Horas más tarde, de vuelta en su pequeño y dulce hogar, Ximena lanzó su mochila al suelo y se dejó caer en el sofá. La luz dorada del atardecer se filtraba por la única ventana, iluminando las fotos familiares colgadas en la pared desconchada.
Desde la cocina, asomó la cabeza de su madre, secándose las manos en un delantal.
-¡Hija, llegaste! ¡Hice tu estofado favorito!
La niña se levantó con pesadez. Arrastrando los pies y la mirada, se sentó frente a la pequeña mesa del comedor. Su madre apareció, colocó el plato humeante frente a ella y le dio un beso sonoro en la mejilla.
-¿Cómo te fue, mi amor? ¿Te divertiste en el museo?
Ximena forzó una sonrisa minúscula.
-Fue divertido.
El tono seco y ensombrecido le dejó un sabor amargo a la mujer. Se sentó frente a su hija, buscando sus ojos.
-Hija, he estado guardando algo de dinero y... ¡creo que para tu cumpleaños podré comprarte uno de esos dispositivos de luz sólida que usan en tu escuela!
Ximena dejó de remover el estofado. Suspiró, encogiéndose de hombros.
-No vale la pena. Por aquí solo venden falsificaciones. La última vez me explotó en la cara en medio del salón y todos mis compañeros se burlaron de mí.
El rostro de la madre se descompuso. Se levantó, rodeó la mesa y abrazó a su hija, apretando la cabecita oscura contra su pecho.
-Lo siento tanto, mi niña. Si hago un par de horas extras esta semana, tal vez pueda buscar uno en un buen lugar...
Ximena se separó suavemente y negó con la cabeza.
-No hace falta, mamá. De verdad.
Buscando cambiar el ambiente, corrió hacia su mochila y sacó la tarjeta holográfica.
-¡Mira! ¡Me la regaló una heroína real en el museo! ¡Es mi tesoro! ¡Me la dio una hija del héroe mestizo!
Su madre acarició el cabello de Ximena con alivio.
-¡Qué maravilla! Tengo un imán libre, ¿quieres que la ponga en el refrigerador para que todos la vean?
Con un instinto territorial, Ximena abrazó la tarjeta contra su pecho.
-¡Nop! Es solo mía.
La mujer se cruzó de brazos, fingiendo ofensa y riendo.
-¡Niña egoísta!
Mientras su madre volvía a los fogones, Ximena inspeccionó la tarjeta una vez más, maravillada, antes de guardarla a salvo en su libro. Fue entonces cuando recordó el hallazgo en el jardín.
-¡Mami, espera! ¡Yo te traje algo! -gritó, levantándose de un salto-. Es una piedra muy bonita... como un amuleto de la suerte.
-Ay, hija, no tenías que molestarte... -dijo su madre con dulzura.
Ximena metió la mano en el bolsillo de su falda. Sus ojos se abrieron de par en par. Vació el bolsillo izquierdo, luego el derecho. Nada.
El pánico la asaltó.
-¡Yo la guardé aquí! ¡Lo juro!
La madre dejó el trapo de cocina, se acercó y volvió a envolverla en un abrazo consolador.
-Bebé, seguro se te cayó en el camino. No pasa nada.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Ximena, calientes y frustradas.
-¡Es que yo te la quería dar a ti! ¡Porque siempre te esfuerzas mucho por mí! ¡Era para tu buena suerte!
El abrazo de la madre se hizo más apretado, más firme.
-Mi amor, yo ya tengo toda la suerte del mundo. Estoy tan orgullosa de tener una hija tan buena. Nadie en este barrio esperaba que lograras acceder a la Escuela Imperial, y mírate. Eres tan inteligente... Algún día, harás cosas importantísimas.
Ximena sollozó contra su hombro.
-Yo solo quería...
Las palabras se le atoraron en la garganta, doliendo como si estuviera tragando vidrio molido.
-Está bien, preciosa -la arrulló su madre, besando su frente-. Anda, come tu estofado. Se va a enfriar.
Al caer la noche, la mujer se enfundó en su pesado overol de la fábrica. Se detuvo en la puerta del departamento.
-No te duermas muy tarde, ponle el seguro a la puerta, no hables con extraños y...
Ximena puso los ojos en blanco, recostada en el marco del pasillo.
-Ya sé, ya sé. Que no meta chicos a la casa.
-Buena niña. Te amo.
En cuanto escuchó el clic de la cerradura, Ximena regresó a su habitación. Sin embargo, antes de llegar a la cama, un mareo violento la obligó a apoyarse en la pared. Bajó la vista y un jadeo escapó de sus labios: desde el interior de su propio vientre, una tenue luz verde latía al ritmo de su corazón.
Una ola de náuseas la asaltó. Corrió hacia el pequeño baño, cayó de rodillas frente al retrete y liberó su estómago.
Escalofríos severos recorrieron su columna. Su piel, usualmente morena, palideció hasta volverse ceniza. El sudor frío le empapaba la frente.
"¿Mamá habrá usado ingredientes echados a perder en el estofado?", pensó, sintiendo que la habitación daba vueltas.
-Solo quiero descansar... -murmuró, tambaleándose de regreso a su cuarto.
Apenas su rostro tocó la almohada, cayó en una inconsciencia profunda y pesada.
No supo cuánto tiempo pasó.
Ximena despertó abruptamente. Sentía un peso tibio descansando justo sobre su estómago. Intentó moverse, pero el miedo la paralizó. Abrió los ojos lentamente.
Allí, sentado sobre sus mantas, había una criatura irreal. Parecía un pequeño lagarto de color verde esmeralda, pero estaba cubierto de un plumaje suave. Tenía las alas recogidas contra el lomo y una larga cola que se enroscaba a su alrededor. El pequeño dragoncillo ladeó la cabeza, exponiendo unos ojos inmensos, brillantes y llenos de curiosidad, y clavó su mirada directamente en los ojos de Ximena.
El corazón de la niña martilleó contra sus costillas. "Si no me muevo, tal vez no me coma", razonó, presa del pánico.
El dragoncillo parpadeó, abrió sus fauces llenas de diminutos colmillos, curvó los labios en una especie de sonrisa y emitió un sonido nítido.
-¡Mamá!
Ximena dejó escapar un grito que hizo temblar los cristales.
-¡¿CÓMO QUE MAMÁ?!
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Editado: 07.10.2026