando tuvo la oportunidad. —dijo sincero y soltando una carcajada. —En mi propia casa y sin ninguna vergüenza.  

Su hermano, ¿El mismo hombre destrozado que buscaba con desespero a la mujer de su vida? No podía ser cierto. 

—¿Es... ella? —dijo refiriéndose a la mujer del cuál le había contado días antes.  

No creía, y no debía. La conversación le estaba afectando al hombre mucho más de lo que mostraba, pero antes de poder retractarse, él ya se encontraba hablando sin parar.  

—No. —dijo sonriendo.  —Camila llegó a su vida tiempo después. Cómo un verdadero ángel dispuesto a sacarlo del infierno en el que tanto se había esforzado en permanecer. Llegó a él haciendo su vida más feliz, más completa. —tomó una fuerte bocanada de aire. —A diferencia de la mía, la cual… caía en la miseria a causa de sus actos.  

Maya estaba atónita con lo que escuchaba. Le parecía imposible que alguien pudiera llegar a ser tan cruel para engañar a una persona como Steve. Simplemente le era difícil de creer.  

—Eso no fue justo.  

—La vida no es justa. —la miró con el rostro triste. —Pero aún tengo vida y quiero dársela a alguien que valga la pena. Tú vales tanto, Maya. Desde que te vi, lo supe. —su mirada se llenó de lágrimas al escucharlo. —Sé que eres una buena mujer, que se merece cada estrella del universo y yo te juro, te lo juro por mi vida que estoy dispuesto a dártelas.  

—Steve… 

—Sé que estás herida, que aún no estás lista. —le tomó una de sus manos y la besó delicadamente. —Pero si me dices que lo pensaras, yo estaré aquí, cada segundo; para ti, lo prometo. —ella lo observó largos minutos antes de asentir. Frente a ella estaba un hombre dulce que estaba dispuesto a quererla de una manera hermosa y ella quería ser querida de esa forma. No podía negarse, no podía hacer eso sólo por su recuerdo, debía avanzar, volver a amar, y Steve era el hombre adecuado para eso. —Gracias. Ya verás que me esforzaré por tu amor. —dijo antes de dejar un beso sobre su frente. —Será mejor que descanses un poco. Si necesitas cualquier cosa no dudes en decirme, bonita.  Muchas gracias, te lo digo de verdad.  

No dijo nada más. Sólo le sonrió sinceramente cuando lo vio partir. Y cuándo estuvo sola en esa lujosa habitación, se preguntó: ¿Cómo será estar con Steve sin el recuerdo de Dimitri? ¿Qué se sentirá olvidarlo?  
Maya creyó hacerlo en algún momento de su vida, pero estuvo equivocada. Ahora, en ese momento de su vida sentía que sí podría lograrlo, y sin evitarlo un pequeño miedo se acentuó en su pecho al pensar en ello, pero lo desechó de inmediato. 
Y se durmió, pensando en todo lo ocurrido, pensando en él, lo hizo una vez más antes de empezar a borrarlo de su vida. Porqué la mente era débil, sí, pero para engañarla era tan difícil. 
 




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